lunes, 20 de noviembre de 2017

Abuso de autoridad

Cuando poco más de un año atrás Zack Snyder presentaba “Batman vs. Superman: Dawn of Justice” al público masivo, se daba un fenómeno curioso en torno a una de las películas más esperadas por fanáticos, críticos y ocasionales espectadores de este desprendimiento del género fantástico que es el cine de superhéroes. A saber: un porcentaje altísimo no logró digerir la cinta sin caer en la comparación maniqueista del trabajo que Marvel venía realizando para la pantalla grande.

Así las cosas, esta miopía fustigó el trabajo terminado acusándolo de pecados tales como su oscuridad, su violencia, y una furia iracunda e inaudita para una película de superhéroes que se suponía alegre y colorida como el efectivo entretenimiento que la competencia realizaba con notables resultados. De alguna forma y sin quererlo, Marvel hacía pesar su antigüedad en el lucrativo negocio del cine basado en personajes de cómics.

El mercado había hablado y como es obvio, los resultados de estos variopintos pareceres se vieron de inmediato reflejados en las películas que sucedieron el beligerante encontronazo del Hombre de Acero y el Caballero Oscuro en la pantalla grande. Primero, en la insípida “Suicide Squad” (2016) y después, aunque en menor medida, en la estupenda “Wonder Woman” (2017)

Con esas dos producciones DC Comics insinuaba dejar atrás las historias lúgubres y sin espacio para el humor, dando paso a un producto más cercano al gusto del público masivo que de quienes gustábamos de esa sordidez que en un comienzo la editorial pretendió imprimir en su aventura cinematográfica. Con estos antecedentes debemos decir que en “Justice League”, los trazos oscuros del a veces impredecible Zack Snyder quedaron sujetos a factores tendientes a edulcorar su influencia.

Desde el guión de Chris Terrio hasta la oportuna inclusión de Joss Whedon (responsable de Avengers) en la post producción del film, la primera película dedicada al grupo más emblemático de la compañía está atravesado transversalmente por detalles que dan cuenta que la intención fue matizar los contenidos para hacerlos más cercanos a las demandas de ese sector disconforme disperso entre la crítica y el público.

¿El resultado? Es muy bueno aún para quienes disfrutábamos la versión condicionada que tanto escandalizó incautos. Probablemente porque el peso de las individualidades elegidas para encarnar a cada miembro del supergrupo genere por propiedad transitiva una comunión casi simbiótica, lograda por un guión que no se detiene a explicar detalles del origen de cada personaje (para eso estarán sus películas individuales, ya programadas) y que salta sin paracaídas a la acción más trepidante, sostenida con calidad visual y afortunadamente, conservando la estética que DC no ha resignado.

Lo insinuado en los avances deja lugar a la sorpresa gracias a un buen trabajo de edición que permite que Aquaman no sea un rocker hormonado unidimensional (gran trabajo de Jason Momoa) ni Flash apenas un conflictuado joven hiperestimulado. Ambos destacan no solo por su aporte a la vorágine fantástica sino por la dosis humorística que, reclamada, ahora dice presente con estos dos personajes como estandartes. Ezra Miller construye un Flash/Barry Allen alejado de las características conocidas en las viñetas, pero que resulta simpático aún para el seguidor más acérrimo. Por él, transitan a velocidad supersónica la faceta más light de la historia.
Detrás de ellos asoma Ray Fisher con su huraño y circunspecto Cyborg. El joven actor es el encargado de interpretar el personaje que termina por ser no solo el más fiel a los comics, sino el de mayor profundidad dramática, cualidad que bien trabajada puede hacer de su programada película en solitario un verdadero hallazgo.

La trinidad Superman/Batman/Wonder Woman funciona como un engranaje bien aceitado gracias a un Henry Cavill que cada día se parece más al bonachón alienígena todopoderoso, a un Ben Affleck que aporta un toque personalísimo a este Batman posmoderno alejado de la épica que siempre circundó al personaje y a una casi perfecta Gal Gadot, nacida para interpretar a una Wonder Woman de ensueño, de textura humana y fiereza espartana. Un lujo.

