lunes, 28 de enero de 2013

Rescate emotivo

¿Peca Argo por estereotipar Medio Oriente?

Es probable, pero también ejerce desde algún lugar (no demasiado comprometido) un ejercicio denuncista. Debe hacerse cargo también de ser lineal y simplona, con algunos momentos de vértigo que quizás sean previsibles.

Pero sin embargo, con poco, le basta para ser una muy buena película que confirma todo lo que Ben Affleck insinuó en The Town y que lo postula como uno de los directores a seguir atentamente de aquí en adelante.

El sub-género "la lucha norteamericana contra el terrorismo" sigue dándole tela para cortar al séptimo arte. Que no sea bastardeado (como las enojosas políticas del país del norte) dependerá sólo de sus realizadores.

Punto para Affleck.

martes, 22 de enero de 2013

Las heridas del liberalismo

Grata sorpresa. "Killing Them Softly" será un "must see" del cine contemporáneo.

La película esconde detrás de su trama de cine neo-noir, infinidad de líneas ocultas que no admiten un espectador pasivo. Una crítica generada desde el seno mismo del pensamiento neoliberal norteamericano, de los torridos caminos que transita el dinero en tiempos de crisis económica e incluso de la idiosincrasia del ciudadano yankee promedio, son algunos de los condimentos de este experimento que parece amalgamar lo mejor de Scorsese y Tarantino.

Con un guión interesante, un original manejo de cámaras y la intertextualidad utilizada a la perfección, se convierte en un clásico casi inmediatamente. Un cada vez más correcto Brad Pitt, encuentra un ladero genial en la maravillosa interpretación de James Gandolfini.

La música, merece un párrafo aparte, blues de New Orleans y ataques al oído achanchado con bandas como The Velvet Underground. Muy recomendable.

martes, 20 de noviembre de 2012

Tiempo

El tiempo pasa rápido de acuerdo al lugar en el que decidamos pararnos. Es una cuestión de perspectiva. Decidimos esperar o no, a alguien o a algo. Yo a veces espero, generalmente por convicciones. Como una declaración de principios.
Pierdo el tiempo albergando la esperanza que cuando llegue el momento, la intensidad por vivir compensará todo el resto, que es aire, una anécdota, una abstracción.

Y es que la vida sin algunas personas es simplemente tiempo.

jueves, 1 de noviembre de 2012

Divino tesoro

Un porcentaje bastante considerable de personas de mi generación considera que el voto a los 16 es inviable, aduciendo una supuesta falta de madurez de los jóvenes para votar a conciencia. Por propiedad transitiva, podríamos decir que quienes hemos superado la barrera de los 16 -ampliamente- estamos capacitados para sufragar. Sin embargo, no son pocas las personas con las que he conversado que consultados en torno a los motivos por los que eligió a un candidato durante unas elecciones me respondieron “porque votar a [inserte aquí un nombre a elección] no da”. Y es que la adultez supone madurez, según esta concepción algo reduccionista de quienes se oponen al voto juvenil. Entonces “no da” que los chicos voten.

Y el motivo creo que es uno solo: quienes crecimos con Menem como presidente somos en gran medida, abúlicos políticos. Sufrimos el desarraigo (y la poco recomendable comodidad) de no pertenecer a un ismo. Crecimos tibios, porque las políticas neoliberales nunca ofrecieron un espacio para los jóvenes. Por el contrario. Entonces, empíricamente para nosotros, los jóvenes actualmente tienen el mismo interés por la política que nosotros tuvimos a esa edad.

Estamos equivocados.

He conversado con adolescentes que conocen el entramado político actual en detalle y poseen un espíritu crítico que ni por asomo he visto cuando tenía 16 años. Jóvenes con argumentos sólidos que derrumban los endebles cuestionamientos de adultos y adultos/jóvenes que se niegan sistematicamente a comprender que los tiempos cambian, que el acceso a la información es otro y que la vida política en democracia, implica involucrarse, cuanto antes mejor.

La frase remanida que reza “los jóvenes son el futuro” tiene que dejar de ser mera retórica.

lunes, 22 de octubre de 2012

Policías en acción

Existe una dificultad con la que deben lidiar todos los realizadores que se topen con Jugde Dredd. Se trata de una premisa engorrosa basada en los preceptos a través de los cuales fue creado no solo el personaje, sino todo su universo imaginario: estamos ante un antihéroe abiertamente fascista.

Así, cada artista que ha tomado las riendas de la historia del policía futurista no sólo debía crear un buen argumento, sino balancearse con criterio para manejar esa distopía totalitaria y caótica que es Megacity sin ser acusado de tráfico de influencias.

