viernes, 21 de agosto de 2009

"El arte es un haz de luz que rebota en todas las superficies y nos toca a todos"

Entrevista realizada para el diario, al guitarrista Ariel Minimal, con motivo de la visita de su banda PEZ a mi provincia.

Ariel Minimal pareciera caminar siempre por un sendero alternativo. Pez, la banda que encabeza hace más de 15 años, forma parte de un grupo selecto que se aleja del establishment, rompiendo las fronteras de eso que algunos llaman rock nacional, proponiendo experiencias sonoras alejadas del croquis que configura un hit radial.

Con 11 discos en su haber –la mayoría de ellos autogestionados- el ahora cuarteto todavía no se ganó un lugar en las primeras planas del rock argentino. Y esa característica pareciera ser la que hace de Pez una banda especial. “No me molesta el mote de banda de culto, tampoco representa nada que a nosotros nos signifique algo que nos dé algún tipo de placer especial. No sé bien a qué apunta, quizás porque no somos masivos y porque tenemos un grupo de gente que nos quiere y nos sigue desde hace mucho tiempo”, asegura el guitarrista, restándole importancia a la cuestión.

Pero, ¿cuál es el secreto detrás del enigma Pez? Cómo se consigue permanecer vigente caminando al costado del camino, en tiempos donde un mercado voraz e ingente vomita productos prefabricados con el sello del éxito estampado en la frente. Detrás de los cuatro músicos no existe una maquinaria compleja trabajando en pos del grupo, sino más bien un compromiso implícito y férreo con el arte, con la música. “Tocamos hace 15 años y todavía seguimos ensayando tres veces por semana. Tenemos vigencia desde ese lugar, siempre estuvimos trabajando. Nunca estuvimos de moda, nos tomó mucho tiempo salir de Buenos Aires e ir a otros lugares, pero sin embargo nunca dejamos de presentarnos. La vigencia responde compromiso con lo que hacemos”.

- ¿Es complicado el trabajo de autogestionarse?-

“Es un plomo, nos gustaría más dedicarnos más a la música y listo, pero por suerte lo vamos solucionando. Ahora tenemos un sello discográfico y con el tiempo aprendimos a subsistir con la autogestión. El último disco, no está en todas las disquerías pero por una cuestión de cantidades y tiempos”.

- ¿Y qué opinas de quienes hablan de Pez como un proyecto solista encubierto de Ariel Minimal?-

"No es así. Me he encargado de mostrar que mis proyectos solistas son otra cosa. En mis discos solistas, ahí soy solista. Pez es una banda definida por la interpretación de sus miembros, por como tocan Franco, Fósforo y Pepo. Pasamos por todas las gratificaciones y quilombos que tiene una banda de rock".

Para las almas sensibles

La sensibilidad como el combustible que pone en marcha un motor creativo. Las letras de Pez evidencian una realidad observada con otro prisma, uno que permite la exaltación de miserias que a veces, un arte light decide omitir. Minimal reconoce que el roce diario con la vida cumple un rol primario en su producción artística. “Es natural. Si estuviese encerrado en casa, en un cono de silencio donde no veo ni escucho nada, no sé cuál sería mí aporte o mi composición, pero no me interesa saberlo”.

Esa acuciante necesidad por el arte, por transmitir, lleva a Minimal a reconocerse –y extender esa condición a sus compañeros de grupo- como un melómano empedernido. “me gustan las tapas de discos y los posters de la Pelo”, sentencia, citando una de las canciones del tercer álbum de la banda. La influencia en las composiciones, o en la propia imagen de los discos de Pez, parece ser una constante en el proceso creativo. “Todo influye de todos modos. Yo creo que las letras son puntos de vistas y pensamientos que están influenciados por la película que vi o el libro que estuve leyendo. Creo que todo el arte es así, un haz de luz que rebota en todas las superficies y nos toca a todos”.

Esa directriz seguida por Pez en sus trabajos, sumado a la visita a un terruño de un fuerte arraigo folclórico (nota pintoresca: el séptimo disco de la banda se llama Folklore, así, con “K”, que lo hace mucho más anárquico) hace la pregunta casi ineludible. ¿Cuál es la relación de Pez con la música folclórica del norte argentino? “Cuando estuve tocando con Lito Nebbia en Santiago, conocí a Juan Saavedra y a su grupo de danza y percusión. Eran increíbles. Lamentablemente no conocí muchos compositores en ese momento, pero sé de la pasión del santiagueño por juntarse, cantar y festejar. ¡Costumbre a la que adhiero plenamente! (risas). Con Pez tenemos un acercamiento muy poco formal con el folclore o el tango, siempre fue interpretado a nuestro modo, con instrumentos eléctricos. Pero son géneros que me gustan”.