La historia se completa con la estética de la invasión extraterrestre en la que se respira el espíritu del universo que supo crear Jack Kirby en a década del 70, con su “Cuarto Mundo” repleto de Parademons y Cajas Madre. Delicias léxicas para cualquier fanático de las historietas clásicas. En el medio, como un tótem, emerge el villano de turno, un Steppenwolf algo flojo de papeles que goza de pocos pergaminos pero que sin embargo cumple en su afán de abrir la historia hacia el camino que llevará directo al malvado que todos esperamos ver: el tirano intergaláctico Darkseid.

“Justice League” se construye así como una muy buena película de acción, que sabe amalgamar el reclamo popular de un sector disconforme sin claudicar totalmente en la idea central que la DC Comics tiene para su cine. El abuso de autoridad de quienes regulan la temperatura del consumo, influye, es cierto, pero no hace mella en la primera incursión en la pantalla grande del que quizás sea el más grande grupo de superhéroes jamás creado.

jueves, 5 de octubre de 2017

Casas dentro de casas

“Fui a la cocina, calenté la pavita, y cuando estuve de vuelta con la bandeja del mate le dije a Irene:
–Tuve que cerrar la puerta del pasillo. Han tomado la parte del fondo.
Dejó caer el tejido y me miró con sus graves ojos cansados.
–¿Estás seguro?Asentí.
–Entonces –dijo recogiendo las agujas– tendremos que vivir en este lado”.
"Casa Tomada", Julio Cortázar


Darren Aronofsky nos y se debía una película como "Mother". Desde su irrupción en el cine industrial primero con "Pi: El orden del caos" (1998) y después con "Requiem for a Dream" (2000) el director norteamericano insinuó más de lo que finalmente se atrevió a mostrar de su saludable impostura en sus correctos trabajos posteriores.

Sus intenciones de diseccionar comportamientos extremos a través de personajes complejos e intrincados marcaron una hoja de ruta en su cine y sirvieron como herramienta para la conformación de su mejor cine. Sin embargo sus últimos proyectos se mostraron estáticos en su afán y casi políticamente correctos, lejos de aquella sana irreverencia mostrada en sus inicios.

La buena noticia es que con "Mother", Aronofsky finalmente se anima a patear el tablero dando forma a su película más audaz, ambiciosa y lograda hasta el momento. A lo largo de dos horas, el director y guionista propone un viaje surrealista que convida al espectador al análisis polisémico más puro sin perder el hilo conductor de la historia detrás de un ejercicio incoherente, tan en boga en las diferentes manifestaciones artísticas modernas, sino abriendo el juego hacia la multiplicidad interpretativa.

Una historia que comienza simple, con un rodaje prolijo y casi mainstream desencadenará con el correr de los minutos en una explosión de ideas y conceptos. Las influencias del autor se dejan entrever en cada uno de los pasajes de la película casi como en una declaración de principios. Desde el virtuosismo técnico y estético de Polanski hasta la narrativa lisérgica de Lynch, el director consigue también remitir a los conceptos de la Nouvelle Vague -aquellos que proponían una ruptura en los métodos clásicos de filmar- y hasta a la literatura de Cortázar y Poe.

"Mother" es cualquier cosa menos una película para el espectador ocasional. La mirada desinteresada que busca la introducción el nudo y el desenlace probablemente abandone la sala con una mezcla de confusión y desencanto ante la avalancha metafórica de una historia que aborda de un minuto al otro la sacralización de los ídolos, la voracidad de las religiones, la manipulación amorosa y también se permite fotografiar convincentemente las afiladas aristas de los estados represivos, los grises de la guerra y los avatares de la maternidad, todo con una velocidad y un vértigo cinematográfico extraordinario.

Jennifer Lawrence sorprende en su rol de esposa abnegada y sumisa, logrando su interpretación más destacada desde "Winter's Bone" (2010) y dándole aire a su carrera con una película a la altura de las expectativas que se pusieron en ella con aquel gélido drama y con "American Hustle", momentos en los que muestra su mejor perfil, solapado en la superheroína fantástica de las franquicias de X-Men y Los Juegos del Hambre. Lawrence se muestra nuevamente sólida y conmovedora demostrando que la textura dramática y la profundidad humana que puede imprimirle a sus interpretaciones deberían ser tenidas en cuenta con mayor asiduidad en cintas de este tenor.

