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lunes, 7 de octubre de 2019

La pesada herencia

En la antesala del lanzamiento de esta, la primera película en solitario del Joker -o el Guasón, esa traducción que por estas pampas popularizó primero la serie de Batman de los 60 y luego la recordada versión de Jack Nicholson en la película de 1989- tanto su director Todd Phillips como Joaquin Phoenix cargaron sobre sus espaldas no solo el peso específico que supone trabajar sobre un personaje icónico para la cultura popular sino también, y quizás aún más, el de al menos equiparar su trabajo con versiones pretéritas de una enorme estatura interpretativa que además, contribuyeron a la constitución del desequilibrado payaso como el villano por antonomasia excediendo ampliamente su condición de "personaje de comics".

Y es que a la mencionada interpretación de Nicholson en "Batman" (1989) la sucedió un Heath Ledger extraordinario, según la mirada de Christopher Nolan en "The Dark Knight" (2008) Y si bien la encarnación de Jared Leto en "Suicide Squad" (2016) resultó apática, la mitología del personaje se mantuvo intacta.A esos pergaminos, Joaquin Phoenix ha sumado una actuación descomunal que quedará sin dudas en la historia del cine moderno. Y si bien no era una novedad la capacidad del actor, esta performance pareciera ser el cenit absoluto de su carrera. Phoenix construye a un Joker cuyo derrotero de víctima a victimario se desanda a lo largo de un guión de un mensaje corrosivamente político, que pone el acento en las consecuencias que las desigualdades de un sistema perverso tiene en las clases subalternas. Phillips utiliza como excusa la multiplicidad de problemas que en la ficción llevan al Joker a convertirse en un criminal sociópata para trazar un paralelismo sin demasiadas metáforas sobre las oportunidades que el sistema ofrece a pobres, enfermos, refugiados o excluidos por no responder a lo normativo.

Si el Joker de Heath Ledger, entonces, representó una metáfora sobre la confusión de los Estados Unidos frente al terrorismo, el de Phoenix emerge como una versión extrema del mártir social. Un símbolo de la desesperación, como la máscara de Guy Fawkes en "V for Vendetta", abrazado por los excluidos que extrapolan en su locura la desesperación de un contexto hostil que no ofrece ninguna oportunidad. Una aguda crítica social que difícilmente se encuentra en el cine mainstream de Hollywood por estos días.

Pero no solo la inspiradísima actuación de Phoenix o el enorme guión de Todd Phillips hacen de Joker un clásico instantáneo. La cinta cuenta con una fotografía y ambientación de una inspiración notable. Gotham City exuda desesperanza incluso en sus rincones más luminosos. En ese afán parece extirpada de las viñetas de David Mazzucchelli, así como algunos diálogos remiten directamente al Alan Moore de "The Killing Joke", dejando en claro que el director hizo sus deberes concienzudamente, como quien sabe que tiene entre sus manos un diamante difícil de equiparar.

"Joker" lleva el cine basado en cómics (ya no a ese subgénero llamado “de superhéroes”) a otro nivel. Lo redefine completamente y deja en claro cuáles son las posibilidades reales al momento de adaptar a la pantalla grande una historia o personaje surgido de un medio largamente desestimado como el cómic.

En ese sentido, puede ponerse a la altura de novelas gráficas como “Watchmen” que modificaron por completo la manera que el público en general, la crítica especializada e incluso los ámbitos académicos percibieron a la historieta. Es una película que modificará radicalmente la manera de hacer un tipo de cine que desde hace más de una década fue estandarizado, principalmente, por el Universo Marvel, lo cual es una noticia a festejar tanto por los amantes del cine como de un medio de expresión artística tan noble como la historieta.

lunes, 22 de agosto de 2016

Elementos inertes

Cuando John Ostrander creó la nueva -y a la postre definitiva- versión del Escuadrón Suicida en 1987, lejos estaba la industria del cómic norteamericano de vivir su panacea cinematográfica. No obstante, e incluso por encima de personajes clásicos que desandan sus propias historias en pirotécnicos blockbusters, había algo especial en la idea del autor que hacía adivinar al grupo como una semilla fértil para la pantalla grande. Había un nosequé en este puñado de supervillanos organizados por el gobierno para realizar misiones particularmente peligrosas.

Es que detrás de ese concepto, el de -a cambio de reducir sus condenas- enviar a los malos a misiones hiper arriesgadas, se leía solapadamente un manual de estilo de la política norteamericana. De los servicios de inteligencia que operan por debajo incluso de los servicios de inteligencia. De los secretos que guardan secretos que es mejor no conocer.

Allá quedaron esos comics clásicos de la DC. La modernidad propuso una nueva versión del grupo que tuvo una clara influencia en la que se ve en la pantalla grande. Ahí emerge la figura de Harley Quinn y se mantienen, como vestigios clásicos, Deadshot y el Capitán Boomerang, entre otros tantos.

Y curiosamente, al igual que sucedió en las historietas, en el cine DC comete un error de principante: intentar edulcorar un producto cuya calidad radica en su crudeza. Nadie sabe (o al menos quien escribe) cuáles fueron los argumentos editoriales para llenar de colores el Suicide Squad moderno de las historietas. En el cine, sin embargo, se adivinan: reseñas despiadadas con el tono oscuro de «Batman Vs. Superman: Dawn of Justice» y «Man of Steel», críticos que reclamaban mayor liviandad, más entretenimiento, en cierta forma marvelizar un poco el material por venir, cayendo en la inevitable comparación con el exitoso trabajo que la competencia realiza en cada una de sus incursiones en el séptimo arte.

El resultado, muy a pesar del obstinado director David Ayer, no es bueno. Suicide Squad es una película insípida, mal editada, de un humor forzado y de pocas luces. Sus personajes resultan por momentos ridículos y ni siquiera salvan en conjunto las intervenciones de Margot Robbie, una de las cartas fuertes de la franquicia, ni del a priori prometedor Joker de Jared Leto, que en este caso está más cerca de un matón afroamericano que del psicópata impredecible que todos esperamos ver.

Los directivos de DC pecaron de pechos fríos. Dieron el brazo a torcer y la decisión no fue la acertada. Era la oportunidad de consolidar una manera de hacer cine de superhéroes desde una nueva perspectiva, como Christopher Nolan demostró con su trilogía de Batman es posible hacer. Pero Ayer no es Nolan y por eso en este caso el enemigo no es un supergrupo soviético y mucho menos (¡MUCHO MENOS!) terroristas islámicos agrupados bajo el nombre de la Jihad como en los gloriosos cómics de la década del 80, sino más bien una amenaza sobrenatural bastante confusa que sin embargo no puede con el embate de contrincantes que usan boomerangs y bates de baseball.

Las dos horas de historia transcurren inertes. Una película de carencias que quizás entretenga por un rato al espectador ocasional y que no llegará a indignar al fanático acérrimo. Lejos de la decepción que supo provocar Green Lantern (2011) o la indignación de Fantastic Four (2015), Suicide Squad no logra generar absolutamente nada, y eso, para una película de sus características, es una falencia de proporciones.

lunes, 28 de marzo de 2016

Poder Absoluto

El tiempo pondrá a «Batman vs. Superman: Dawn of Justice» en el lugar que se merece. A saber, el de una de las películas más logradas del subgénero superhéroico, ese que desde hace un tiempo llegó para quedar en el imaginario popular del cine como una especie de western moderno, provocando escozor en los puristas y eufóricos placeres en los amantes del cómic y la ciencia ficción en general.

En términos cinematográficos, Zack Snyder vuelve a tomar entre sus manos un artefacto explosivo altamente volátil. El director aborda la misión de dar forma a la primera película que reúne a los dos personajes más icónicos no solo de la editorial DC sino de la cultura de masas. Ahí están el Hombre de Acero y El Caballero Oscuro con su mitología a cuestas y una horda de fanáticos aguardando famélicos. El desafío era alto, y aunque fiel a su estilo -el mismo que lo llevó a destruir «Watchmen» (2009) quizás la mejor novela gráfica jamás escrita- en este caso Snyder sale airoso, creando una película oscura, violenta, rabiosa y de acción trepidante, que representa un gran y promisorio comienzo para la apuesta más seria de la DC Comics en la pantalla grande.

El título elegido, una obvia e inteligente estrategia publicitaria, es algo más que una anécdota. La batalla entre ambos héroes no es sino una excusa para construir el prólogo de lo que será el derrotero de la editorial en el cine con un aluvión de películas ya anunciadas que desembocarán en la Justice League, el equivalente que esta vereda tiene de Avengers. Y con esa intención, todo se lleva a cabo con precisión e inteligencia. La historia está atravesada por guiños para los fanáticos y anticipos de lo que vendrá. Caldo de cultivo para el fervor comiquero.

