
jueves, 9 de diciembre de 2010
jueves, 2 de diciembre de 2010
Silencio y estampas
"No creo que Dios esté muy interesado en mí, padre", responde el huraño personaje de George Clooney ante la propuesta de confesión de un cansado sacerdote, disparando una frase exquisita, potenciada por ser su emisor un personaje cuyo principal rasgo es, paradójicamente, su escueta verborragia.Disculpen el reduccionismo, pero considero que “El Ocaso de un Asesino” (inexplicable traducción de “The American”) es una película sostenida por dos pilares únicos, pero no por eso menos sólidos: la soberbia fotografía y el empleo de los silencios.
Anton Corbijn, de una prolífica carrera como director de videoclips y fotógrafo de músicos, crea con su segundo largometraje un thriller intenso, consistente, pero principalmente, consecuente con sus aptitudes y talentos. La película transcurre a través de una sucesión interminable de logrados planos, en los que la Italia profunda hace gala de su añeja belleza. La cámara propone un deleite audiovisual que sin embargo, no nos aparta de un argumento sencillo, pero solventado por la interacción constante e inteligente que Corbijn crea entre “lo que se ve” y “lo que se dice”.
Y aunque esto suene obvio, es una práctica de la que no todos los directores salen airosos. El director consigue que los lugares en los que transcurre la trama, sean una suerte de personaje más en la película. Cada uno de sus paisajes, de sus edificios, de sus lugares más secretos, luminosos, bellos y lúgubres, cumplen una función narrativa sostenida en el carácter que les aporta el pulso firme de un director que sabe exactamente donde lanzar sus dardos.
George Clooney construye un personaje que recuerda al insomne policía de Clive Owen en “The International”, aunque claro, parado en la vereda opuesta, en la de los “chicos malos”, pero también frío, impiadoso, calculador, malhumorado y de pocas palabras. Con una humanidad que se deja entrever en dosis muy pequeñas, casi imperceptibles y que lo convierte en una figura interesante, aunque para nada novedosa, que obtiene sus mejores momentos en la interacción con Clara -prostituta romántica de la que procura enamorarse- y Paolo Bonacelli, un cura anciano del que brotan los diálogos más destacables de la cinta. Diálogos anclados por silencios perfectamente ubicados. Por miradas, gestos, muecas, besos, sonrisas, asesinatos, investigaciones y secuencias completamente mudas. Momentos que permiten que emerja la figura de la imagen, evidenciando el impecable trabajo de Martin Ruhe, ladero de un director que definitivamente sabe a lo que juega.
“The American” culmina por ser una película más que correcta y hasta recomendable, que invita a no perderse los trabajos futuros de un Anton Corbijn con crédito abierto. El cine preocupado por mostrar con cierto rigor estético eso “que se ve” -y con esto no hablo de la tormenta de FX a la que nos tiene acostumbrados el planeta Hollywood- es un ejercicio siempre saludable que últimamente sólo parecía encontrarse en algunas producciones europeas. Yo, y sólo yo -en un rapto idealista- celebro que la oferta de las salas locales sorprenda con piezas de este tipo. Silenzio stampa.
lunes, 4 de octubre de 2010
Laspera
jueves, 5 de agosto de 2010
martes, 15 de junio de 2010
Sangre en el pijama
Es cierto -y ha sido demostrado en innumerables oportunidades- que para un director/guionista, meter mano en historias o personajes icónicos puede resultar un fiasco de proporciones. La decisión de rehacer películas como “Halloween”, “Friday the 13th” y ahora “Nightmare on Elm Street”, implica el riesgo de ser destrozados por una crítica y una audiencia que inevitablemente caerá en la enojosa comparación con la cintas originales, esas mismas que representaron el punto de partida para el género “slasher”, creando monstruos que obligaron a más de uno a dormir con la luz prendida durante su infancia.Y es que más allá de la interminable sucesión de secuelas de dudosa calidad que procedieron a las primeras partes, estos trabajos renovaron los aires del género gracias al pulso de muy buenos directores como John Carpenter o Wes Craven. Asesinos siniestros como Freddy Krueger, Mike Myers o Jason Voorhees, se han convertido en estandartes de un género con muchos seguidores, cuyo ojo avezado no tolerará el mínimo traspié, ni obviará el detalle más ínfimo en lo que a la nueva composición del personaje se refiere.
En esta versión 2010 de Pesadilla, es Jackie Earle Haley (elegido por los propios fanáticos en diferentes encuestas, como el actor ideal para interpretar al psicópata onírico) el encargado de cortar en fetas a los adolescentes acosados por este nuevo Freddy. Un villano que sonríe menos, rictus macabro tan característico en Robert Englund que no sólo lo hace más sombrío, macabro y perverso, sino también lo transforma en una máquina cuyo único combustible es la venganza.
Este Freddy no parece regodearse en el sufrimiento de sus víctimas, con el sadismo tan característico de su anterior interpretación, sino más bien haber trazado una hoja de ruta sangrienta para conseguir una revancha que opera en perjuicio de un personaje otrora mucho más divertido. Los gags de la inolvidable película original, brillan por su ausencia y dejan en su lugar una sucesión de escenas sin demasiadas luces que, paradójicamente, tienen sus puntos más altos cuando recrean -con exactitud carbónica- los mejores pasajes de la cinta de 1985, y cuando recrea a través de muy bien logrados flashbacks el origen del personaje.