El ambivalente Javier Bardem se muestra sólido en su rol de egocéntrico escritor devastado por la falta de ideas y sus mejores momentos transcurren junto a un Ed Harris que se retroalimenta a la perfección con una Michelle Pfeiffer estupenda, indómita e irreverente.

Así las cosas, “Mother” se enarbola como una cinta que llamará al debate entre sus amantes y detractores merced a un guión ambicioso con una carga simbólica que sacude la modorra de un cine muchas veces tentado a seguir las reglas del juego al pie de la letra para conformar lo que las mayorías esperan de Hollywood: poco más que una mera excusa para pasar el rato.

miércoles, 4 de octubre de 2017

Stephen King, esa irrefrenable tentación del cine

La estridente llegada de la remake de "IT" a la pantalla grande puso de nuevo la atención sobre la obra del escritor más prolífico de las últimas décadas. Desde su irrupción en el mundo literario en 1974 con la impecable "Carrie", sus obras han sido adaptadas al terreno audiovisual casi sin excepción, ya sea en cine o televisión y guiadas por nombres de mayor o menor envergadura, sus historias ya son parte innegable de la cultura popular.

"IT" consiguió que el publico másivo volviera a interesarse por la obra de King. La película del argentino Andrés Muschietti contó con una promoción enorme que generó expectativa no solo en los fanáticos, sino en la nostálgica evocación de la primera cinta de 1990, cuya interpretación del sombrío payaso Pennywise está enquistada en toda una generación. Y así la lupa volvió a posicionarse en King y en el ingente aporte que continúa haciendo, más de 40 años después de publicar su primer trabajo, a las industrias culturales.

Y es que la era global y el exponencial crecimiento en el consumo de material audiovisual, sumado a la aparición de plataformas de streaming como Netflix y a la posibilidad de que producciones de bajo presupuesto sean publicitadas de manera más o menos decente gracias a las bondades de las redes sociales y la viralización de información, permiten que la producción fordiana se intensifique. La mirada no demasiado avezada, permite descubrir que la industria tiene en el horno al menos 20 proyectos relacionados con cuentos, novelas y relatos de Stephen King. Un ejemplo paradigmático de que la cámara tiene devoción por la narrativa del escritor norteamericano. Por toda, la nueva, caldo de cultivo para realizadores ávidos de una historia original, y la vieja, que regresará en forma de remake o en el caso puntual de "Gerald's Game" en forma de un trabajo original que sobrevivió al aluvión de adaptaciones.

Una retrospectiva demostrará el indómito romance que une a los cineastas con King. En 1976 se estrenaría la primera adaptación de "Carrie", dirigida con pulso firme por un gran Brian De Palma, que empapa la historia con un centenar de recursos que permiten disfrutar de una película riquísima desde lo técnico al tiempo de una historia que no se desvirtúa merced a las pequeñas licencias que se toma el guionista en relación con la novela.

Los grandes directores que abordarían el trabajo del autor serían en primer término Stanley Kubrick con su versión demasiado libre de "The Shinning" (1980), David Cronemberg en su lisérgica y estupenda "The Dead Zone" (1983) y ese enorme realizador llamado John Carpenter, quien trabajó sobre la que fue quizás la primera novela a la que la crítica se atrevió a abordar desde el psicoanálisis: "Christine" (1983)

El trabajo de estos tres artistas abriría el juego para que, de tanto en tanto, las historias que nacían en el papel fueran adaptadas desde un lugar más riguroso en aspectos estéticos, técnicos y narrativos. Así las cosas, mientras las producciones de bajo presupuesto (muchas de ellas hoy consideradas de culto) se sucedían, historias como "Stand By Me" (1986) o "Pet Sematary" (1989) veían la luz, abonando el terreno de lo que vendría con la impeable "Misery" (1990) película de Rob Reiner que le valió un oscar a mejor actriz a Kathy Bates por su impecable interpretación de la psicótica fanática del malogrado escritor Paul Sheldon, encarnado por James Caan que encontró en el personaje de Stephen King a su mejor papel después del Sonny Corleone en "The Godfather".