Con todo, las dos horas y media de película transcurren entre las volcánicas escenas de acción, -debilidad del director- los anticipos, destacadas actuaciones y un delicioso ejercicio intertextual con historias clásicas de la narrativa dibujada. Así, a la referencia obvia a «The Dark Knight Returns» (Frank Miller, 1986) se suman la de «Superman: Red Son» (Mark Millar, 2003), «Crisis on Infinite Earths» (Marv Wolfman y George Perez, 1985) y «The Death of Superman» (varios autores, 1992) entre muchos otros. El guion de Chris Terrio y David S. Goyer marca una distancia insoslayable con el cine de superhéroes realizado hasta el momento, monopolizado en al menos un 90% por las producciones de Marvel Cómics, y como si fuera una extensión natural de lo que ambas editoriales supieron proponer en materia de comics, construyen una historia lúgubre, de tintes oscuros, sin lugar para el humor y con muy poco espacio para el público infantil. Se reemplaza la colorida pirotecnia de Avengers por un escenario de terror, de psiquis retorcidas, pasados tortuosos y mentes enfermas.

En ese lugar surge un enorme Jesse Eisenberg, que reformula a Lex Luthor dandole a su innata megalomanía los rasgos de un psicótico que por momentos recuerda al mejor Joker de Heath Ledger. Eisenberg es la llave maestra de un guión que avanza a través de su personaje, que si bien no respeta las características propias del que desanda su maldad en las páginas de Superman, convence por la soberbia interpretación del actor. Gal Gadot deslumbra como una Wonder Woman largamente esperada en la pantalla grande. Su versión de la amazona convence de punta a punta y genera expectativa en torno a la película que la tendrá como protagonista.

Detrás de ellos (sí, detrás) aparece el cuestionado (a cuenta) Batman de Ben Affleck, que logra sobreponerse al prejuicio popular como un convincente Hombre Murciélago. Más adusto que el de Christian Bale, su inmediato predecesor en la pantalla grande, pero también más furioso, traumado y violento. El Batman de Affleck se deglute al Bruce Wayne de Affleck, recordando saludablemente a la versión (otra vez) de Frank Miller y dando forma a una caracterización sólida, que seguirá siendo el epicentro de la polémica quizás más por la elección del actor que por el resultado final del experimento. Henry Cavill repite la buena tarea como el Superman sombrio que llevó adelante en «Man of Steel» (2013) sumándole en este caso el contrapunto del álter ego humano del superhéroe, Clark Kent, sin que la historia se detenga demasiado en él.

Y es quizás ese el aspecto más destacable de la película terminada. Concientes de que tienen entre manos un producto icónico del arte industrial, de consumo masivo y conocimiento popular, director y guionistas no se demoran en cuestiones que ya se trataron hasta el cansancio con anterioridad, y elipsis tras elipsis, avanzan evitando el hastío. Se da por supuesto, criteriosmente, que el espectador ya conoce el origen de Batman, de Superman, los pormenores de sus identidades secretas y las características propias de los personajes. Así que se omite lo que tácitamente ya está instalado en el conocimiento colectivo y se da paso a una historia nueva, sin vueltas ni rodeos.

«Batman vs. Superman: Dawn of Justice» confirma lo que DC ya demostró con la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan: existe otra manera de realizar cine de superhéroes. Una más adulta y repleta de matices, con segundas lecturas, creada para algo más que satisfacer las necesidades de un mercado voraz. Como lo hiciera alguna vez con sus cómics, sienta jurisprudencia y hace escuela. Resta esperar con ansiedad desesperante lo que vendrá, que promete un puñado de grandes historias extrapoladas desde un genial e infinito universo de viñetas.


lunes, 18 de enero de 2016

Colores puros

Las idas y vueltas para la realización de la octava película de Quentin Tarantino, tal y como él mismo se encarga de aclarar en unos créditos de tipografía a tono con una estética que viajó impoluta desde «Reservoir Dogs» (1992) hasta ahora, permitieron que contrariamente con sus trabajos anteriores el enigma en torno al producto final no sea tan pronunciado.

A priori, «The Hateful Eight» asomaba -por ser la segunda incursión del director navegando las turbulentas aguas del género western- como la continuidad natural de «Django Unchained» (2013). Sin embargo estamos ante un trabajo que encuentra más puntos coincidentes con «Inglourious Basterds» (2009) que con la cinta que protagonizara Jamie Foxx.

Me explico: estamos asistiendo a la película más política de Tarantino, quien recrea un escenario reciente de la postguerra civil norteamericana donde desperdiga su arsenal acostumbrado de personajes carismáticos llamados a formar parte ad eternum de la cultura de masas. En ese contexto, aprovecha para plantar bandera y desde un lugar muy sutil, presentar un menú de las idiosincrasias del Siglo XIX y por propiedad transitiva apelar al sarcasmo para evidenciar la vigencia del rancio pensamiento de una burguesía yankee aún vigente. En épocas de marcadas diferencias raciales Tarantino toma postura en una película de diálogos, de extensos y férvidos diálogos. Léxicos rabiosos acunados en tomas eternas que van del plano general con el que da inicio la historia a los primeros planos que introducen a algunos de los personajes principales durante el viaje en diligencia donde los abismos ideológicos comienzan a presentarse como un protagonista insoslayable. Otra grieta.

Tarantino se reinventa. Se inmola y reconstruye a lo largo de tres horas en las que nuevamente acciona su férvido fanátismo por el western sin abandonar nunca la tónica que hace tan reconocible su cine. Ese fanatismo que en Kill Bill fue por el cine de artes marciales y la cultura oriental. Esa locura por la narrativa audiovisual que permite al espectador avezado deleitarse con la sospechosa similitud de Jennifer Jason Leigh con la Carrie de Sissy Spacek y Brian De Palma y con la pegajosa brutalidad Cronenbergiana que atraviesa longitudinalmente una historia concatenada con perfección de relojería.

Con esos elementos arma el rompecabezas de un guión erigido en torno a un puñado de parias, buscavidas y sobrevivientes de una guerra implacable. Con ellos, el director convierte una hosteria de mala muerte en los Estados Unidos del sur Confederado y el norte de la Unión, con los respectivos actores sociales de un país dividido cuyos estratos raciales y económicos constituyen un verdadero abismo. En esa coyuntura emerge el racismo como temática central, solapada en una trama propia del género que recuerda los enigmas del Hitchcock de «Dial M for Murder» (1954) o «The 39 Steps» (1935).

Y como si fuera una metáfora de su actor fetiche, es detrás del personaje de Samuel L. Jackson que Tarantino, como dije, toma partido. El personaje del negro que sirvió al ejército que luchó para abolir la esclavitud envía constantes dardos subliminales sobre el pensamiento del director acerca del segregacionismo. Así como los bastardos bajo las órdenes de Aldo Raine mataban nazis a sangre fría, Marquis Warren repudia a fuerza de plomo a quien ose legitimar la ya abolida esclavitud, con una falsa carta de Lincoln como fuero. Y a pesar de que en este juego moral no hay héroes sino más bien un hatajo de sociópatas presentados como villanos, el relato que promedia la historia traza una línea clara: el racismo en cualquiera de sus formas merece el mayor de los repudios, aunque en este caso y a favor de la historia, sea presentado como una humillación de proporciones inconmensurables como una licencia poética grotesca.
El cuadro es completado por un equipo de actores liderados por un Kurt Russell interminable, un Tim Roth genial y un sorprendente Walton Goggins. Michael Madsen vuelve a interpretar el mismo personaje que Tarantino parece haber creado para él -esta ocasión como un apático cowboy- y Jason Leigh da forma a su mejor papel desde «Single White Female» (1992) como una bizarra forajida en tiempos donde la villanía parecía una cuestión exclusivamente masculina.

Quentin Tarantino consigue una vez más sacudir los cimientos del establishment hollywoodense haciendo gala de cierta impunidad que le otorgó su talento como director y guionista. Resta esperar sus próximos trabajos con la paciencia adamantina de quien aguarda el paso de una inclemente tormenta de nieve.

jueves, 27 de febrero de 2014

Vivir y dejar morir

Hollywood no pierde el tiempo y ante la abulia generalizada de propuestas, toma a uno de sus directores de moda, un puñado de sus mejores actores y comienza a cocinar una de las recetas que siempre le ha dado resultado: el denuncismo edulcorado.

Así, con los ingredientes ya conocidos da forma a una película más que correcta, con aroma Pulp que promete un drama político, una comedia satírica y un policial negro. El resultado es un híbrido cuyo principal encanto radica en las buenas actuaciones, la gran ambientación y los giros en un guión bien concatenado.

Tras “The Fighter” y la sobrevalorada “Silver Lining Playbooks”, el director David O. Russell pareciera haber encontrado su once ideal, como tantos otros directores de ese monstruo ingente y avasallante que es la industria cinematográfica yankee.