- Y cuáles son las expectativas en la primera visita de Pez a la provincia-

“Es verdad, sí, primera vez con Pez en Santiago. Queremos tocar canciones de todos los discos, no solamente de El Porvenir (última placa del grupo) queremos mostrar todo lo que podamos. Esperamos que a la gente le guste y nos acompañe”.

La entrevista termina ahogada por el sonido de la música. Los tres integrantes restantes aguardan ávidos la presencia de la pieza faltante, para completar un engranaje de piezas insustituibles. El ensayo es impostergable y la comunicación telefónica fenece debajo de los decibeles, como quien abona el terreno de lo que vendrá, un presagio nunca más alentador.

martes, 18 de agosto de 2009

A 50 años de "Kind of Blue" (y lo que el tiempo nos dejó)

Mi vida musical está marcada por un génesis paradójico por definición. Embelesado por el talento sobrenatural de los trompetistas, una tarde gris e inusualmente fría, entré por primera vez al deprimente edificio de la escuela de música local. En ese entonces, los cimientos añejos y húmedos parecían incapaces de soportar por mucho tiempo el embate de un Si Bemol inspirado. Vetusta e insufrible, la construcción tan sólo atraía por la promesa implícita de un deleite musical, muchas veces esquivo, pero siempre latente.

Así, con 13 años y una ignorancia supina (que los años no han logrado solucionar, pero sí remendar) entré en la vieja escuela de calle Libertad con la firme intención de aprender a ejecutar -en ese entonces era “tocar”- ese instrumento que había puesto en acción dentro mío, un mecanismo que a lo largo de mi vida, pocas situaciones, cosas y personas lograron activar.

Apenas asomando al mundo de la música (y subrayo el apenas con especial énfasis) había escuchado en un viejo cassette de los tantos que mi padre guardaba en un portafolio especialmente diseñado para ordenar las cintas, el Jazz según una “Big Band” cuyo nombre jamás conocí. Era algo similar a lo que hoy reconozco en Glenn Miller o Benny Goodman, un Swing blanco, aún lejos en el tiempo de la llegada del Bebop y los metales revolucionarios de Charlie Parker. Pero esos sonidos (que en la actualidad reemplazo por infinidad de otros músicos) bastaron para que me enamore de la trompeta, instrumento complejo, poco atractivo, rechinante y que cotiza en la bolsa de la música popular con un valor inestable.

Pero regreso al viejo edificio académico, porque allí comenzó mi relación de espectador perplejo y desahuciado del instrumento al que Miles Davis, Chet Baker, Dizzy Gillespie, entre tantos otros, exprimieron hasta su expresión más primaria. Decidido a dar con el profesor que me indicaría que pistones apretar, me topé (y aunque no creo en el destino, la vida últimamente me llevó a repensar teorías que consideraba inamovibles) con quien me regaló las primeras herramientas para hacer sonar un tubo metálico a través de una caña de madera y una boquilla de plástico duro: Eduardo Aguirre, profesor de saxofón actualmente en sana y confiable actividad.

Esa es mi verdad de la milanesa. Jamás quise aprender a tocar el saxo. Mi anhelo era ser un trompetista como Miles Davis. Escribo esto porque se cumplieron 50 años de “Kind of Blue” uno de los discos más influyentes para el género Jazz, pero yo en particular, celebro mi propio aniversario, el que me alejó de un amor sincero e inmediato y me puso junto a un instrumento que aprendí a valorar con el tiempo y al que toco por comodidad, “porque está ahí”, como quien se enamora de lo cotidiano y aprende a quererlo a fuerza de resaltar sus supuestos brillos en lo que no se anima a reconocer opaco. Lejos de lo que realmente lo deslumbra.

viernes, 7 de agosto de 2009

Lejos de todo

Días más tarde me daría cuenta que había pateado el tablero involuntariamente. Impertinente, había destruido un croquis perfecto, moldeado a imagen y semejanza de un deseo ingente, postergado durante algún tiempo, pero listo para ser detonado.

Ahí colisionaron nuestras vidas. Distintas y tan parecidas. Los colores de sus cuadros iluminaron la escena. Eran sus dogmas versus mi ineludible pragmatismo, cara a cara en una batalla encarnizada. Divisé el final de un camino, o el abismo en el medio de él, invitándome a mirarlo, tentándome a sortearlo.