"Misery" no sería solo aclamada por el público, sino también para ese temible aquelare integrado por los críticos cinematográficos. Pero además permitiría que la mirada se posara en los talentos de Stephen King como escritor dramático, alejado de los sustos y lo sobrenatural, estas virtudes volverían a sobresalir en 1994 con "The Shawshank Redemption", película basada en un cuento del libro "Las Cuatro Estaciones" que fue traducida por estas latitudes como "Sueño de Libertad". Frank Darabont sería el director de otra película basada en la obra de King donde monstruos y fantasmas son olvidados por completos. El resultado sería una película sólida, conmovedora y que rápidamente logró instalarse en un lugar de privilegio para crítica y espectadores. Un relato sobre la injusticia, la amistad y el maniqueísta espíritu humano que logró siete nominaciones a los premios Oscar. "Dolores Claiborne" (1995), "Apt Pupil" (1998) y "The Green Mile" (1999) consolidarían la capacidad de King como escritor dramático y la extrapolación al cine de esas historias darían cuenta una vez más de esta faceta.

Mientras tanto, una retahila de producciones repletas de secuelas de calidad censurable, continuaban exprimiendo las creaciones sobrenaturales de King, que por supuesto, seguían publicándose en papel. Producciones lanzadas directamente para televisión y realizadas con guiones basados en cuentos del escritor alimentaban el costado más siniestro del mercado, ese cuya voracidad no conoce de estética, calidad o buen gusto. "Children of the Corn" y "Sometimes They Come Back" con sus innumerables secuelas, engrosaban la lista de películas de terror de bajo presupuesto que subyace un cine más ambicioso sobre la obra de King, pero que también forman parte de su trabajo y son valoradas por los fanáticos.

El viaje de King durante el nuevo siglo encontraría las ambivalencias que cortaron longitudinalmente todo su romance con el cine. Producciones de dudosa calidad, secuelas recaudadoras y alguna gema perdida rodearon a las sólidas adaptaciones de "The Mist" y "1408" ambas de 2007 junto a varias series televisivas que no lograron hacer pie.

La llegada de la remake de "IT" sin embargo (y un escalón más abajo la adaptación de "The Dark Tower") pone nuevamente en evidencia el romance del cine y la televisión con un escritor que ahora se ha convertido además en un referente cultural y formador de opinión que supo aggiornarse a las bondades del mundo global a través de las redes sociales. Su figura, ha logrado merced al largo periplo convenientemente resumido en este texto, constituirse como un elemento de validación de la obra terminada. Porque el "IT" de Andrés Muschietti no es el "IT" filmado en los 90 pero es siempre el payaso diabólico de Stephen King y, a falta de un personaje icónico, la firma del autor dará sustento al discurso, en un proceso casi foucaltiano.

Así se aguarda la salida de nuevo material "basado en la obra de..." pero esta oportunidad se advierte cierto rigor que no siempre estuvo presente, es como si el trabajo de Stephen King finalmente fuese considerado como algo más que mero entretenimiento, y más como la amalgama perfecta entre la fantasía, la ciencia ficción, el terror, las pesadillas y los miedos más viscerales que navegan las profundidades del ser humano, maquillados con un conocimiento enciclopédico y antropólogico primero de la cultura norteamericana pero después de todo occidente, y de una innata capacidad para la construcción de personajes carismáticos que lograron con tiempo y no sin esfuerzo, romper el prejuicio intelectual de quienes, quizás por temor, no se atrevan a asomarse a los horrores más sórdidos para descubrir qué se oculta detrás de ellos.

lunes, 22 de agosto de 2016

Elementos inertes

Cuando John Ostrander creó la nueva -y a la postre definitiva- versión del Escuadrón Suicida en 1987, lejos estaba la industria del cómic norteamericano de vivir su panacea cinematográfica. No obstante, e incluso por encima de personajes clásicos que desandan sus propias historias en pirotécnicos blockbusters, había algo especial en la idea del autor que hacía adivinar al grupo como una semilla fértil para la pantalla grande. Había un nosequé en este puñado de supervillanos organizados por el gobierno para realizar misiones particularmente peligrosas.