Con Christian Bale, Amy Adams, Jennifer Lawrence y Bradley Cooper en su equipo, el director navega aguas calmas que le permiten ser un timonel firme pero que al mismo tiempo, no promete demasiadas sorpresas. En esta oportunidad su mano es sólida y su narrativa ágil, todo sostenido en un enorme Christian Bale y una Jennifer Lawrence que pide a gritos un papel más jugado. Y es que tanto Mr. Batman como de la blonda del momento están configurados para ser recordados cada vez que se hable de esta cinta. Él, por el caricaturesco boceto de un don nadie devenido en estafador maestro que resulta fascinante por mucho más que sus vicisitudes capilares. Ella, porque encarna su personaje más interesante desde “Winter's Bone”, una neurótica ama de casa cuyo aburrimiento convierte en un arma letal capaz de arruinar cualquier vida, incluida la suya propia, y porque parece ser la única capaz de no perder el encanto jamás, incluso aullando a Paul McCartney ataviada con guantes de goma amarillos.

Y ante la evidencia, no queda más remedio que admitirlo: Russell sabe como hacer que sus personajes no pasen desapercibidos. Porque a los sobresalientes ejemplos mencionados hay que sumar a la encantadora timadora enamorada de Amy Adams, que recuerda por su confusión amorosa y cierto aspecto naif oculto detrás de su impronta de femme fatale a la Julia Roberts de “Closer”; y al insoportable agente del FBI de Bradley Copper con su inefable patetismo a cuestas. Eso, sumado a la oportuna aparición de Robert De Niro como el magnate mafioso propietario de casinos, que lleva sin escalas a su mejor etapa bajo la dirección de Scorsese hace que ese guiño para los nostálgicos le sume puntos al trabajo terminado.

Recapitulando podríamos decir que ese denuncismo edulcorado es tal solo porque representa una excusa del director para exaltar las capacidades interpretativas de sus dirigidos. Detrás está esa trama confusa de coimas y micrófonos ocultos que decanta hacia la ficción más absoluta y deja de profundizar en eso que en algún momento se intentó denunciar, por lo que a pesar de la advertencia que al comienzo de la película reza que la historia “ha sido real en muchas ocasiones”, nos encontramos con una pieza cinematográfica que es más bien una magistral clase de actuación de dos horas y fracción.

lunes, 17 de junio de 2013

Claroscuro

El regreso a la pantalla grande de quien para muchos es el primer superhéroe contaba con algunos nombres propios que excedían el del propio Superman. Nombres que sobrevolaban la película y ofrecían un halo de esperanza para un personaje cuya historia en la cultura popular no tenía una película a su altura, un film apoteótico e icónico que hiciera justicia a su trayectoria desde que en 1938 comenzara a desandar aventuras en ese mundo de cuadritos fantásticos llamado historieta.

Con esa responsabilidad sobre sus espaldas aparecía el nombre de Christopher Nolan, director devenido en guionista junto a David Goyer y responsable de hacer quizás la mejor película basada en un personaje de historietas hasta la actualidad (The Dark Knight). La dirección recayó en este caso en el siempre impredecible Zack Snyder, que sin resignar su megalomanía audiovisual, buscaba redimirse ante el público comiquero tras la fantochada de Watchmen.

Sin embargo, en este caso la dupla de guionistas pareciera haber puesto en su lugar al pirotécnico Snyder dejando que el blockbuster surja por momentos, como espasmos, y conteniendo la tendencia salvaje del director de hacerlo explotar todo a lo largo de toda la película. En ese afán, la narrativa se centra durante buena parte en Krypton, planeta que vio nacer al Hombre de Acero y donde se ven las mejores puestas en escena del film.

La estética del condenado planeta recuerda sanamente a la que el guionista y dibujante John Byrne supo imprimir en los cómics con su reconfiguración del personaje en la década del 80. La película vuelve constantemente a esa sociedad que mixtura características de la raza humana con una sociedad regida por tecnócratas que organizaron su mundo echando mano a sus recursos avanzados en manipulación genética para mantener un orden social estricto al que se le puede dar interesantes lecturas. En ese contexto, una guerra civil emerge con el General Zod (Michael Shannon) como líder y un Jor-El interpretado por Russell Crowe que advierte sobre la inminente explosión del planeta, mientras prepara una nave que enviará a su primogénito a la Tierra. Allí, en esas idas y venidas que dan inicio a la cinta, es donde se ve al mejor Snyder, recorriendo Krypton con cámaras dinámicas y una fotografía de bienvenida belleza, que por momentos hacen olvidar que estamos ante una película de Superman.

Así, con apenas algunos cursis, previsibles y aburridos flashbacks a la infancia del héroe en la granja de Smallville, nos encontramos con un Clark Kent adulto, que ha pasado su vida buscándose sin encontrarse del todo y que con 33 años aún no ha terminado de conocer sus poderes. Lejos está esta versión del personaje de la clásica figura de boy-scout bonachón en la que se acostumbra enmarcarlo. Este Clark Kent/Kal-El/Superman es más oscuro, más huraño. Sin ser un Bruce Wayne o un Logan resulta mucho más interesante así. Un héroe herido, volátil, conteniendo siempre la explosión interna, el fuego fatuo que enciende un mundo hostil e injusto que intenta comprender, como todos nosotros, pero con el poder de un Dios latiendo en un puño.

El guión esquiva la enojosa cuestión de la doble identidad. Inteligente, la dupla Nolan-Goyer omite lo que la cultura popular ya conoce, la identidad secreta del periodista timorato oculto detrás de un peinado a la cachetada y unos anteojos de marco grueso. En ese afán obviar el alter ego con todos los clichés que las películas pretéritas y el conocimiento general del personaje han internalizado en el espectador promedio, resulta un acierto. Aquí no hay un Clark Kent corriendo desesperado para cambiarse a supervelocidad en una cabina telefónica. Todos los lugares comunes del imaginario Superman son extirpados para sorpresa del fanático, que se encuentra ante un hombre de acero que rompe el molde, sin romperlo.

Henry Cavill cumple con un buen papel enfundado en las mallas azules (esta vez sin el clásico calzoncillo rojo sobre los pantalones, basándose en el nuevo diseño del traje que el dibujante Jim Lee realizó para los cómics) pero también como el hombre común que busca su origen. Detrás de él aparece un enorme Russell Crowe y un Michael Shannon a la altura del conflicto, con un rostro que mete miedo y no hace extrañar ni por un minuto a Lex Luthor, el gran ausente de esta versión. Floja, muy floja Amy Adams en su papel de Lois Lane, quizás limitada por el inexplicable papel que se le otorga y que hacen sus participaciones soporíferas, restándole ritmo al argumento.

El sello distintivo del explosivo Snyder llega sobre el final de la cinta. Y es ahí donde da rienda suelta a lo que más le gusta y mejor le sale: hacer explotar cosas. Con una baraja muy amplia de recursos técnicos, pone los efectos especiales al servicio de los superpoderes y obtiene así, una lucha bastante decente como corolario de una película que es mucho más que eso, y que demuestra nuevamente la intención de la DC Comics de diferenciarse de las cintas de Marvel, imprimiendo a sus personajes cierto carácter oscuro, que logró con creces en la trilogía de Batman y con altibajos en esta nueva versión de Superman, que sin llegar a ser una cinta épica, logra devolverle al personaje algo de la dignidad perdida.

lunes, 4 de marzo de 2013

La mesa está servida

Es difícil al intentar escribir una reseña de Django Unchained no autoreciclarme. Porque para dar un contexto a esta nueva película de Quentin Tarantino, parece inevitable subrayar el enciclopédico conocimiento que el autor tiene de géneros como el western –y su subgénero más celebrado, el Spaghetti- el cine de artes marciales y la estética de la novela negra y el movimiento blaxploitation, como ya lo hice anteriormente.

Sin embargo, y a diferencia de sus trabajos pretéritos, esta vez Tarantino apuesta a rendir tributo al árido cine de Sergio Leone y Clint Eastwood. Con su particular visión de un universo repleto de etiquetas, quiebra el molde con la descabellada propuesta de un cowboy negro montando en pelo en el segregacionista sur de los Estados Unidos de mediados del Siglo XIX.

Así, con la idea puesta sobre la mesa, despliega nuevamente su arsenal de recursos técnicos y estéticos para dar forma a un cúmulo de ideas originales que transitan un derrotero narrativo ágil y sin fisuras. Un ejercicio cinematográfico que si bien hemos visto en sus anteriores películas, está en este caso trabajado en función de evitar la repetición cíclica, sin que esto signifique renunciar al sello distintivo y ya casi nobiliario del universo Tarantino.

En su película más larga (mas no más ambiciosa) el director recorta con una tijera cuyo filo asomó también en “Inglourious Basterds” un universo paralelo. Como en su anterior trabajo donde un grupo de judíos cazaba nazis en la Francia ocupada, en este contexto un esclavo negro obtiene su libertad y vestido de cowboy mata blancos por dinero y, por supuesto, por venganza, sentimiento que ha emergido casi como un leitmotiv en los guiones del director. Locuras fuera de contexto que hacen a la historia y que gracias a la buena conformación de los personajes, no parecen descabelladas aún siéndolo.