Entonces nos alejamos, prometiéndonos no olvidarnos jamás. Le creí como siempre. Ella también lo hizo y me besó tocándome el rostro para bajar la mirada después.

Desde entonces me dediqué a imaginarla. Como un ciego imagina el mundo. La imaginé caminando descalza sobre la hierba, respirando el aire matinal de algún rincón virgen del universo, acariciando con la punta de sus dedos las hojas de los árboles y elevando su mirada hacía el azul-púrpura de un cielo protector como el de Bowles. La vi perdida entre la multitud, caminando con dificultad junto a otros miles de rostros sin nombre, esquivando audazmente el tránsito vespertino en un intento desesperado por llegar a casa, a su hogar... y la vi entonces atravesar un umbral y caminar parsimoniosamente sobre baldosas flojas de un patio interior, la vi agacharse para acariciar a su perro y la contemplé mientras desnuda se sumergía en la tibia agua de una bañera blanca.

Grabé en mi memoria cada uno de sus rasgos, sus ojos transparentes, la textura de su piel, su sonrisa impostergable. Traté de borrarla, barajar y dar de nuevo, pero reincidía como en un vicio añejo. Mi mente la observaba de nuevo, entonces, y volvía a imaginarla en mil y un lugares diferentes, pero siempre a una sola, siempre a ella, siempre a sus ojos oscuros y sus colores brillantes. Y siempre sola.

Absolutamente sola.

Pintura: "Amor Vincit Omnia" del Caravaggio

lunes, 29 de junio de 2009

La verdad de las musas

"No sé si podré librarme de esta. Resulta que no sé si podré salvarme de esta. Sanarme de esta”

El corazón sobre todo - Estelares


¿Quién comprende a las musas? ¿Cómo llegar a ellas? ¿Cómo identificarlas cuando arriban? Esas diosas mitológicas que parecen colarse en nuestras vidas fueron siempre un enigma para mí. Su presencia, etérea y sutil, pareciera estar destinada a modificar nuestra existencia, en un plano que excede el terrenal y que convierte sus secuelas en una marca indeleble e imperecedera. No podemos controlarlas y eso las dota de un cautivante misterio. Nos enamoran, nos moldean a su antojo y retozan en nuestra fascinación. Algunos se permiten crear impulsados por las sensaciones, otros, simplemente contemplan impotentes cómo la sangre que brota de las heridas salpica todo alrededor.

Esas marcas definitivas, son el móvil de un trabajo descomunal. Stephen Daldry continúa su obra en la misma tónica que utilizara en la maravillosa “Las Horas”, creando con “El Lector”, una cinta de aroma clásico, soberbia ambientación y un guión sin fisuras. Un romance intenso entre dos desconocidos, separados generacionalmente pero unidos por los designios indescifrables del sentir, dan pie a una historia en la que se pondrá a una de las partes ante la encrucijada de seguir los dictados del corazón o someterse a las leyes del hombre. La moral por sobre los sentimientos, el deber por sobre el querer, una historia repleta de secretos, donde el que parece más ínfimo termina por ser el más revelador.

Las más de dos horas de filmación se deslizan parsimoniosas, pero sin zozobras, basándose en un guión bien concatenado y una fotografía exquisita, la historia de amor nunca se hunde en las tentadoras mieles de la cursilería y camina con paso firme hacía el núcleo del argumento, permitiéndose apuestas victoriosas como licencias anacrónicas que rompen lo lineal y tan sólo suman porotos al trabajo de un David Hare, quien se confirma como uno de los mejores guionistas contemporáneos, adaptando siempre con buen tino, obras complejas a la pantalla grande.

La cinta suma otro punto a favor merced a las magníficas interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la que surge de los zapatos de una Kate Winslet que no deja de sumar papeles inolvidables, alejándose cada vez más del soso y sobrevalorado personaje de la hipertaquillera Titanic. Hablar de Ralph Fiennes sería redundar sobre un actor cuyos pergaminos hablan por si mismos. El inglés vuelve a imponer su presencia, en este caso con un bagaje dramático encomiable, y se erige hacia el final de la película como “el hombre que dejó la historia”, una persona herida, sensible e incapaz de olvidar. El trinomio protagónico lo completa el joven David Kross, quien a pesar de no contar con las espaldas de sus compañeros de reparto, está a la altura de las circunstancias, con una actuación sólida y comprometida.