Y el guionista Alex Garland lo logra en buena medida. Su historia da (apoyada en el trabajo del director Pete Travis) una acabada idea de lo que John Wagner y Carlos Ezquerra pensaron cuando crearon un estado totalitario donde el concepto del Poder Judicial se amalgame con el de Policía y en el que la pena de muerte esquive cualquier tipo de traba burocrática para ejecutarse de inmediato, si lo avala un pequeño manual de usuario. Un sistema donde los jueces sean verdugos, ganen las calles y estén entrenados para matar a quien no cumpla las reglas, reglas que el 80% de la ciudadanía está dispuesta a pasar por alto, porque ese 80% no tiene muchas más chances que hacerlo para sobrevivir. Un sistema facho, con todas las letras.

En ese contexto destaca el Judge Dredd, en este caso interpretado por Karl Urban (la versión shampoo realizada en los 90 estuvo a cargo de Stallone) aunque bien podría ser cualquier actor testosterónico de quijada amplia y con la capacidad de impostar la voz. Dredd sería el policía impoluto e incorruptible. Leguleyo por definición e impiadoso al momento de hacer cumplir la ley a rajatabla.

Garland entiende bien la idea y saca provecho de su buen criterio como guionista (que ya había insinuado en Sunshine, una película que comenzó para hacer historia y se derrumbó por su propio peso) haciendo que ese sistema totalitario muestre los costados endebles de sus fundamentos. Así, se permite incluir otro agentes del orden de principios antagónicos a los del protagonista. Corruptos con poder en un sistema corrupto. El resultado es más que interesante, evitando que el espectador idealice un sistema represivo donde la única solución, es el exterminio de los excluidos.

En otro orden, la película cuenta con una acción constante que se permite saludables mesetas. Sin embargo, y quizás el punto más alto del largometraje pasa por el buen uso de los efectos visuales. El cuestionado recurso del 3D es exprimido al máximo y es difícil imaginarse a la película sin él. No fue azaroso que los realizadores utilizaran un edificio de 200 plantas como escenario principal, ni una droga sintética que pone en cámara lenta el cerebro de quien la consume, y por propiedad transitiva, del espectador.

El juego de cámaras entonces, propone composiciones fotográficas que hacen abismos amparados en la profundidad de campo y en la bien aplicada tridimensional lente. El slow-motion encuentra su excusa en un recurso argumental y es utilizado con tino, sin excederse y aprovechándolo para decorar un gore atenuado.

Pete Travis hace su irrupción en las grandes ligas de Hollywood con un trabajo prometedor dentro del género fantástico y pudiendo acreditarse ser uno de los pocos realizadores en comprender que el 3D puede ser más que un recurso efectista para hacer al lenguaje narrativo y otorgarle un valor agregado a la historia, en tiempo donde los lentes bicolores son utilizados sólo como un subterfugio para deslumbrar a las masas.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Argentina 2012

Odio a los pobres. Odio que puedan llegar a tener mis mismas posibilidades. Odio no poder seguir haciendo la vida que hacía con Menem mientras miles se morian de hambre como en África. Soy individualista, me gusta Macri y simpatizo con la más rancia derecha liberal. Creo que los desaparecidos están todos en Europa y que no fueron 30 mil. Voy todos los domingos a misa y le doy limosna a quienes piden en la puerta, esa es mi obra de caridad semanal. No quiero que tomen de mis impuestos para planes sociales, porque si no tiene resultados inmediatos para mí no sirve. ¿Qué me importan las soluciones a largo plazo? Estaré muerto para entonces. Aquí y ahora. Están fomentando la vagancia. No me importa en absoluto que esas criaturas hayan nacido en medio del monte y que les hayan cortado el cordón umbilical con un cuchillo oxidado. Eso no me conmueve, me conmueven las fotos en Facebook de niños con cáncer y gente en la miseria, eso lo comparto, les doy "me gusta" así aliviano mi conciencia y duermo tranquilo. No quiero compartir, la redistribución de la riqueza implica que yo sea menos rico. Eso me aterra, aunque la vida me haya dado la oportunidad de estudiar en los mejores lugares y tener, gracias a mi trabajo, una excelente calidad de vida. No quiero cortar mi queso. Sencillamente no puedo, no quiero, no me gusta.

martes, 11 de septiembre de 2012

11/9

El 11 de septiembre de 1973 un Golpe de Estado dirigido por los Estados Unidos, destituyó al entonces presidente socialista de Chile, Salvador Allende, para colocar en su lugar al dictador Augusto Pinochet, con quien iniciaría una de las dictaduras más sangrientas de Latinoamérica. Fue una de las tantas maniobras de la llamada "Doctrina de la Seguridad Nacional", maniobra norteamericana para erradicar cualquier manifestación de comunismo en nuestro continente, en plena Guerra Fría. La banda chilena Los Tres creó una de las canciones más sanguíneas sobre este acontecimiento, que curiosamente, también ocurrió un martes, como hoy. Un martes de horror.