Y ese logro es en gran medida mérito del excelente trabajo individual de los actores. Enorme Christoph Waltz en el papel del doctor King Schultz, un cazarecompensas disfrazado de dentista que destaca no solo por sus finos modales e histrionismo sino también por su particular manera de asesinar gente con una afable sonrisa que acentúa una sangre fría escalofriante. No es casual que se elija siempre hablar de Waltz ante que del Django de Jamie Foxx. Si bien el moreno no desentona es eclipsado totalmente por el austriaco, y también por un Samuel L. Jackson delicioso, caracterizado como un esclavo de 75 años que ha pasado toda su vida bajo al servicio de una familia acomodada y cuya idea segregacionista es tan radical como la del más rancio terrateniente blanco del sur yankee. Un negro que delezna a los negros. Una contradicción antropológica absurda que asusta por su verosimilitud con el (absurdo) mundo real.

Tarantino vuelve a hacer cine con los zapatos (en este caso las botas) del fanático orgullosamente puestas. Vomita en la pantalla la estética distintiva del Western, con planos generales de los interminables e inhóspitos caminos que transitaban caballos y diligencias y una fotografía destacable que por momentos recuerda mucho al volumen 2 de “Kill Bill”, así como el tiroteo en la casa mayor del bastante insípido Monsieur Candie de Leonardo DiCaprio, remite directamente a la épica batalla de Beatrix Kiddo/The Bride con los Crazy 88, en el volumen 1 de la perfecta película que beatificó a Uma Thurman. El inicio de la cinta remite directamente al “Río Bravo” de Howard Hawks y la inclusión de Franco Nero es un guiño para fanáticos acérrimos que disfrutaron de la original “Django” de Sergio Corbucci.

El homenaje a las obras que lo formaron como realizador, vuelve a rendir sus frutos en esta (¿la última?) cinta. Llamado a ser uno de los directores contemporáneos más consecuentes en su trabajo, capaz que atraer al crítico más cerrado y al público masivo en igual medida, en “Django Unchained” Tarantino sirve una mesa repleta de vino rosso y apetitosos spaghettis.

lunes, 28 de enero de 2013

Rescate emotivo

¿Peca Argo por estereotipar Medio Oriente?

Es probable, pero también ejerce desde algún lugar (no demasiado comprometido) un ejercicio denuncista. Debe hacerse cargo también de ser lineal y simplona, con algunos momentos de vértigo que quizás sean previsibles.

Pero sin embargo, con poco, le basta para ser una muy buena película que confirma todo lo que Ben Affleck insinuó en The Town y que lo postula como uno de los directores a seguir atentamente de aquí en adelante.

El sub-género "la lucha norteamericana contra el terrorismo" sigue dándole tela para cortar al séptimo arte. Que no sea bastardeado (como las enojosas políticas del país del norte) dependerá sólo de sus realizadores.

Punto para Affleck.

martes, 22 de enero de 2013

Las heridas del liberalismo

Grata sorpresa. "Killing Them Softly" será un "must see" del cine contemporáneo.

La película esconde detrás de su trama de cine neo-noir, infinidad de líneas ocultas que no admiten un espectador pasivo. Una crítica generada desde el seno mismo del pensamiento neoliberal norteamericano, de los torridos caminos que transita el dinero en tiempos de crisis económica e incluso de la idiosincrasia del ciudadano yankee promedio, son algunos de los condimentos de este experimento que parece amalgamar lo mejor de Scorsese y Tarantino.

Con un guión interesante, un original manejo de cámaras y la intertextualidad utilizada a la perfección, se convierte en un clásico casi inmediatamente. Un cada vez más correcto Brad Pitt, encuentra un ladero genial en la maravillosa interpretación de James Gandolfini.

La música, merece un párrafo aparte, blues de New Orleans y ataques al oído achanchado con bandas como The Velvet Underground. Muy recomendable.

lunes, 22 de octubre de 2012

Policías en acción

Existe una dificultad con la que deben lidiar todos los realizadores que se topen con Jugde Dredd. Se trata de una premisa engorrosa basada en los preceptos a través de los cuales fue creado no solo el personaje, sino todo su universo imaginario: estamos ante un antihéroe abiertamente fascista.

Así, cada artista que ha tomado las riendas de la historia del policía futurista no sólo debía crear un buen argumento, sino balancearse con criterio para manejar esa distopía totalitaria y caótica que es Megacity sin ser acusado de tráfico de influencias.

Y el guionista Alex Garland lo logra en buena medida. Su historia da (apoyada en el trabajo del director Pete Travis) una acabada idea de lo que John Wagner y Carlos Ezquerra pensaron cuando crearon un estado totalitario donde el concepto del Poder Judicial se amalgame con el de Policía y en el que la pena de muerte esquive cualquier tipo de traba burocrática para ejecutarse de inmediato, si lo avala un pequeño manual de usuario. Un sistema donde los jueces sean verdugos, ganen las calles y estén entrenados para matar a quien no cumpla las reglas, reglas que el 80% de la ciudadanía está dispuesta a pasar por alto, porque ese 80% no tiene muchas más chances que hacerlo para sobrevivir. Un sistema facho, con todas las letras.

En ese contexto destaca el Judge Dredd, en este caso interpretado por Karl Urban (la versión shampoo realizada en los 90 estuvo a cargo de Stallone) aunque bien podría ser cualquier actor testosterónico de quijada amplia y con la capacidad de impostar la voz. Dredd sería el policía impoluto e incorruptible. Leguleyo por definición e impiadoso al momento de hacer cumplir la ley a rajatabla.

Garland entiende bien la idea y saca provecho de su buen criterio como guionista (que ya había insinuado en Sunshine, una película que comenzó para hacer historia y se derrumbó por su propio peso) haciendo que ese sistema totalitario muestre los costados endebles de sus fundamentos. Así, se permite incluir otro agentes del orden de principios antagónicos a los del protagonista. Corruptos con poder en un sistema corrupto. El resultado es más que interesante, evitando que el espectador idealice un sistema represivo donde la única solución, es el exterminio de los excluidos.

En otro orden, la película cuenta con una acción constante que se permite saludables mesetas. Sin embargo, y quizás el punto más alto del largometraje pasa por el buen uso de los efectos visuales. El cuestionado recurso del 3D es exprimido al máximo y es difícil imaginarse a la película sin él. No fue azaroso que los realizadores utilizaran un edificio de 200 plantas como escenario principal, ni una droga sintética que pone en cámara lenta el cerebro de quien la consume, y por propiedad transitiva, del espectador.

El juego de cámaras entonces, propone composiciones fotográficas que hacen abismos amparados en la profundidad de campo y en la bien aplicada tridimensional lente. El slow-motion encuentra su excusa en un recurso argumental y es utilizado con tino, sin excederse y aprovechándolo para decorar un gore atenuado.

Pete Travis hace su irrupción en las grandes ligas de Hollywood con un trabajo prometedor dentro del género fantástico y pudiendo acreditarse ser uno de los pocos realizadores en comprender que el 3D puede ser más que un recurso efectista para hacer al lenguaje narrativo y otorgarle un valor agregado a la historia, en tiempo donde los lentes bicolores son utilizados sólo como un subterfugio para deslumbrar a las masas.

martes, 3 de julio de 2012

Ciudad oculta

Otra vez Pablo Trapero viene a inyectarnos directamente en el lóbulo frontal una dosis sin diluir de malvenida realidad. Para evitar preambulos, bien podríamos estar ante la mejor película argentina de los últimos 10 años. “Elefante Blanco” es una patada en el pecho para quienes nacimos en este bendito país y al mismo tiempo un excelente ejercicio denuncista. Un reflejo sin distorsiones de la Argentina contemporánea, de sus instituciones, de sus hombres y mujeres. Los rasgos identitarios de la cultura villera fluyen a través del lente de un director audaz y comprometido que logra un producto final tan filoso como necesario gracias a un guión sólido, descarnado y contundente.

Filmado en locación en la Villa 31, Trapero elige al igual que en su trabajo anterior, “Carancho” a Ricardo Darín y Martina Gusman como sus protagonistas. A ellos, se suma el belga Jérémie Renier, un ícono del drama social europeo (fue un actor recurrente en la obra de los hermanos Dardenne) quien trae su acabado conocimiento del género a Latinoamerica, en una aparición para celebrar, no por sus laureles sino más bien por la excelente interpretación que logra en la película, donde pareciera incrustado en un contexto que le es totalmente desconocido al actor y al personaje.

El trabajo de sacerdotes y asistentes sociales, son la herramienta para que el espectador contemple las entrañas de una de las villas más populosas de Buenos Aires. La lucha constante de quienes, por mera vocación y a pesar de la falta de recursos y apoyo, buscan generar un cambio que para la mayoría de la sociedad es utópico.