Es que detrás de ese concepto, el de -a cambio de reducir sus condenas- enviar a los malos a misiones hiper arriesgadas, se leía solapadamente un manual de estilo de la política norteamericana. De los servicios de inteligencia que operan por debajo incluso de los servicios de inteligencia. De los secretos que guardan secretos que es mejor no conocer.

Allá quedaron esos comics clásicos de la DC. La modernidad propuso una nueva versión del grupo que tuvo una clara influencia en la que se ve en la pantalla grande. Ahí emerge la figura de Harley Quinn y se mantienen, como vestigios clásicos, Deadshot y el Capitán Boomerang, entre otros tantos.

Y curiosamente, al igual que sucedió en las historietas, en el cine DC comete un error de principante: intentar edulcorar un producto cuya calidad radica en su crudeza. Nadie sabe (o al menos quien escribe) cuáles fueron los argumentos editoriales para llenar de colores el Suicide Squad moderno de las historietas. En el cine, sin embargo, se adivinan: reseñas despiadadas con el tono oscuro de «Batman Vs. Superman: Dawn of Justice» y «Man of Steel», críticos que reclamaban mayor liviandad, más entretenimiento, en cierta forma marvelizar un poco el material por venir, cayendo en la inevitable comparación con el exitoso trabajo que la competencia realiza en cada una de sus incursiones en el séptimo arte.

El resultado, muy a pesar del obstinado director David Ayer, no es bueno. Suicide Squad es una película insípida, mal editada, de un humor forzado y de pocas luces. Sus personajes resultan por momentos ridículos y ni siquiera salvan en conjunto las intervenciones de Margot Robbie, una de las cartas fuertes de la franquicia, ni del a priori prometedor Joker de Jared Leto, que en este caso está más cerca de un matón afroamericano que del psicópata impredecible que todos esperamos ver.

Los directivos de DC pecaron de pechos fríos. Dieron el brazo a torcer y la decisión no fue la acertada. Era la oportunidad de consolidar una manera de hacer cine de superhéroes desde una nueva perspectiva, como Christopher Nolan demostró con su trilogía de Batman es posible hacer. Pero Ayer no es Nolan y por eso en este caso el enemigo no es un supergrupo soviético y mucho menos (¡MUCHO MENOS!) terroristas islámicos agrupados bajo el nombre de la Jihad como en los gloriosos cómics de la década del 80, sino más bien una amenaza sobrenatural bastante confusa que sin embargo no puede con el embate de contrincantes que usan boomerangs y bates de baseball.

Las dos horas de historia transcurren inertes. Una película de carencias que quizás entretenga por un rato al espectador ocasional y que no llegará a indignar al fanático acérrimo. Lejos de la decepción que supo provocar Green Lantern (2011) o la indignación de Fantastic Four (2015), Suicide Squad no logra generar absolutamente nada, y eso, para una película de sus características, es una falencia de proporciones.

lunes, 28 de marzo de 2016

Poder Absoluto

El tiempo pondrá a «Batman vs. Superman: Dawn of Justice» en el lugar que se merece. A saber, el de una de las películas más logradas del subgénero superhéroico, ese que desde hace un tiempo llegó para quedar en el imaginario popular del cine como una especie de western moderno, provocando escozor en los puristas y eufóricos placeres en los amantes del cómic y la ciencia ficción en general.

En términos cinematográficos, Zack Snyder vuelve a tomar entre sus manos un artefacto explosivo altamente volátil. El director aborda la misión de dar forma a la primera película que reúne a los dos personajes más icónicos no solo de la editorial DC sino de la cultura de masas. Ahí están el Hombre de Acero y El Caballero Oscuro con su mitología a cuestas y una horda de fanáticos aguardando famélicos. El desafío era alto, y aunque fiel a su estilo -el mismo que lo llevó a destruir «Watchmen» (2009) quizás la mejor novela gráfica jamás escrita- en este caso Snyder sale airoso, creando una película oscura, violenta, rabiosa y de acción trepidante, que representa un gran y promisorio comienzo para la apuesta más seria de la DC Comics en la pantalla grande.

El título elegido, una obvia e inteligente estrategia publicitaria, es algo más que una anécdota. La batalla entre ambos héroes no es sino una excusa para construir el prólogo de lo que será el derrotero de la editorial en el cine con un aluvión de películas ya anunciadas que desembocarán en la Justice League, el equivalente que esta vereda tiene de Avengers. Y con esa intención, todo se lleva a cabo con precisión e inteligencia. La historia está atravesada por guiños para los fanáticos y anticipos de lo que vendrá. Caldo de cultivo para el fervor comiquero.