Todo lo antedicho conforma cualquier cosa menos una película más. “El Lector” es una obra de arte finísima, de un acabado riguroso y metódico. Estricta desde lo argumental, bella desde lo visual y con un altísimo nivel interpretativo. La cinta ataca sin piedad al espectador aburguesado, poniéndolo frente a una historia difícil de digerir, de aristas que cuestionan la moral y justifican hasta el más tórrido accionar, sin alinearse con una ideología, sino intentando desentrañar lo que lleva al hombre común a recorrer ciertos caminos. El trabajo de Daldry está llamado a ser una cinta indispensable para los amantes del género.

“El Lector” inspecciona las heridas profundas que el tiempo cierra pero transforma en cicatrices indelebles, como un recordatorio de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que seremos. Nuestra vida signada por la vida de los otros, por nuestro pasado, ese que configura nuestro presente, moldea nuestros corazones y es la génesis misma de nuestros demonios personales. La verdad de las musas, esas que aparecen cuando menos las esperamos, convirtiendo todo lo que conocíamos en un terreno virgen, presto a ser explorado.

lunes, 22 de junio de 2009

Revelaciones

Veo su cuerpo embutido en unas medias negras inclementes. Intento sin éxito controlar mis ojos (luego se lo diría) y me someto al protocolo. Aplacar la locura forma parte de encajar, entonces lo hago, apático pero conciente. Saludo sin dejar de sentirme un pelotudo y busco nervioso una canción mientras pienso algo lo suficientemente divertido e inteligente para decir. No lo consigo, pero ella habla y desinflama un lóbulo frontal a punto de explotar.

El resto es humo, alcohol y revelaciones. La escucho y tiemblo hasta que decido besarla, o me obligo a hacerlo. Rompo el muro, lo atravieso no sin esfuerzo y llegó hasta ella. Me recibe y, condenado a la obviedad, me sorprendo en la noche de las sorpresas. En cada beso apoya sus manos en mis mejillas, como enmarcándolo, perpetuándolo. Siento su lengua, húmeda y delicada, rozar la mía como un bálsamo. La abrazo, intento no pensar y por un momento lo consigo. Me pide que me quede con ella. Se lo juro. Su piel es la perfección. Me desintegro, mis huesos se pulverizan y la piel cuelga como una masa sanguinolenta con una sonrisa macabra. El corazón sale al exterior. Ella lo toma entre sus manos y lo observa, diáfana y noble. Lo guarda. No le pido que me lo regrese.

Vuelvo a besarla, interminablemente. Por la ventana la luz del día comienza a romper las pelotas. Vuelve a pedirme que me quede con ella… no tengo intenciones de irme. Entonces de sus labios turgentes, lascivos, eternos y desnudos brota la invitación única.

Me doy cuenta que estoy condenado al destierro. Abro los ojos mientras intento alejar el sopor de las feromonas. Quizás no vuelva a verla nunca. No lo soporto. No con ella. No después de tanto esperar. Toco su pelo y beso sus pechos exquisitos, entonces le digo que tengo que irme. Abre los ojos, entiende todo en un segundo (siempre lo hace) cobra dimensión de lo que representa realmente. Planteos demodé parecen perseguirla. Me incorporo y mientras me visto me decido a escapar. Subyugo el deseo y por primera vez en mi vida me permito sentir.

Es entonces cuando me contrae una súbita introspección. Había estado vacío. Mi cuerpo era una coraza repleta de órganos que funcionaban por la bendita acción de una naturaleza que no comprendía. Mi cerebro había pensado hasta el hastío, estaba agotado, turbado, carente de cualquier noción real.

Y pierdo todo. En un segundo, pierdo todo.

¿Era así como se sentían quienes lograban enamorarse? Recordé mis hipótesis y me avergoncé de elaborarlas sobre una noción que me había sido tan ajena. Descubrí la injusticia y la desesperación en ese momento. Me percaté, que no había vivido hasta entonces, que todo se trataba de un burdo e imperfecto vodevil. De una puesta en escena. Comprendí el estúpido accionar de los hombres –esos mismos que me llenaron de indignación- y lo justifiqué. Estaba dispuesto a entregar mi alma a cambio de un minuto con ella. No había motivos, ella no había hecho más que aceptarme para rechazarme luego. No me importaba. Nada importaba más. No buscaba lógica, estaba cansado de buscar lógica. Quería sentir.

Es todo lo que recuerdo.