Así, Trapero construye un espacio para reflexionar en torno a una problemática largamente evidenciada: la incompatibilidad entre la vocación de servicio y los dogmas católicos. Los personajes de Darin y Renier -sacerdotes ambos- ven su deseo de trabajar en pos de las necesidades de los sectores postergados, chocar indefectiblemente contra los intereses de los poderosos, entre quienes se encuentran la alta cúpula eclesiástica. Y en ese derrotero, el camino los lleva a zonas donde sus esfuerzos son vacuos y sus buenas intenciones, sólo eso.

Los recursos estéticos entonces, puestos al servicio del mensaje, son sencillamente exquisítos. Las imágenes hablan tanto como los silencios. Imperdible toma la de Renier en un convento de clausura dejándose vencer por la impotencia y condenando su espíritu inquieto al mutismo absoluto. Y mejor pasaje aún el de Darín ante el obispo, reclamandole ser “más que sacerdotes” ante situaciones apremiantes, y recibiendo por respuesta otro dogma: “Pertenecemos a una estructura”.

Esa estructura es puesta en evidencia a lo largo de toda la película. Con la figura del Padre Mugica como bandera, el realizador desnuda la falencia de algunos conceptos que por arcaicos, caen ante su propio peso (el celibato de los sacerdotes, por citar un ejemplo evidente) y revela la importancia de las acciones por sobre las buenas intenciones. La pulsión interna que late con firmeza en hombres y mujeres dispuestos al cambio, se muestra a través de quienes batallan contra el paco, la pobreza, el hambre, la delincuencia y todas esas “ cosas que no se tocan” como grita Pity Álvarez al comienzo y el final de la película, con su genio de la periferia nunca mejor ubicado. Cosas intangibles -como la falta de oportunidades- que la sociedad argentina es tan reacia a comprender.

En tiempos en los que la militancia que busca respuestas concretas a las problemáticas de las clases subalternas son violentamente reprimidas, “Elefante Blanco” recuerda a casos puntuales como el de Mariano Ferreyra o el de Dario Santillan y Maximiliano Kosteki. El guión busca generar un molesto zarpullido en la ambivalente moral católica de la clase media/alta argentina y lo logra incluso en quienes no pregonamos esas premisas pero crecimos bombardeados por sus preceptos.

jueves, 10 de mayo de 2012

El milenio de los superhéroes

Y finalmente llegó. Tras el largo (pero original) derrotero que antecedió a su producción y lanzamiento y que incluyó cinco películas, el largometraje de uno de los grupos de superhéroes más importantes del universo Marvel fue estrenado provocando una explosión de testosterona nerd alrededor del globo, que se traduce en una taquilla despedazada y medios no especializados haciéndose eco de una cinta de este tenor.

Hulk, Iron Man, Thor, Capitán América, Hawkeye, Black Widow, Nick Fury, Loki y su ejército Chitauri transforman la pantalla en una enorme viñeta, o mejor aún, en una página doble repleta de detalles, héroes, explosiones y embebida en la más pura energía cinética. El resultado es un blockbuster monstruoso donde la acción y la comedia van de la mano y que se sostiene no solo por un guión previsible pero sumamente dinámico, sini por una avalancha de bienvenidos FX, la interpretación de un Robert Downey Jr. que pareciera haber nacido para encarnar a Tony Stark y la excelente utilización de Hulk, personaje que los guionistas (al fin) comprendieron a la perfección, explotándolo desde todas sus aristas en un 100% y convirtiéndolo en uno de los puntos más elevados de la película.

En ese sentido, Joss Whedon dirige con buen pulso un largometraje que por previsible, no deja de ser motivo de disfrute para quienes gustan del cine de ciencia ficción y hacen del género fantástico una suerte de culto. Y probablemente es porque resulta absurdo pretender encontrar en “The Avengers” algo más que los componentes que le dan forma. Principalmente tras cuatro años de películas que sirvieron como antecedentes y permitieron trazar una idea de lo que sería el resultado final. Estamos ante una producción llamada a romper récords de recaudación y demostrar que los recursos actuales permiten que el séptimo arte refleje el contenido de una historieta, por muy descabellado que sea.

Por eso el objetivo primario que parecía perseguir la elaboración de un film tan ambicioso, probablemente ha sido cumplido. Así como la DC Comics -a través de Warner Bros- dedicó a hacer una reparación cinematográfica de uno de sus personajes emblemáticos como Batman, produciendo cintas que ya son consideradas obras maestras por motivos que he enumerado en críticas pretéritas, Marvel optó por producir incansablemente películas (alguna de una calidad irrisoria, como las dos partes de Ghost Rider) de la mayor cantidad posible de sus personajes.

Y no está mal. Si trazamos un paralelismo, algo similar sucedió en la historia de ambas editoriales. Fue DC quien a partir de 1984 tomó la lanza y publicó historietas como Watchmen, V for Vendetta o The Dark Knight Returns, entre tantas otras que marcaron un rumbo a seguir y significaron un quiebre en la manera de hacer, consumir y, por sobre todas las cosas, considerar a la narrativa dibujada. Mientras tanto, Marvel hacia lo propio pero desde otro lugar, con historias no tan explícitas pero que permiten una segunda lectura, como “Squadron Supreme” de Mark Gruenwald, sólo por citar alguna.

En ese afán comparativo -y sin la intención de que suene como un ejercicio maniqueísta- en el cine reciente de ambas editoriales ocurre algo similar. Marvel apunta sus cañones a la producción de películas que puedan enmarcarse sin dudas dentro del género fantástico. DC, se anima a alejarse (a veces) de las convenciones de ese género -sin abandonarlo, claro- aspirando a convertir sus películas en pequeñas gemas que llamen la atención de un público más crítico y adulto.

Con esta distinción hecha, se podría decir que “Los Vengadores” es una gran película de superhéroes. Pochoclo de calidad realizado si mayores aspiraciones. Una catarata de efectos visuales tremendamente logrados y puestos al servicio de un género que encuentra en la modernidad las herramientas necesarias para explotar al máximo.

Probablemente, sea ésta la primera de muchas cintas por venir, y que permitirán un análisis más estricto. Pero de lo que no hay dudas, es de que será recordada como la primera gran película basada en un grupo de superhéroes, lo cual teniendo en cuenta la extensión del camino recorrido por el séptimo arte, ya es mucho decir.

jueves, 20 de octubre de 2011

Cowboy de la pampa seca

“Life is what happens to you while you’re busy making other plans”
Beautiful Boy - John Lennon

Juan Minujín se decide a hacer de su primera película un arriesgado y pretencioso experimento. No necesariamente por la manera en la que aborda el lenguaje audiovisual, el uso de la cámara o los recursos cinematográficos, sino más bien por el intrincado personaje que no sólo dirige sino también interpreta.

“Vaquero” nos convida a recorrer el escabroso laberinto mental de Julián Lamar, un actor de 33 años que reniega de un sistema al que desespera por pertenecer. Lo hace en silencio, con la astucia de saberse patético pero la terquedad de no reconocerlo. Así, sus pensamientos traducidos en una voz en off que es la verdadera protagonista de la historia, ponen en evidencia un personaje complejo, oscuro, atrapante.

La paranoia de Julián por sentirse parte del universo snob que delezna se traduce en un in crescendo narrativo. Sin ser vertiginosa, la historia nos lleva por lugares que desnudan aún más sus falencias personales. Sus complejos se traducen en impotencia y la impotencia en inacción. No estamos ante la redención del protagonista, más bien, asistimos a su funeral, uno lento, tétrico e interminable. Deseos, envidias, perversiones, odios, resentimientos y un cúmulo de pensamientos cargados de ironía, violencia y desdén por todo lo que lo rodea, afloran en su mente para ser rápidamente disimulados con una sonrisa falsa o un diálogo superfluo al pasar, delicias de un guión estructurado de manera excelente y concatenado en función del relato.

En esa tónica, “Vaquero” recuerda a la que bien podría ser su hermana mayor “Los Paranoicos” de Gabriel Medina. Sin ser tan lograda, la película da la sensación de aspirar a algo más que simplemente contar una historia, zambulléndose en la mente de su protagonista que no es sino la del propio director. Y es que, ¿cuánto de Minujín –o de Medina- hay en esas ficciones? No me refiero al aspecto creativo, sino más bien al reflejo de una forma de ver ese complejo entramado de relaciones que conforman al universo social y de realizar una introspección a sus propias personalidades.

En ambas cintas, la sensación es que los directores bajan muy profundo dentro de sus mentes buscando un demonio que los atormentó durante todas sus vidas, con el único objetivo de publicar sus entrañas en la pantalla y salpicar con ellas al espectador. Ese cometido, se logra con creces, dejando expuesto en un todo a Lamar/Minujin, el timonel de un viaje fantástico.