Con todo, las dos horas y media de película transcurren entre las volcánicas escenas de acción, -debilidad del director- los anticipos, destacadas actuaciones y un delicioso ejercicio intertextual con historias clásicas de la narrativa dibujada. Así, a la referencia obvia a «The Dark Knight Returns» (Frank Miller, 1986) se suman la de «Superman: Red Son» (Mark Millar, 2003), «Crisis on Infinite Earths» (Marv Wolfman y George Perez, 1985) y «The Death of Superman» (varios autores, 1992) entre muchos otros. El guion de Chris Terrio y David S. Goyer marca una distancia insoslayable con el cine de superhéroes realizado hasta el momento, monopolizado en al menos un 90% por las producciones de Marvel Cómics, y como si fuera una extensión natural de lo que ambas editoriales supieron proponer en materia de comics, construyen una historia lúgubre, de tintes oscuros, sin lugar para el humor y con muy poco espacio para el público infantil. Se reemplaza la colorida pirotecnia de Avengers por un escenario de terror, de psiquis retorcidas, pasados tortuosos y mentes enfermas.

En ese lugar surge un enorme Jesse Eisenberg, que reformula a Lex Luthor dandole a su innata megalomanía los rasgos de un psicótico que por momentos recuerda al mejor Joker de Heath Ledger. Eisenberg es la llave maestra de un guión que avanza a través de su personaje, que si bien no respeta las características propias del que desanda su maldad en las páginas de Superman, convence por la soberbia interpretación del actor. Gal Gadot deslumbra como una Wonder Woman largamente esperada en la pantalla grande. Su versión de la amazona convence de punta a punta y genera expectativa en torno a la película que la tendrá como protagonista.

Detrás de ellos (sí, detrás) aparece el cuestionado (a cuenta) Batman de Ben Affleck, que logra sobreponerse al prejuicio popular como un convincente Hombre Murciélago. Más adusto que el de Christian Bale, su inmediato predecesor en la pantalla grande, pero también más furioso, traumado y violento. El Batman de Affleck se deglute al Bruce Wayne de Affleck, recordando saludablemente a la versión (otra vez) de Frank Miller y dando forma a una caracterización sólida, que seguirá siendo el epicentro de la polémica quizás más por la elección del actor que por el resultado final del experimento. Henry Cavill repite la buena tarea como el Superman sombrio que llevó adelante en «Man of Steel» (2013) sumándole en este caso el contrapunto del álter ego humano del superhéroe, Clark Kent, sin que la historia se detenga demasiado en él.

Y es quizás ese el aspecto más destacable de la película terminada. Concientes de que tienen entre manos un producto icónico del arte industrial, de consumo masivo y conocimiento popular, director y guionistas no se demoran en cuestiones que ya se trataron hasta el cansancio con anterioridad, y elipsis tras elipsis, avanzan evitando el hastío. Se da por supuesto, criteriosmente, que el espectador ya conoce el origen de Batman, de Superman, los pormenores de sus identidades secretas y las características propias de los personajes. Así que se omite lo que tácitamente ya está instalado en el conocimiento colectivo y se da paso a una historia nueva, sin vueltas ni rodeos.

«Batman vs. Superman: Dawn of Justice» confirma lo que DC ya demostró con la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan: existe otra manera de realizar cine de superhéroes. Una más adulta y repleta de matices, con segundas lecturas, creada para algo más que satisfacer las necesidades de un mercado voraz. Como lo hiciera alguna vez con sus cómics, sienta jurisprudencia y hace escuela. Resta esperar con ansiedad desesperante lo que vendrá, que promete un puñado de grandes historias extrapoladas desde un genial e infinito universo de viñetas.


lunes, 18 de enero de 2016

Colores puros

Las idas y vueltas para la realización de la octava película de Quentin Tarantino, tal y como él mismo se encarga de aclarar en unos créditos de tipografía a tono con una estética que viajó impoluta desde «Reservoir Dogs» (1992) hasta ahora, permitieron que contrariamente con sus trabajos anteriores el enigma en torno al producto final no sea tan pronunciado.