Ilustración: "Wild Horses" de Ron Wood.

lunes, 8 de junio de 2009

"Mis shows en solitario sirven para despuntar el vicio"

Entrevista que le realicé para el diario a Manuel Moretti (cantante de Estelares) con motivo de su visita a mi provincia. Dio un show maravilloso que sólo fue apreciado por unos cuantos, entre los que suscribo.

Las rutas son numerosas y los kilómetros incontables. Esos, los recorridos por Manuel Moretti y Estelares desde que la banda, allá por 1996 comenzaba a sonar con una propuesta distinta en una escena musical donde el “rock chabón” reinaba sin una oposición verdadera. Las guitarras, atacaban los oídos achanchados aliadas con un lirismo delicado, de una profundidad que viajaba por la melancolía más pura, impulsada por las pulsaciones de un corazón en constante búsqueda.

El tiempo se encargó de poner a Estelares en su lugar. Atosigado por una prensa que lo requiere como nunca antes, nos atiende con la urgencia de los artistas solicitados “llámame ya, que hacemos la nota antes que sea más tarde” sentencia, y después se queja entre risas “desde que salió el disco nuevo no paro de dar notas, no tengo vida, pero es terriblemente placentero”.

Manuel alterna sus presentaciones con Estelares con shows acústicos y alternativos que realiza en distintos puntos de todo el país. “Es despuntar el vicio, estos shows tienen un trato más íntimo, salgo a cantar canciones que no se grabaron, que se tocaron poco con Estelares. Incluso a veces canto tango o toco el piano. Escapa a la dinámica del grupo”.

La mañana del aviador y un diario de canciones

Una prolongada espera entre la grabación del disco “Ardimos” de Estelares, llevó a Manuel a grabar un disco en solitario. El nombre elegido fue “La Mañana del Aviador”, trabajo que él definió como “un diario de viaje, más que un trabajo solista”.

“Estaba urgido porque demoraba en salir “Ardimos”. Tenia la urgencia por mostrar todo lo que tenía y lo hice en todos esos demos. Lo del diario de viaje, era como una idea, pero en este caso era como un diario de canciones, que armaba por quincena o por día, o por mes…”.

Esta situación de espera interminable es ahora parte de un pasado reciente, y lo que antes era un trabajo ciclópeo en pos de plasmar en un disco sus canciones, se convirtió prácticamente un trámite -al menos desde el punto de vista burocrático- en un mero favor de un mercado que los acogió como hijos pródigos tras condenarlos durante años al destierro.

Pero, ¿cómo maneja la masividad Estelares tras tantos años en los escenarios under? “La verdad que lo disfruto tranquilo. Por suerte, es como que las canciones han llegado a oídos nuevos, andamos de gira, y eso está buenísimo. Y como para nosotros sigue siendo nuestro trabajo, nuestro ámbito, nuestro lugar… eso hace que la popularidad se torne mucho más placentera”.

Un nuevo disco, una nueva temporada

“Una Temporada en el Amor” es mucho más expansivo, asegura Manuel para luego llamarse a un silencio breve, como meditando cuales serían los apelativos correctos para definir al flamante trabajo de Estelares. Me parece que es más profundo –aunque no estoy muy seguro de quien define la profundidad- es más cargado, más riguroso, nos metemos mas en otros colores, tanto a nivel letras como a nivel musical. “Sistema Nervioso Central” era muy directo, una trompada, como “Wadu Wadu” de Virus. En cambio en el disco nuevo se pueden encontrar momentos intimistas, canciones actuales y otras que se hicieron en el “menemato”, como “Un Viaje a Irlanda”.

Estelares se presentó por primera vez en Santiago del Estero en noviembre del año pasado. El show tuvo una muy buena repercusión, que permite que ahora, Manuel Moretti regrese. El profundo arraigo folclórico de la provincia, es un tema que no es ajeno a la música de un músico versátil, que reconoce el aporte a la música argentina de figuras como Don Sixto Palavecino. “Mira, cuando era chico escuchaba folclore en radio AM, aunque no lo tengo concientizado. A mí lo que me gusta de una canción es la melodía y la armonía. Sé que hay enormes canciones del folclore y la división ternaria que tiene –como el tango- yo la utilizo mucho. Un santiagueño una vez me hizo escuchar sus canciones y recuerdo que me gustaron muchísimo, hay grandes folcloristas, como Atahualpa Yupanqui y don Sixto Palavecino.