El reparto lo completan un Leonardo Sbaraglia al que le bastan algunas líneas para dejar en claro de qué está hecho (y que curiosamente interpreta en la cinta a un actor consagrado que recorre un camino muy similar al de su contraparte, dando forma a una ironía maravillosa) y un Daniel Fanego taciturno, tremendamente expresivo y que sin mucho más que algunas frases inoportunas se convierte en una pieza funcional a la historia. Entre ellos dos emerge Pilar Gamboa, una actriz que rompe el molde y que con una gran participación demuestra que está para algo más que un papel secundario, no sólo por su talento interpretativo, sino por un rostro que refresca una pantalla repleta de estereotipos.

Por todo esto “Vaquero” sea quizás la nueva perla del cine nacional. Sin esas insoportables pretensiones indies tan comunes últimamente, y con una compleja ambición de llevar al espectador a un psicotour por el cerebro de Juan Minujín, actor que al fin se animó a dirigir (tal vez acallando esa perturbadora voz en off mental) y cuyos trabajos futuros, en lo personal, no pienso perderme.

lunes, 1 de agosto de 2011

Hasta la victoria siempre

Y un día este interminable camino de películas de superhéroes Marvel que nos lleva hacia “The Avengers” llegó a una de sus paradas más esperadas. “Capitán América: El Primer Vengador” se estrenó con una dosis alta de expectativas sobre sus espaldas, sino del público general, al menos de quienes disfrutamos del género fantástico, sobre todo cuando se trata de una extensión natural de un medio de expresión artística largamente subestimado como la historieta.

El “Centinela de la Libertad”, personaje norteamericano por antonomasia e ícono cultural del american way of life llegaba a la pantalla grande tras la hilarante adaptación de 1990, arrastrando probablemente el prejuicio inevitable que generará para el público general un personaje que viste con los colores de la bandera de las barras y estrellas.

Vayamos por partes. ¿Qué se le puede reprochar a este largometraje técnica y estéticamente? Seguramente muy poco. La caracterización del personaje es genial, optando por un traje más bélico que estridente (e incluso mofándose del diseño original en el pasaje donde es utilizado como estrategia de marketing para atraer reclutas) y la reconstrucción de la década del 40 es loable hasta en los detalles. El rodaje en locación evidencia el trabajo riguroso del director Joe Johnston, quien conoce como manejar el género fantástico (la excelente The Rocketeer es una de sus obras) y el reparto cumple correctamente en cada uno de sus papeles, sin que se pueda señalar uno descollante.

Pero lo realmente bueno es que este merengue yankee no empalague. La exacerbación del estilo de vida norteamericano no es el leit motiv del largometraje, que afortunadamente no se convierte en una herramienta de propaganda en ningún momento, marcando sus límites claramente y -como ya dije antes- incluso riéndose de las herramientas utilizadas por el ejército norteamericano en el punto más álgido de la Segunda Guerra Mundial. Punto para la dupla compuesta por Christopher Markus y Stephen McFeely.

Pero quizás el peor error en el que incurre este binomio es en no dotar al Capitán América de la fantástica personalidad que supieron imprimirle en las historietas primero Mark Millar y luego Ed Brubaker. Allí, el personaje es un líder nato, oscuro, proactivo, de pocas palabras y no el pelmazo insoportable que desanda la película revoleando su escudo inexpresivamente.

Ese es el gran problema de la cinta: el Capitán América nunca es el Capitán América. Estamos ante un largometraje sobre Steve Rogers, el debilucho pero valiente americano con la quijada de cristal y los huevos de plomo, y no sobre el Súper Soldado capaz de ganar una guerra con apenas un puñado de hombres leales dispuestos a morir por él, enajenados por su voz de mando. La evolución del personaje no ocurre nunca y eso contribuye a que se marchite con el correr de los minutos.

Y la decepción es aún mayor porque la inclusión de los Howling Commandos y la de un Bucky -que atinadamente no es el sidekick más insoportable de la historia del cómic- es fabulosa. Los personajes respaldan con prestancia al protagonista y son, por lejos, mucho más interesantes a pesar de los pocos minutos en los que ganan el frente de la historia. Hugo Weaving como Red Skull es sencillamente abrumador, si algo le faltaba al rostro de este actor nacido para interpretar villanos, era ser mutado por el arte -sí, el arte- del maquillaje en la calavera escarlata de un megalómano genócida nazi.

Sin embargo, y a pesar de estas cuestiones que están más relacionadas con la adaptación de la viñeta al cine, estamos ante una pieza audiovisual muy lograda, un escalón más arriba que “Thor” o “The Incredible Hulk” pero aún mirando desde abajo a “Batman: The Dark Knight” o “X-Men: First Class”, largometrajes que supieron imprimirle al subgénero "película de superhéroe" un valor agregado largamente esperado.

Ahora, sólo resta aguardar por “The Avengers” luego del seductor after credit, con la esperanza que la voz que haga resonar el mítico ¡Avengers, assemble! sea la de un verdadero capitán, y no la de un soldado raso timorato devenido por casualidad en el encargado de liderar a los héroes más poderosos de la tierra.

martes, 7 de junio de 2011

Políticos mutantes

No queda más remedio que admitirlo. Existen algunas tentaciones en las que, al momento de ser el timonel de una película basada en un comic, los directores suelen caer. El prurito aquel según el cual las historietas de superhéroes continúan siendo un producto para el público infantil/adolescente deriva en que la mala elección de un equipo de producción suela generar una pieza que no hace honor ni por asomo a la obra original. Quizás por eso Frank Miller exigió a Robert Rodriguez ser parte activa del rodaje de “Sin City” y tal vez por el motivo inverso, Zack Snyder destrozó Watchmen, aprovechando el paso al costado de un suspicaz Alan Moore.

Es por eso que me fue inevitable recordar a Snyder al terminar de ver “X-Men First Class”. Y es que Matthew Vaughn pareciera ser el némesis del director de moda del mainstream de Hollywood a la hora de dirigir una película de superhéroes, por lo que la pregunta que se impuso casi de inmediato fue: ¿Qué hubiera pasado si la misma tónica del nuevo largometraje mutante se hubiese aplicado en una cinta como “Watchmen”?... para los desprevenidos, recordemos que Snyder transformó esa maravillosa novela gráfica en un subproducto espantoso, desvirtuando el mensaje central de la historia original para dar forma a una película de acción, tan burda como insoportable.

La nueva película del universo mutante de la Marvel Comics -la quinta de ellas- es por lejos la mejor lograda, ubicándose a una distancia escandalosa de sus predecesoras. Y ahí es justo destacar en primer lugar el trabajo de Matthew Vaughn, que como director y guionista, confirmó todo lo bueno que había insinuado en “Kick-Ass”, operando exactamente a la inversa que Snyder. Es decir, priorizando la historia, la estética y los recursos audiovisuales en pos de la realización de una buena película, independientemente de que se trate de personajes surgidos de uno de los grupos más importantes de la historia del comic.

Vaughn evita ser embaucado por los lugares comunes del género fantástico y construye una cinta sólida, consistente, de soberbios personajes y hasta se anima a ubicarla en un período histórico real, exponiendo los entretelones de los problemas diplomáticos entre los líderes del mundo bipolar durante la guerra fría. Así, y con el conflicto de los misiles en Cuba como marco, coloca mutantes en ambos bandos, dotándolos de papeles fundamentales que exceden largamente el de ser un mero superhéroe colorido y pirotécnico. Estos mutantes, son más políticos que paladines de la justicia. Su batalla pareciera ser más de la pluma que de la espada.

Este guión salda una de las grandes deudas que tuvieron las tres primeras películas de los X-Men: el tratamiento del origen mismo del fenómeno mutante y sus efectos colaterales a nivel social, con la euforia anti-mutante como una metáfora fantástica de problemáticas tan reales como el segregacionismo de cualquier minoría. Pero contrariamente a sus predecesoras, aquí no somos testigos de turbas enfurecidas pidiendo el escarnio público de esta nueva raza. Las diferencias no están “allá afuera” sino que comienzan a delinearse en la mente misma de los personajes principales: Magneto, el megalómano con el mote autoimpuesto de “homo superior” para diferenciarse de una raza humana a la que delezna, y Charles Xavier del otro lado, un telépata experto en genética que cree profundamente en la convivencia pacífica y la integración de ambas razas.

Michael Fassbender y James McAvoy, son los encargados de interpretar a estos dos mutantes originales. Y es justicia afirmar que cumplen roles encomiables sin necesidad de hacer uso y abuso de las luces de colores. Junto a ellos, Kevin Bacon sorprende con su soberbia interpretación de Sebastian Shaw y más atrás el resto del reparto no desentona, siempre eludiendo la postura del superhéroe plástico, apolíneo, omnipotente y embutido en leotardos. En ese afán, cumple un rol fundamental la decisión de darle a la fotografía un tono oscuro, casi frío y antagónico a lo que marca el manual del (mal) género fantástico y permitir que los trajes ya no sean del brilloso látex de rigor, sino más bien la indumentaria de un alpinista, con cremalleras y mosquetones a la vista y un diseño simple pero logrado.