Justamente son esas retrospectivas la que nos permiten adentrarnos en la génesis del monstruo, poniendo en la pantalla a un perturbador Freddy Krueger humano. En esa vorágine de abusos infantiles y linchamientos públicos, están las verdaderas escenas de terror de la historia. El monstruo humano que precedió al monstruo sobrenatural es mucho más perturbador, pero lamentablemente, no es eso lo que uno va a buscar. Uno quiere bañarse en sangre y tripas. Sobresaltarse en la butaca para reírse después de que el asesino de turno corte en tiritas a la siempre predecible víctima de la manera más dolorosa e inverosímil posible.
Por eso la remake de Samuel Bayer hace agua. La película no es aburrida, pero tampoco garantiza los buenos momentos de la cinta original. Este Freddy sediento de venganza, con demasiados vericuetos psicológicos (que recuerdan al triste experimento que Rob Zombie hizo con la segunda parte de su versión de Halloween) se aleja demasiado de la concepción que durante los 80 se hizo del personaje, y esa ausencia es notoria.
Uno sale del cine con una perspectiva pesimista para lo que se viene, porque si, la segunda parte ya está en marcha y una interminable sucesión de “pesadillas” promete llegar con esta nueva concepción del asesino del guante con cuchillas. Aunque claro, esperar algo mejor a lo ya visto, pareciera ser un sueño demasiado optimista, si se me permite la ironía.
sábado, 8 de mayo de 2010
Bélicos anónimos
No existe un fundamento sólido que permita comprender porque “The Hurt Locker” se llevó el Oscar a mejor película. Uno puede especular, suponer, inferir, pero de ninguna manera encontrar con certeza los aspectos que hacen de la película de Kathryn Bigelow una pieza digna de obtener una de las distinciones más importantes (aunque no más relevantes) del universo cinematográfico.Y es que la cinta en ningún momento consigue la profundidad que se le exige con antelación, sabiendo que una producción norteamericana abordará una temática que ofrece tantas aristas como la invasión a Irak. El guión transcurre con una parsimonia exasperante sin ofrecer momentos de real intensidad, habida cuenta de que a priori, esa parecería ser la principal pretensión por sobre la de bajar algún tipo de línea ideológica en torno al conflicto político.
Así, se desanda la primera hora de una película que llama al bostezo. La sucesión interminable (e insoportable) de escenas de bombas a punto de explotar no llevan a ningún rincón novedoso ni echan luz sobre un género tratado con muchísimo más pulso con anterioridad. La poco feliz composición del personaje de Jeremy Renner -el macho alfa con delirios de invulnerabilidad- sumada a cierta postura de validación (¿voluntaria?) para con una suerte de adictos a la guerra, generan un rechazo insoslayable. No hay hidalguía en los soldados estadounidenses, sino más bien una actitud patriótica que deja de lado un ejercicio de pensamiento que les permita discernir por que razón están peleando realmente.
Los personajes están lobotomizados, del primero al último y mientras la realidad muestra una invasión movilizada por intereses políticos, ellos defienden la bandera yankee atándose al simbolismo patrio por encima de cualquier ejercicio de pensamiento racional. A favor podríamos celebrar ese incómodo lugar en el que (¿voluntariamente?) queda la milicia, sin dejar de sentirnos incómodos nosotros como espectadores, ante la tibieza con la que se dice todo, un todo que termina siendo nada, o muy poquito.
En cuanto a los recursos estéticos y técnicos, Bigelow no se arriesga, su “Vivir al Limite” transita siempre por los caminos seguros, y plano tras plano la sensación de Deja Vu aflora. Las cámaras encuentran sus imágenes más logradas cuando incursionan en la urbe y se sumergen en la vida iraquí diaria, humanizando aunque sea por minutos un pueblo al que Estados Unidos pareciera empecinado en demonizar. Fuera de esos momentos, breves, todo es una interminable paisaje árido, demasiado brillante, sofocante, insoportablemente aburrido.
En resumidas cuentas, la vida después de “The Hurt Locker” continúa inmutable. No hay nada nuevo bajo el calor de Medio Oriente, solo un relato ambiguo, tedioso y que dilapida tristemente una ocasión inmejorable de decir lo que muchos quisieran, por falta de pericia quizás. ¿O voluntariamente?
domingo, 14 de marzo de 2010
Prisioneros VIP
"Un Profeta" es una película estupenda. La cinta de Jacques Audiard es un deleite audiovisual. Quizás la mejor filmada de las cinco películas que esuvieron ternadas y que perdieron ante "El Secreto de sus Ojos".La cinta desanda una crítica mordaz al sistema penitenciario francés, y en su derrotero, pone al descubierto el engranaje de corrupción que ocultan los muros y los barrotes, con un guión que relata el ascenso paulatino de un prisionero común y que sirve como visita guiada a los rincones más sórdidos de la cárcel.
La crítica a la endeble función que cumple la prisión en la rehabilitación de los reclusos, sin embargo, queda sepultada debajo de recursos técnicos y estéticos de altísima factura, que dan como resultado un trabajo riguroso y detallista.
La presentación en sociedad del actor Tahar Rahim es auspiciosa, gracias a una interpretación que marca paso por paso la mutación de un ignoto delincuente juvenil al criminal más respetado, utilizando como armas, simplemente las que la estructura organizativa de la muy cuestionada cárcel, le ofrece.
En "Un Profeta", la prisión deja de ser un lugar de rehabilitación para los delincuentes, convirtiéndose en una colegio mafioso de estudios intensivos.
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