lunes, 8 de junio de 2009

"Mis shows en solitario sirven para despuntar el vicio"

Entrevista que le realicé para el diario a Manuel Moretti (cantante de Estelares) con motivo de su visita a mi provincia. Dio un show maravilloso que sólo fue apreciado por unos cuantos, entre los que suscribo.

Las rutas son numerosas y los kilómetros incontables. Esos, los recorridos por Manuel Moretti y Estelares desde que la banda, allá por 1996 comenzaba a sonar con una propuesta distinta en una escena musical donde el “rock chabón” reinaba sin una oposición verdadera. Las guitarras, atacaban los oídos achanchados aliadas con un lirismo delicado, de una profundidad que viajaba por la melancolía más pura, impulsada por las pulsaciones de un corazón en constante búsqueda.

El tiempo se encargó de poner a Estelares en su lugar. Atosigado por una prensa que lo requiere como nunca antes, nos atiende con la urgencia de los artistas solicitados “llámame ya, que hacemos la nota antes que sea más tarde” sentencia, y después se queja entre risas “desde que salió el disco nuevo no paro de dar notas, no tengo vida, pero es terriblemente placentero”.

Manuel alterna sus presentaciones con Estelares con shows acústicos y alternativos que realiza en distintos puntos de todo el país. “Es despuntar el vicio, estos shows tienen un trato más íntimo, salgo a cantar canciones que no se grabaron, que se tocaron poco con Estelares. Incluso a veces canto tango o toco el piano. Escapa a la dinámica del grupo”.

La mañana del aviador y un diario de canciones

Una prolongada espera entre la grabación del disco “Ardimos” de Estelares, llevó a Manuel a grabar un disco en solitario. El nombre elegido fue “La Mañana del Aviador”, trabajo que él definió como “un diario de viaje, más que un trabajo solista”.

“Estaba urgido porque demoraba en salir “Ardimos”. Tenia la urgencia por mostrar todo lo que tenía y lo hice en todos esos demos. Lo del diario de viaje, era como una idea, pero en este caso era como un diario de canciones, que armaba por quincena o por día, o por mes…”.

Esta situación de espera interminable es ahora parte de un pasado reciente, y lo que antes era un trabajo ciclópeo en pos de plasmar en un disco sus canciones, se convirtió prácticamente un trámite -al menos desde el punto de vista burocrático- en un mero favor de un mercado que los acogió como hijos pródigos tras condenarlos durante años al destierro.

Pero, ¿cómo maneja la masividad Estelares tras tantos años en los escenarios under? “La verdad que lo disfruto tranquilo. Por suerte, es como que las canciones han llegado a oídos nuevos, andamos de gira, y eso está buenísimo. Y como para nosotros sigue siendo nuestro trabajo, nuestro ámbito, nuestro lugar… eso hace que la popularidad se torne mucho más placentera”.

Un nuevo disco, una nueva temporada

“Una Temporada en el Amor” es mucho más expansivo, asegura Manuel para luego llamarse a un silencio breve, como meditando cuales serían los apelativos correctos para definir al flamante trabajo de Estelares. Me parece que es más profundo –aunque no estoy muy seguro de quien define la profundidad- es más cargado, más riguroso, nos metemos mas en otros colores, tanto a nivel letras como a nivel musical. “Sistema Nervioso Central” era muy directo, una trompada, como “Wadu Wadu” de Virus. En cambio en el disco nuevo se pueden encontrar momentos intimistas, canciones actuales y otras que se hicieron en el “menemato”, como “Un Viaje a Irlanda”.

Estelares se presentó por primera vez en Santiago del Estero en noviembre del año pasado. El show tuvo una muy buena repercusión, que permite que ahora, Manuel Moretti regrese. El profundo arraigo folclórico de la provincia, es un tema que no es ajeno a la música de un músico versátil, que reconoce el aporte a la música argentina de figuras como Don Sixto Palavecino. “Mira, cuando era chico escuchaba folclore en radio AM, aunque no lo tengo concientizado. A mí lo que me gusta de una canción es la melodía y la armonía. Sé que hay enormes canciones del folclore y la división ternaria que tiene –como el tango- yo la utilizo mucho. Un santiagueño una vez me hizo escuchar sus canciones y recuerdo que me gustaron muchísimo, hay grandes folcloristas, como Atahualpa Yupanqui y don Sixto Palavecino.

Sobre lo que se viene, Manuel sabe que las largas gira son ineludibles "para nosotros, es placentero, presentando el nuevo disco vamos a rotar por todo el país, Rosario, Córdoba, Comodoro Rivadavia, y esperemos que Santiago también, e incluso una salida al exterior. Eso es lo que se viene para Estelares”.