La inclusión del Hellfire Club es también un acierto. El argumento prescinde de un enemigo único y opta por este club social de mutantes de la alta sociedad para medir las fuerzas de los novatos aspirantes a héroes. Y por medir fuerzas, nuevamente debemos olvidarnos de la concepción básica del cine superheroico. Aquí, los X-Men no se limitan a disparar sus rayos de energía contra el rival a vencer. La propuesta es mucho más compleja, mostrando personajes que utilizan sus habilidades para inmiscuirse en temas de Estado buscando satisfacer sus propios intereses. El entramado político de las potencias durante la Guerra Fría, es entonces manipulado por estos villanos modernos, que en sus actitudes, se antojan demasiado reales para tener poderes como la teletransportación o la absorción de energía.

En resumidas cuentas, “X-Men First Class” es una luz de esperanza en las adaptaciones al cine de clásicos del noveno arte. En tiempos donde las exigencias del mercado permiten que se lleve a la pantalla grande a los personajes más irrisorios, esta película arroja luz sobre el aluvión de largometrajes que se vienen y marca un saludable camino que deberían seguir los directores/guionistas venideros. Esos que como Snyder, entienden todo sobre la ciencia ficción audiovisual, pero nada sobre un medio de expresión artística tan noble como la historieta.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Rayos y centellas

Hay que convenir, antes de comenzar a discutir cualquier cuestión relacionada con la película, que Thor fue un personaje malparido. Y que esto no suene peyorativo, porque Stan Lee y Jack Kirby (deidades del noveno arte) tomaron la figura del dios nórdico y alteraron algunas cuestiones básicas de su origen mitológico en lo que pareciera haber sido un intento de dotarlo de un entorno superheróico según mandan los libros, con un medio hermano malvado como némesis y otras artimañas de esas que el rey Lee conoce a la perfección.

Así que, si se modificaron cuestiones básicas de la mitología escandinava para la creación del “Dios del Trueno” que hace 50 años desanda sus aventuras en ese mágico universo de viñetas, sería hipócrita criticar las licencias que los creadores de la película se toman para la conformación del personaje que encarna Chris Hemsworth. La película, atinadamente, narra un origen general evitando aburrir con vericuetos que estanquen el argumento. Esto quizás no sea bien visto por el fanático acérrimo, que no obstante deberá admitir que es un acierto de la producción.

El resto de la película, son rayos y centellas. Durante dos horas, asistimos a una cinta no demasiado iluminada, pero curiosamente, terriblemente divertida. El guión se encuentra plagado de guiños para los fanáticos y de gags tan graciosos como inesperados. En ese afán, recuerda a sus hermanas gemelas, “The Incredible Hulk” y “Iron Man” aunque estas sean producciones a las que mira de un escalón más abajo. La corrección que el argumento de J. Michael Straczynski (responsable de historias interesantes en varios títulos Marvel) evidencia, sufre horrores sin embargo, ante la liviandad a la que se somete a los personajes más interesantes de la historia.

Y es que resulta una pena como se desperdicia el potencial de un personaje fantástico como Loki. El "Dios del Engaño" apenas elucubra algunas conspiraciones que lejos están de esas artimañas de ajedrecista que lo hicieron en el comic un verdadero artista de la trampa. Anthony Hopkins se muestra apenas interesante como un Odín de pocas apariciones y el resto del reparto (Natalie Portman incluida) resulta abúlico, perezoso y simplón, no por sus interpretaciones, sino más bien por una historia que por momentos pareciera escrita a las apuradas.

Es así que el guión destaca por sus momentos de un humor preciso y efectivo, y por la avalancha de recursos técnicos al servicio de los efectos visuales, y no por una historia bien elaborada y sostenida en sus buenos personajes.

El resultado es un producto para pasar el rato, distenderse y sacarse el gusto de ver a un nuevo personaje de la Marvel en la pantalla grande, con la esperanza que este camino de luces y sombras que conduce hacia la superproducción “The Avengers” desemboque en una cinta a la altura de la circunstancias, y no en un flácido subproducto pochoclero.

jueves, 2 de diciembre de 2010

Silencio y estampas

"No creo que Dios esté muy interesado en mí, padre", responde el huraño personaje de George Clooney ante la propuesta de confesión de un cansado sacerdote, disparando una frase exquisita, potenciada por ser su emisor un personaje cuyo principal rasgo es, paradójicamente, su escueta verborragia.

Disculpen el reduccionismo, pero considero que “El Ocaso de un Asesino” (inexplicable traducción de “The American”) es una película sostenida por dos pilares únicos, pero no por eso menos sólidos: la soberbia fotografía y el empleo de los silencios.

Anton Corbijn, de una prolífica carrera como director de videoclips y fotógrafo de músicos, crea con su segundo largometraje un thriller intenso, consistente, pero principalmente, consecuente con sus aptitudes y talentos. La película transcurre a través de una sucesión interminable de logrados planos, en los que la Italia profunda hace gala de su añeja belleza. La cámara propone un deleite audiovisual que sin embargo, no nos aparta de un argumento sencillo, pero solventado por la interacción constante e inteligente que Corbijn crea entre “lo que se ve” y “lo que se dice”.

Y aunque esto suene obvio, es una práctica de la que no todos los directores salen airosos. El director consigue que los lugares en los que transcurre la trama, sean una suerte de personaje más en la película. Cada uno de sus paisajes, de sus edificios, de sus lugares más secretos, luminosos, bellos y lúgubres, cumplen una función narrativa sostenida en el carácter que les aporta el pulso firme de un director que sabe exactamente donde lanzar sus dardos.

George Clooney construye un personaje que recuerda al insomne policía de Clive Owen en “The International”, aunque claro, parado en la vereda opuesta, en la de los “chicos malos”, pero también frío, impiadoso, calculador, malhumorado y de pocas palabras. Con una humanidad que se deja entrever en dosis muy pequeñas, casi imperceptibles y que lo convierte en una figura interesante, aunque para nada novedosa, que obtiene sus mejores momentos en la interacción con Clara -prostituta romántica de la que procura enamorarse- y Paolo Bonacelli, un cura anciano del que brotan los diálogos más destacables de la cinta. Diálogos anclados por silencios perfectamente ubicados. Por miradas, gestos, muecas, besos, sonrisas, asesinatos, investigaciones y secuencias completamente mudas. Momentos que permiten que emerja la figura de la imagen, evidenciando el impecable trabajo de Martin Ruhe, ladero de un director que definitivamente sabe a lo que juega.

“The American” culmina por ser una película más que correcta y hasta recomendable, que invita a no perderse los trabajos futuros de un Anton Corbijn con crédito abierto. El cine preocupado por mostrar con cierto rigor estético eso “que se ve” -y con esto no hablo de la tormenta de FX a la que nos tiene acostumbrados el planeta Hollywood- es un ejercicio siempre saludable que últimamente sólo parecía encontrarse en algunas producciones europeas. Yo, y sólo yo -en un rapto idealista- celebro que la oferta de las salas locales sorprenda con piezas de este tipo. Silenzio stampa.

martes, 15 de junio de 2010

Sangre en el pijama

Es cierto -y ha sido demostrado en innumerables oportunidades- que para un director/guionista, meter mano en historias o personajes icónicos puede resultar un fiasco de proporciones. La decisión de rehacer películas como “Halloween”, “Friday the 13th” y ahora “Nightmare on Elm Street”, implica el riesgo de ser destrozados por una crítica y una audiencia que inevitablemente caerá en la enojosa comparación con la cintas originales, esas mismas que representaron el punto de partida para el género “slasher”, creando monstruos que obligaron a más de uno a dormir con la luz prendida durante su infancia.

Y es que más allá de la interminable sucesión de secuelas de dudosa calidad que procedieron a las primeras partes, estos trabajos renovaron los aires del género gracias al pulso de muy buenos directores como John Carpenter o Wes Craven. Asesinos siniestros como Freddy Krueger, Mike Myers o Jason Voorhees, se han convertido en estandartes de un género con muchos seguidores, cuyo ojo avezado no tolerará el mínimo traspié, ni obviará el detalle más ínfimo en lo que a la nueva composición del personaje se refiere.

En esta versión 2010 de Pesadilla, es Jackie Earle Haley (elegido por los propios fanáticos en diferentes encuestas, como el actor ideal para interpretar al psicópata onírico) el encargado de cortar en fetas a los adolescentes acosados por este nuevo Freddy. Un villano que sonríe menos, rictus macabro tan característico en Robert Englund que no sólo lo hace más sombrío, macabro y perverso, sino también lo transforma en una máquina cuyo único combustible es la venganza.

Este Freddy no parece regodearse en el sufrimiento de sus víctimas, con el sadismo tan característico de su anterior interpretación, sino más bien haber trazado una hoja de ruta sangrienta para conseguir una revancha que opera en perjuicio de un personaje otrora mucho más divertido. Los gags de la inolvidable película original, brillan por su ausencia y dejan en su lugar una sucesión de escenas sin demasiadas luces que, paradójicamente, tienen sus puntos más altos cuando recrean -con exactitud carbónica- los mejores pasajes de la cinta de 1985, y cuando recrea a través de muy bien logrados flashbacks el origen del personaje.