Sobre lo que se viene, Manuel sabe que las largas gira son ineludibles "para nosotros, es placentero, presentando el nuevo disco vamos a rotar por todo el país, Rosario, Córdoba, Comodoro Rivadavia, y esperemos que Santiago también, e incluso una salida al exterior. Eso es lo que se viene para Estelares”.

El futuro para la banda se abre promisorio tras años de una lucha en la que la música fue la principal arma. Esa nobleza artística, parece continuar siendo el principal bastión en el que el grupo sostiene su éxito, más allá de un entorno donde su brillo resalta como todo lo distinto, como un fulgor, como un objeto celeste, como una figura estelar.

lunes, 18 de mayo de 2009

Al filo de la navaja

“Theres fighting on the left, and marching on the right
Dont look up in the sky, you`re gonna die of fright
Here comes the razors edge
"The Razor`s Edge" – AC/DC

Creo que a esta altura todos los fanáticos aprobaron a Jackman como Wolverine. El australiano logró, a lo largo de la trilogía X-Men convertirse en el carismático personaje de los comics, centrando la atención del público sobre su figura, a tal punto, que el primer “X-Men Origins” está, lógicamente, dedicado a él. Y es que más allá de una cuestión de marketing (Wolverine es uno de los personajes más populares entre los consumidores de historietas, al nivel incluso de Spiderman o Batman) la interpretación del mutante con garras fue de las más destacadas en las películas pretéritas. Eso, y una visión comercial destacable dieron como resultado la que es, junto con X-Men 2, quizás la mejor obra del universo mutante llevada a la pantalla grande hasta el momento.

La cinta propone y el espectador acepta. Con un guión vertiginoso y plagado de escenas de acción, que generan una idea general del origen del personaje -del que hasta hace pocos años se sabía sólo por un par de (muy buenos) comics- la dupla de guionistas compuesta por David Benioff y Skip Woods lleva adelante los primeros días del mutante, matizando la trama con la aparición de una avalancha de personajes, algunos mejor logrados que otros, pero que da gusto ver en la pantalla grande. El director Gavin Hood sigue al pie de la letra las directivas del manual de instrucciones. No pierde demasiado tiempo en la infancia de Wolverine y no torna tediosos los pasajes que relatan su vida “normal” antes de convertirse en un hombre x. Va directamente a la acción, a las explosiones y la adrenalina, al impacto, conciente que tiene entre sus manos un material inestable a punto de estallar, y que debe sacar provecho de eso.

Liev Schreiber interpreta a un Sabretooth que termina siendo (muy a pesar de los fanáticos que renegaron de su pelo corto y aspecto humanizado) un personaje destacable y a la altura de las circunstancias; un asesino que no sólo impacta por sus garras y colmillos sino por su radical falta de empatía y su brutal sadismo. Su relación con Wolverine atrae la atención del espectador, que encuentra entre estos supuestos hermanos una historia aparte y por demás atractiva.

Los realizadores se toman algunas licencias con el aspecto y la esencia de los otros personajes. No es el caso de Gambit (uno de los personajes más reclamados por los seguidores de la saga) o el globuloso Blob, quienes tienen un aspecto muy bueno, pero si del Agent Zero y sobre todo, de Deadpool. El hilarante mutante mercenario es utilizado como un conejillo de indias para dar forma a un experimento amorfo cuyo único objetivo es generar una batalla digna con Wolverine y que insólitamente, tiene su boca sellada… justo el arma más peligrosa de un personaje, que de haber sido bien utilizado podría haberle sumado muchos puntos al largometraje.

Hacia el final de la película se evidencia lo que es quizás el punto más flaco de la producción. La necesidad ineludible de dejar un Wolverine amnésico, hace a los guionistas tropezar con el último escollo. Pero ese, es un detalle que no tiene incidencias irreparables en el resultado final.

En resumidas cuentas este nuevo emprendimiento de la Marvel (que ha demostrado que se pueden realizar muy buenas películas con superhéroes como personajes centrales, me remito a los últimos casos de Iron Man y Hulk) si bien no llega a ser una gran película, se transforma en un debut promisorio para las cintas que extenderán la saga mutante. “X-Men Origins: Wolverine” no tiene un tratamiento profundo desde lo argumentativo, pero si impactante desde lo visual. Los minutos transcurren céleres y la cinta en ningún momento se torna aburrida. Así, la saga mutante continúa adelante, sin demasiados brillos, pero con películas correctas… caminando sin pausa, siempre al filo de la navaja.