El futuro para la banda se abre promisorio tras años de una lucha en la que la música fue la principal arma. Esa nobleza artística, parece continuar siendo el principal bastión en el que el grupo sostiene su éxito, más allá de un entorno donde su brillo resalta como todo lo distinto, como un fulgor, como un objeto celeste, como una figura estelar.

lunes, 18 de mayo de 2009

Al filo de la navaja

“Theres fighting on the left, and marching on the right
Dont look up in the sky, you`re gonna die of fright
Here comes the razors edge
"The Razor`s Edge" – AC/DC

Creo que a esta altura todos los fanáticos aprobaron a Jackman como Wolverine. El australiano logró, a lo largo de la trilogía X-Men convertirse en el carismático personaje de los comics, centrando la atención del público sobre su figura, a tal punto, que el primer “X-Men Origins” está, lógicamente, dedicado a él. Y es que más allá de una cuestión de marketing (Wolverine es uno de los personajes más populares entre los consumidores de historietas, al nivel incluso de Spiderman o Batman) la interpretación del mutante con garras fue de las más destacadas en las películas pretéritas. Eso, y una visión comercial destacable dieron como resultado la que es, junto con X-Men 2, quizás la mejor obra del universo mutante llevada a la pantalla grande hasta el momento.

La cinta propone y el espectador acepta. Con un guión vertiginoso y plagado de escenas de acción, que generan una idea general del origen del personaje -del que hasta hace pocos años se sabía sólo por un par de (muy buenos) comics- la dupla de guionistas compuesta por David Benioff y Skip Woods lleva adelante los primeros días del mutante, matizando la trama con la aparición de una avalancha de personajes, algunos mejor logrados que otros, pero que da gusto ver en la pantalla grande. El director Gavin Hood sigue al pie de la letra las directivas del manual de instrucciones. No pierde demasiado tiempo en la infancia de Wolverine y no torna tediosos los pasajes que relatan su vida “normal” antes de convertirse en un hombre x. Va directamente a la acción, a las explosiones y la adrenalina, al impacto, conciente que tiene entre sus manos un material inestable a punto de estallar, y que debe sacar provecho de eso.

Liev Schreiber interpreta a un Sabretooth que termina siendo (muy a pesar de los fanáticos que renegaron de su pelo corto y aspecto humanizado) un personaje destacable y a la altura de las circunstancias; un asesino que no sólo impacta por sus garras y colmillos sino por su radical falta de empatía y su brutal sadismo. Su relación con Wolverine atrae la atención del espectador, que encuentra entre estos supuestos hermanos una historia aparte y por demás atractiva.

Los realizadores se toman algunas licencias con el aspecto y la esencia de los otros personajes. No es el caso de Gambit (uno de los personajes más reclamados por los seguidores de la saga) o el globuloso Blob, quienes tienen un aspecto muy bueno, pero si del Agent Zero y sobre todo, de Deadpool. El hilarante mutante mercenario es utilizado como un conejillo de indias para dar forma a un experimento amorfo cuyo único objetivo es generar una batalla digna con Wolverine y que insólitamente, tiene su boca sellada… justo el arma más peligrosa de un personaje, que de haber sido bien utilizado podría haberle sumado muchos puntos al largometraje.

Hacia el final de la película se evidencia lo que es quizás el punto más flaco de la producción. La necesidad ineludible de dejar un Wolverine amnésico, hace a los guionistas tropezar con el último escollo. Pero ese, es un detalle que no tiene incidencias irreparables en el resultado final.

En resumidas cuentas este nuevo emprendimiento de la Marvel (que ha demostrado que se pueden realizar muy buenas películas con superhéroes como personajes centrales, me remito a los últimos casos de Iron Man y Hulk) si bien no llega a ser una gran película, se transforma en un debut promisorio para las cintas que extenderán la saga mutante. “X-Men Origins: Wolverine” no tiene un tratamiento profundo desde lo argumentativo, pero si impactante desde lo visual. Los minutos transcurren céleres y la cinta en ningún momento se torna aburrida. Así, la saga mutante continúa adelante, sin demasiados brillos, pero con películas correctas… caminando sin pausa, siempre al filo de la navaja.

jueves, 7 de mayo de 2009

La Opción Alternativa

Una realidad social que todos pensaron terminada junto con la dictadura que gobernó Santiago del Estero durante años, parece ser la razón principal para que los medios de comunicación masiva se carguen de elementos condicionantes en órdenes de cualquier tipo.