Justamente son esas retrospectivas la que nos permiten adentrarnos en la génesis del monstruo, poniendo en la pantalla a un perturbador Freddy Krueger humano. En esa vorágine de abusos infantiles y linchamientos públicos, están las verdaderas escenas de terror de la historia. El monstruo humano que precedió al monstruo sobrenatural es mucho más perturbador, pero lamentablemente, no es eso lo que uno va a buscar. Uno quiere bañarse en sangre y tripas. Sobresaltarse en la butaca para reírse después de que el asesino de turno corte en tiritas a la siempre predecible víctima de la manera más dolorosa e inverosímil posible.

Por eso la remake de Samuel Bayer hace agua. La película no es aburrida, pero tampoco garantiza los buenos momentos de la cinta original. Este Freddy sediento de venganza, con demasiados vericuetos psicológicos (que recuerdan al triste experimento que Rob Zombie hizo con la segunda parte de su versión de Halloween) se aleja demasiado de la concepción que durante los 80 se hizo del personaje, y esa ausencia es notoria.

Uno sale del cine con una perspectiva pesimista para lo que se viene, porque si, la segunda parte ya está en marcha y una interminable sucesión de “pesadillas” promete llegar con esta nueva concepción del asesino del guante con cuchillas. Aunque claro, esperar algo mejor a lo ya visto, pareciera ser un sueño demasiado optimista, si se me permite la ironía.

miércoles, 27 de enero de 2010

El sueño americano

1) Vale la pena, aunque ya lo haya hecho en alguna crítica pretérita, citar esa utópica -pero no por eso menos loable- intención de la escuela francesa de “cambiar el mundo” desde el arte. Intención tácita que Godard hizo verbo, y que sus detractores convirtieron en espada, sin comprender que la literalidad es la madre de la psicosis.

Y vale la pena porque James Cameron crea con “Avatar” una trinchera inesperada para una película de estas características. La publicitada superproducción no sólo se escuda en los recursos técnicos y visuales, sino que se permite bajar línea desde un lugar de privilegio, con un mensaje no demasiado encriptado -lo que resta puntos pero suma efectividad- en desmedro del poco escrúpulo ambiental , pero principalmente, a una política estadounidense apoyada en la invasión, justificada por un repugnante endiosamiento del capital.

Así, Pandora (el planeta de los Na`vy y uno de sus clanes, los Omaticaya) se transforma en la versión alienígena de Vietnam, Irak o Afganistán, dándole al guión un saludable aroma denuncista, que -nobleza obliga- hacen necesario reconocer que Estados Unidos es un país que ha logrado consolidar un estado de derecho con leyes individuales que permiten que este tipo de cintas salgan a la luz. No olvidemos que Avatar es una superproducción fordiana “made in Hollywood”, lo que obliga a destacar al menos, que la película se haya gestado en el mismo Estado, cuyas políticas históricas son criticadas con muy poca delicadeza, con metáforas que son más bien paralelismos. Y no es que Avatar vaya a cambiar el mundo, pero encontrar un mensaje tan corrosivo (después se podrá discutir su profundidad y tratamiento) en el mainstream, es desde el vamos una muy agradable sorpresa

2) Es una pena que el impresionante despliegue de recursos puestos al servicio de la película, no esté apoyado por un guión mejor elaborado. La cinta es por momentos previsible y peca por ser poco original por su -repito- metáforas simplonas.

No obstante, sus casi tres horas de duración transcurren céleres, el guión se desliza sobre los rieles creados por una experiencia visual alucinante, que lleva a los FX a un territorio extremo y expone diseños maravillosos que hacen honor al estilo que Cameron ya supo mostrar en películas como “Terminator” o la secuela de la maravillosa “Alien”.

Así, nos encontramos con una mitología bellísima y estupendamente diseñada que es un verdadero deleite visual. La puesta en escena es puntillosa y en su afán de impactar es exitosa. A diferencia de la otra superproducción del año, 2012, los efectos especiales no son el fundamento único de Avatar. Detrás de la vorágine digital, existe un relato que vale la pena contemplar, aunque ese carácter lineal y simplón ya mencionado no nos permita desmenuzar una pieza audiovisual compleja.

3) El reparto tiene sin lugar a dudas en Sigourney Weaver su punto más alto. La actriz destaca en su rol de científica humana como en su maravilloso “avatar”, demostrando sin exigirse demasiado porque Cameron volvió a elegirla (quién no recuerda a la avasallante Ripley) y su carisma le permite erigirse con un rol secundario, en un personaje tan atractivo como la dupla protagónica de Sam Worthington y Zoe Saldaña.

El papel principal recae en Worthington, un marine lisiado que acabará por encarnar la quintaesencia del héroe, edulcorando, aunque sea un poco, el mensaje corrosivo central de la película. Sin embargo, la condena no debe ser carcelaria, teniendo en cuenta el papel que cumple en la película (¿en la película?) un Estado impiadoso y por la conformación perfecta de estereotipos como el militar de Stephen Lang y su entorno.

En resumen: El trabajo de James Cameron es consecuente. La película evidencia una mano detallista y meticulosa, que procura no dejar detalles librados al azar y que además de generar un producto de eficacia asegurada en términos de taquilla, se convierte en una cinta que vale la pena ver. Avatar resalta en tiempos de bodrios millonarios y marca un camino a seguir en el que los resultados económicos van de la mano con cierto interés por transmitir un mensaje entre el aluvión de efectos especiales.

martes, 29 de diciembre de 2009

Apocalipsis now

Una película como 2012 -la última producción del megalómano Roland Emmerich- es una cinta que llevará al cine tanto a ocasionales espectadores ávidos de un poco de entretenimiento de fin de semana, como a los cinéfilos más recalcitrantes, incapaces de contener esos pequeños placeres culposos que ofrece el mainstream de Hollywood.

Es así, hay que comulgar con mucha firmeza con los códigos artísticos del séptimo arte para negarse a pispear (aunque sea por curiosidad) estas ultraproducciones hiperpublicitadas, porque cualquier persona que haya ido al menos diez veces en su vida al cine, sabe antes de comprar su entrada con lo que se va a encontrar. 2012 no depara sorpresas, pero esta es una conclusión a la que puede llegarse con facilidad incluso antes de ver la película.

El argumento mixtura una antigua profecía maya con la caótica actualidad ambiental del planeta para dar forma a una catástrofe natural tan grande como relajante. El director toma el planeta tierra con ambas manos y juega al fútbol con él durante una temporada entera. Lo destruye, “lo hace pelota” y recién después, recuerda que tiene que hacer una película. El resultado es una cinta trivial, previsible y absolutamente prescindible, pochoclera por antonomasia, pero que al mismo tiempo esta llamada a reventar taquillas y a convertirse en el sueño húmedo de cualquier productor ávido de hacer rebalsar sus arcas.

Y es que Emmerich hace las cosas a medida. Su intención es ser eficaz y en ese afán, es exitoso. Se sube a la tendencia y es políticamente correcto, usa un actor negro para encarnar al presidente norteamericano (en “Independence Day” el primer mandatario era un héroe de guerra que no duda en tomar las armas cuando ve amenazado el sueño americano por la amenaza alienigena, una especie de Capitán América encubierto) y a fuerza de fatalidades une la familia disfuncional y castiga al déspota ruso multimillonario y a su capitalismo foráneo, mientras ensalza la tecnocracia china y dispara un discurso moral cursi y empalagoso.

El reparto se centra en un insípido John Cusack (¿el heredero natural de Nicolas Cage?) que con sus sobreactuaciones innatas por momentos encaja a la perfección con el desmesurado argumento, y Chiwetel Ejiofor, un buen autor que carga con un papel que cumple correctamente. Unidos por una casualidad que el guión pretende inocentemente transformar en causalidad, llevan adelante una narración que de no ser por la obscena exhibición de efectos especiales, caería por su propio peso transcurridos 30 minutos de la cinta. Porque el director no se atreve a sostener la película en los fuegos artificiales de los FX e intenta dejar un mensaje, y ahí radica la principal falencia de 2012. Los intentos vacuos de Emmerich de trabajar personajes cuya profundidad brilla por su ausencia y de brindar al espectador diálogos dignos de ser recordados por su contenido tan sólo crean agujeros negros en una cinta que sufre por la falta de coraje de su autor para plantar bandera y hacer frente a cualquiera que lo acuse de como un mero entretenedor cinematográfico.

Así, los efectos especiales -única defensa de esta catástrofe de 150 minutos-, caen fulminados por los intentos del director de atenuarlos (como si fuera posible) con diálogos superfluos y personajes que intentan llamar a la reflexión con textos opacos a un público que sólo llenó la sala buscando un poco de entretenimiento, con una actitud que le da a 2012 toda la honestidad de la que carece.