A priori, «The Hateful Eight» asomaba -por ser la segunda incursión del director navegando las turbulentas aguas del género western- como la continuidad natural de «Django Unchained» (2013). Sin embargo estamos ante un trabajo que encuentra más puntos coincidentes con «Inglourious Basterds» (2009) que con la cinta que protagonizara Jamie Foxx.

Me explico: estamos asistiendo a la película más política de Tarantino, quien recrea un escenario reciente de la postguerra civil norteamericana donde desperdiga su arsenal acostumbrado de personajes carismáticos llamados a formar parte ad eternum de la cultura de masas. En ese contexto, aprovecha para plantar bandera y desde un lugar muy sutil, presentar un menú de las idiosincrasias del Siglo XIX y por propiedad transitiva apelar al sarcasmo para evidenciar la vigencia del rancio pensamiento de una burguesía yankee aún vigente. En épocas de marcadas diferencias raciales Tarantino toma postura en una película de diálogos, de extensos y férvidos diálogos. Léxicos rabiosos acunados en tomas eternas que van del plano general con el que da inicio la historia a los primeros planos que introducen a algunos de los personajes principales durante el viaje en diligencia donde los abismos ideológicos comienzan a presentarse como un protagonista insoslayable. Otra grieta.

Tarantino se reinventa. Se inmola y reconstruye a lo largo de tres horas en las que nuevamente acciona su férvido fanátismo por el western sin abandonar nunca la tónica que hace tan reconocible su cine. Ese fanatismo que en Kill Bill fue por el cine de artes marciales y la cultura oriental. Esa locura por la narrativa audiovisual que permite al espectador avezado deleitarse con la sospechosa similitud de Jennifer Jason Leigh con la Carrie de Sissy Spacek y Brian De Palma y con la pegajosa brutalidad Cronenbergiana que atraviesa longitudinalmente una historia concatenada con perfección de relojería.

Con esos elementos arma el rompecabezas de un guión erigido en torno a un puñado de parias, buscavidas y sobrevivientes de una guerra implacable. Con ellos, el director convierte una hosteria de mala muerte en los Estados Unidos del sur Confederado y el norte de la Unión, con los respectivos actores sociales de un país dividido cuyos estratos raciales y económicos constituyen un verdadero abismo. En esa coyuntura emerge el racismo como temática central, solapada en una trama propia del género que recuerda los enigmas del Hitchcock de «Dial M for Murder» (1954) o «The 39 Steps» (1935).

Y como si fuera una metáfora de su actor fetiche, es detrás del personaje de Samuel L. Jackson que Tarantino, como dije, toma partido. El personaje del negro que sirvió al ejército que luchó para abolir la esclavitud envía constantes dardos subliminales sobre el pensamiento del director acerca del segregacionismo. Así como los bastardos bajo las órdenes de Aldo Raine mataban nazis a sangre fría, Marquis Warren repudia a fuerza de plomo a quien ose legitimar la ya abolida esclavitud, con una falsa carta de Lincoln como fuero. Y a pesar de que en este juego moral no hay héroes sino más bien un hatajo de sociópatas presentados como villanos, el relato que promedia la historia traza una línea clara: el racismo en cualquiera de sus formas merece el mayor de los repudios, aunque en este caso y a favor de la historia, sea presentado como una humillación de proporciones inconmensurables como una licencia poética grotesca.
El cuadro es completado por un equipo de actores liderados por un Kurt Russell interminable, un Tim Roth genial y un sorprendente Walton Goggins. Michael Madsen vuelve a interpretar el mismo personaje que Tarantino parece haber creado para él -esta ocasión como un apático cowboy- y Jason Leigh da forma a su mejor papel desde «Single White Female» (1992) como una bizarra forajida en tiempos donde la villanía parecía una cuestión exclusivamente masculina.

Quentin Tarantino consigue una vez más sacudir los cimientos del establishment hollywoodense haciendo gala de cierta impunidad que le otorgó su talento como director y guionista. Resta esperar sus próximos trabajos con la paciencia adamantina de quien aguarda el paso de una inclemente tormenta de nieve.