La censura es el recurso favorito. Las autoridades de los medios son el organismo regulador y camuflan sus impiadosas amputaciones como un célere y efectivo escuadrón antibombas, surgiendo sigilosos para desactivar el explosivo en el texto o limpiar de pólvora el discurso.

La estrechez de pensamiento y la falta de compromiso son el resultado de velar por el pensar del jefe o por la prosperidad de la empresa a la que pertenecemos. Cobramos el sueldo al día, y eso es importante. Allá afuera es un pandemónium pero aquí adentro se está muy confortable. “Los sueños de cambio y de justicia social son para jóvenes ilusos que todavía se sujetan a esa entelequia de un mundo más justo, hijo, te lo digo yo que de esto sé y mucho. Otro café mozo, por favor”, instruye el editor al joven periodista, en una cadena voraz e interminable.

Ante ese dibujo tan triste como innegable, surgen los medios alternativos de comunicación. Es éste el lugar donde quienes otrora vieran los intentos de transmitir su visión de la realidad incomprensiblemente purgados, pueden expresarse con una libertad que todo periodista debería anhelar sin miedos ni vergüenza.

La actualidad de los medios en el ámbito nacional parece encontrar un remanso de aguas tranquilas en esta opción, una opción alternativa, calificativo no del todo feliz si consideramos que tal vez los medios hegemónicos deberían ser quienes procuren darle un techo a movimientos que en mayor o menor medida promuevan el crecimiento cultural de quienes los consumen. O al menos buscar que la veracidad sea uno de los soportes principales de su accionar, transmitiendo a quien recibe el mensaje algo más que un simple pasquín político. Ya todos sabemos la indudable utilidad del papel periódico para limpiar la mugre que queda sobre la mesa tras un opulento banquete. Ríase de los detergentes señora.

Y aunque las intenciones sean loables los intereses contrapuestos dan siempre por ganador al poderoso, bienvenidos al mundo real, la misión de eludir la barrera que suponen editores poco escrupulosos es casi tarea de un mago, y de uno muy hábil por cierto.

Desplazados por los grandes medios, un lugar en el cual poder propagar el arte, opinar libremente y dar a conocer una construcción de la realidad lo más veraz posible –la subjetividad siempre está allí, como un heraldo invisible- debe ser ponderado como tal. La libertad de expresión es un derecho común a todos los hombres y, no obstante, reprimido por quienes lo entienden como el peor de los enemigos.

El consumo de productos frívolos y banales de los medios instaurados sirve para mantener a los pueblos dormidos. Un contenido enriquecedor implica a un hombre pensante, que elude la alineación y va al choque, sediento de conocer lo que realmente ocurre detrás de las concretas paredes que nos separan de quienes manejan aspectos relevantes de nuestras vidas. La función de los medios alternativos no se limita a entretener a su audiencia, sino a movilizarla, a ser transmisores de cultura, ofreciendo algo más que los datos del tiempo.

Hemos sido testigos, de quienes han conformado su censurable imperio utilizando a los medios de comunicación como piedra basal de sus propósitos. Con este triste antecedente sobre nuestras espaldas, el llamado a la reflexión debe ser constante y cabal. Los medios alternativos, quizás sean una sólida trinchera desde la cual resistir... y contraatacar.

* Ilustración: Darick Robertson, del comic "Transmetropolitan"

miércoles, 15 de abril de 2009

¿Quién dirige a los directores?

Contextualicemos: Watchmen es originalmente una historieta escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons. Fue publicada en 1985 por la editorial DC en 12 números individuales que representaron el comienzo de una era de cómic de autor, en el que la rigurosidad estética y narrativa cobraban un papel protagónico que le daba al género el titulo –casi nobiliario- de “Novela Gráfica”. La obra logró llamar la atención de sectores que hasta entonces habían mirado a la historieta con cierto escepticismo, gracias justamente al hecho de haberla convertido en un ejercicio de lectura más complejo.


El trabajo argumental corrosivamente político, narrativamente estupendo y rico intertextualmente, encontraba en Gibbons el aliado perfecto, un dibujante soberbio que ensalzaba con sus trazos la profundidad asombrosa a la que Moore sometía a sus personajes. Es por eso que Watchmen es, ante todo, un cómic maravilloso, que me atrevo a recomendar y a colocar entre las principales obras realizadas para ese medio de expresión artística.


La adaptación de Watchmen al cine, llegó tras un sinfín de desacuerdos, con trabas legales de por medio que demoraron una película muy esperada por los fanáticos y fueron el presagio de un largometraje que no hace honor ni por asomo a la obra original. Incluso el mismísimo Alan Moore se negó a aparecer en los créditos (al igual que con “V de Vendetta”, también de su autoría) antagónico radical a la ideología hollywoodense y detractor del trabajo del director Zack Snyder, a quien desmembró por su trabajo en “300” –otra película basada en un cómic- a la que caratuló de "racista, homofóbico y soberanamente estúpido".


