Las películas de Michael Mann, de un tiempo a esta parte, tienden a presentar dos bandos opuestos bien reconocibles. Una clásica y efectiva línea narrativa donde se evidencia “el bueno y el malo”, con una capacidad destacable, no obstante, de no convidar al espectador a alinearse con ninguna de las partes.Esa tendencia maniquea, o más bien bipartita de Mann, está nuevamente presente en “Enemigos Públicos”, una biopic basada en la vida del ladrón de bancos John Dillinger -recordado por sus numerosos atracos durante la gran depresión yankee y por algunas voces que pretenden colocarlo en el estante de los héroes populares- y la obsesión de su némesis, Melvin Purvis, agente de un FBI en formación, encargado de dar con él y poner fin a una carrera delictiva que ya había hecho suficientes méritos como para que se la recuerde en una película, por ejemplo.
Mann, apuesta en esta ocasión por Johnny Deep y Christian Bale para dar forma al proyecto extraído de la más básica matriz actancial. Esta analogía no debe sonar peyorativa, sino más bien evidenciar un recurso que el director ya ha utilizado hasta el hartazgo (Con Tom Cruise y Jamie Foxx en Collateral, por citar un ejemplo) con muchísima efectividad.
Dotada de una ambientación admirable, la película destila el aroma de las producciones del cine negro norteamericano, con recursos técnicos y estéticos que ensalzan la intención del director de impregnar el trabajo con la influencia audiovisual de esa época. El trabajo de recrear escenas y lugares, vestuarios y costumbres, es impecable, transportándonos sin escalas al Estados Unidos de la década del 20.
Quizás la mayor falencia de la cinta es la tibia introspección en el carácter de Dillinger. La radiografía del personaje es escueta y superficial y casi podría compararse con la descripción que el ladrón de bancos realiza de si mismo en la escena en la que se presenta a su futura esposa, encarnada por la siempre correcta Marion Cotillard.
Johnny Deep se muestra monogestual pero no por la ausencia de dotes actorales, sino por un guión que para llevar adelante una biopic, sólo explota los costados más elementales del gangster, sin proponer mayores desafíos interpretativos. De hecho, la cinta está lejos de exponer los argumentos que transformaron a Dillinger en un icono popular de la cultura norteamericana, dejando entrever de manera tenue ese carácter “romántico” de sus atracos con frases insulsas y fácilmente olvidables. Su romance con la prensa y con la clase trabajadora, también brilla por su ausencia, apareciendo en dosis demasiado escrupulosas, que no permiten hacerse una idea completa del entorno que rodeaba al hombre que se transformó en mito.
La película transcurre in crescendo llegando a picos de tensión muy elevados hacia su parte final, especialmente en algunos pasajes en los que Marion Cotillard dota de toda su capacidad dramática a la pantalla y en los que Johnny Depp se permite hacer gala de su oscuridad natural, para transformar a Dillinger en un ser mucho más interesante con interpretaciones en la que se vislumbra a un hombre acuciado por una desesperación que intenta en vano disimular.
Michael Mann hecha por la borda tentaciones tales como detallar con mayor ahínco el origen del FBI o centrar pasajes del guión en el personaje de Melvin Purvis. La apuesta resulta ganadora, el espectador no está interesado en conocer el complejo entramado que dio forma al buró de investigación o la historia de un policía cuyo carisma es comparable con el de una ameba.
Colosalmente filmada y ambientada y con el sello de un muy buen director en algunos pasajes, pero con algunos baches en su narrativa que por momentos la transforman en una película lenta y con pocas alternativas, Enemigos Públicos será probablemente una de las películas más parejas del año, en cuanto a detractores y cinéfilos partidarios, claro.
