Fragmento de "Páginas Ajenas" novela inconclusa de mi autoría - Es Posible, puede lograrse... no es antinatural en absoluto – Dijo finalmente.
Me mantuve callado, impasible, con la certeza de que Adrián me lo diría todo. No había necesidad de indagar, él siempre me lo decía todo.
- Hace algunos años, cuando comencé a tomar clases de guitarra, ¿Te acordás? –Asentí con la cabeza. – Pues bien, quien era entonces mi profesor, no era sino un crío, uno de esos jóvenes virtuosos que de un día para otro se convierten en una suerte de enciclopedias musicales. Era un chico muy callado y cuando comenzábamos las clases no hablábamos sino de lo concerniente a la guitarra y mi aprendizaje, supongo que fue esa una de las razones por las que nunca aprendí a ejecutarla, ya sabes como soy, siempre intentando conocer a las personas, más aún cuando se trata de personas peculiares, como lo era este muchacho. – Llevó su cigarrillo a la boca y aspiró una profunda bocanada de humo, se detuvo pensativo nuevamente blandiendo la luciérnaga frente a mis ojos. - ¿Te has dado cuenta como quien ejecutaba su guitarra el músico de hace un momento, cual era su estilo? – Me pregunto.
No sin cierta vanidad, y jactándome de mis conocimientos de música respondí, sin abandonar mi expresión casi soberbia.
- Albert King –
- ¡Albert King! – Respondió Adrián dejando escapar una sonora carcajada al unísono que con su mano derecha golpeaba la mesa, sacudiendo el whisky en los vasos. – Así es, como Albert King – Repitió sin dejar de reír.
Esperé que su excitación se esfumara, con la plena seguridad de que el relato continuaría camino adelante. Dejé que Adrián riera, como quien abona el terreno de lo que vendrá. Bebió de una vez el contenido de su vaso, frunció la nariz al momento que el dorado liquido atravesaba su garganta y continuó.
- Una tarde llegué a la casa que el joven compartía con otros amigos, también músicos presumo, y observé algo muy curioso. La puerta de la casa se encontraba abierta de par en par, y dentro de ella mi inmensamente extraño profesor, con el torso desnudo y una barba de tres días, luchaba con un televisor lo suficientemente grande como para causar problemas a quien intente cargarlo, me detuve en el umbral de la puerta mirando aquella escena e intentando comprender que demonios intentaba hacer aquel cristiano, cuando finalmente comprendí que estaba poniendo el televisor al revés, patas arriba como dicen algunos, sobre la mesa. – Aspiró la última bocanada y apagó el cigarrillo en el cenicero metálico, exhaló una nube espesa de humo y prosiguió. – Cuando colocó finalmente el televisor la posición deseada, se apoyó sobre la mesa lanzando sonoros resoplidos y cubierto de sudor, el trabajo lo había dejado exhausto, fue entonces cuando reparó en mi presencia, y sin dejar su cómoda posición, hizo un ademán con la cabeza indicándome que entrara. Así lo hice, y me senté en el sillón como siempre, pero sin dejar de prestar atención en lo que el muchacho hacía... comenzó a conectar no sin cierta dificultad una video casetera, y cuando terminó, introdujo un video en muy mal estado en la misma. El televisor reprodujo obediente las imágenes, las cuales, a menos que sepas mantenerte parado sobre manos, no entenderías en absoluto puesto que estaban dadas vueltas, completamente al revés, y al cabo de algunos segundos pude darme cuenta que se trataba de un recital de Albert King, ahí estaba, soberbio sobre el escenario con su clásica Gibson reposando sobre sus manos, y atrapando notas en el aire con su mano izquierda. Ya sabes que era zurdo para tocar, como Hendrix, pero con la diferencia de que Albert no cambiaba el orden de las cuerdas, simplemente se limitaba a tocar con una guitarra pensada para diestros, tomándola de manera inversa, es así que las notas convencionales, las hacía de una manera para nada familiar para el músico diestro. El joven trajo su guitarra y se posó frente a la pantalla del televisor, y tras algo así como quince minutos, que para mí pasaron como si de segundos se tratara, se levantó hecho una furia, insultando al aire y apagando el televisor con tanta brusquedad que este casi cae de la pequeña mesa de madera.
Adrián ya no pudo contener la risa e hizo sonar en el lugar la tercera carcajada de la noche, esta vez no pude evitarlo y algunas pequeñas risotadas también se escaparon entre mis labios, que mordía con inclemencia para evitar reírme con todas mis fuerzas.
- Se acerco a mí agitando los brazos en el aire, y gritando que lo que Albert King hacía no era natural, que no era posible que todo lo que un guitarrista convencionalmente hacía con su instrumento, él lo realizara exactamente al revés, ¿Comprendes? Cualquiera que conozca a Albert King, sabe que no sólo tocaba con las cuerdas invertidas, sino que estiraba las cuerdas hacia abajo. – Comenzó a reír sonoramente una vez más - ¿Te das cuenta? ¡No se trataba sino de una suerte de desilusión amorosa musical! ¡Había dado vuelta el televisor no solo para mejor comprender la técnica de Albert King, sino para robarle las notas, y ante la impotencia de no poder hacerlo, comenzó a despotricar contra aquel genio de la música como si del culpable de todos sus males se tratara!.
Esta vez dejé escapar mis risas a todo vapor, uniéndolas con las de mi amigo en un coro hilarante que una vez más llamó la atención de la gente del lugar. Era fantástico creerse solos, era algo que nos pasaba a menudo, y de lo que no caíamos en cuenta sino hasta reparar en las miradas hostiles de nuestros vecinos de mesa.
- El joven que tocó su guitarra hace unos momentos- Dijo Adrián señalando con su índice el escenario ahora vacío. – Tocó con esplendor, lo hizo, salvando las diferencias, como lo hubiera hecho Albert King, y estoy seguro que no tuvo necesidad de dar vuelta el televisor. – Dijo dejando de lado cualquier comicidad y tomando un semblante serio e inquietante – Lo que Albert King hacía, se llamaba genialidad. Nada de eso es “antinatural” pero como vos sabrás con certeza mi querido amigo, es una constante en las personas escandalizarse de aquello que no comprenden, de lo que la naturaleza otorga a ciertos privilegiados como un don, para ser apreciado como tal y que sin embargo es pisoteado por aquellos imbéciles que no tienen la suficiente capacidad neuronal par interpretarlo. A lo largo de la historia, en diferentes ordenes claro está, podemos ver estas escenas repetidas. Ahora, movilizada por la desilusión de un joven músico que por no poder ejecutar lo que no está a su alcance, despotrica contra ello.-
Un silencio se adueño de nuestro diálogo durante algunos segundos. Finalmente pregunté. – Sin embargo, aquel muchacho adoraba a Albert King. ¿No es así? –
- Tanto peor – Repuso con firmeza Adrián. – Eso entonces, mi querido amigo, es para mí el repugnante de los siete pecados. Y envidia es su nombre. -