Pero lo cierto es que la película, para bien o para mal, se hizo. Y los presagios de que un trabajo de tal complejidad era imposible de adaptar a la pantalla grande parecen haberse cumplido. Si bien la historia no sufre mutilaciones, la película desperdicia torpemente pasajes maravillosos de la historieta, con gestos de un mal gusto notable que responden a una necesidad bastante estúpida de congeniar con el fanático acérrimo y con el espectador ocasional. El resultado es tibio. Esa tendencia de alinearse con dios y con el diablo termina dando tumbos en un terreno endeble, donde el concepto primario de Moore no se refleja más que como un tenue resplandor.


La trama propone una historia con varios protagonistas. Personajes que al mismo tiempo, representan un mundo por si mismos. Dotados de un carisma riquísimo, cada uno de ellos son engranajes indispensables de una maquinaria pensada rigurosamente. En la práctica audiovisual Snyder consigue caracterizaciones muy logradas en algunos casos, y otras que caen bajo el peso de las falencias interpretativas de sus actores.

Los puntos más altos son Rorschach, un sociópata oscuro, huraño y de moral adamantina cuya caracterización es fabulosa tanto por el parecido físico del héroe enmascarado y su alter ego como por la gran actuación de Jackie Earle Haley; y el Dr. Manhattan, un ser sobrenatural, apolíneo y omnipotente y el único héroe con superpoderes de toda la historia. El Comediante es también uno de los personajes destacados, principalmente por su caracterización y la capacidad de los vestuaristas y maquilladores de mutar su aspecto a través de las décadas, en los constantes flashbacks que acompañan el argumento.


Malin Ackerman demostró por qué es una exitosa modelo. Su descenso de las pasarelas permitió vislumbrar a una actriz de muy poca ductilidad para interpretar a una Silk Spectre con pasajes que en ningún momento lograron ser cubiertos con las dos o tres expresiones que la espigada sueca fue capaz de realizar. Por su parte, el Búho Nocturno poco se parece al héroe rechoncho que camina las viñetas del cómic, en este caso, Snyder apuesta por un verdadero héroe de acción, con un traje a la medida de las exigencias de la pantalla grande, que por impactante, no deja de desvirtuar la idea de Alan Moore. Ozymandias se muestra siniestro y oscuro desde su primera aparición, situación que si bien le resta incertidumbre a la resolución de la película, al menos hace más interesante a una interpretación vacua, flácida y de una frivolidad exasperante.


Los momentos del cómic surgen concatenados con cierta fidelidad, con algunas licencias que son aceptables y otras inadmisibles. La constante necesidad de hacer hincapié en temas que son tratados con sutileza en la historieta, revelan el mal gusto de un guionista empecinado en hacer de una disfunción sexual una suerte de epifanía religiosa, repitiéndola una y otra vez como un adolescente que acaba de descubrir la voluptuosidad y la busca terco y empecinado en saciar sus instintos más primitivos. Pero la herida más profunda que posee la película como adaptación, es la modificación arbitraria del final de la historia. Si bien la situación es prácticamente la misma, el concepto se pierde detrás de cambios que están lejos de ser detalles. Anular la idea de una “amenaza exterior” que unifique la tierra para luchar contra un mal común, para reemplazarla por una catástrofe nuclear que genere empatía y solidaridad entre naciones divididas política e ideológicamente, es una utopía mucho menos creíble que la que propone Moore en la historieta.


La cinta gana algunos puntos desde lo visual, con una ambientación bien trabajada y la correcta reconstrucción de los escenarios dibujados por Gibbons, sin embargo, por momentos los efectos especiales dan la sensación de que podrían haber sido mejor trabajados, sobre todo durante el exilio del Dr. Manhattan en Marte. Nobleza obliga, son esos mismos efectos los encargados de dar vida a postales maravillosas, como la nave del Búho Nocturno emergiendo de las profundidades, o la fortaleza antártica de Ozymandias, delicias visuales para retinas ávidas.


Snyder reproduce algunas viñetas del comic como en una fotocopia, lo cual también es una experiencia visual agradable, especialmente en los tramos iniciales de la película. Sin embargo, esa tendencia comienza a desaparecer con el correr de los minutos, desembocando en un callejón sin salida al nos llevan los caprichos estéticos de un director cuya debilidad parecieran ser las coreografías pretenciosas y que por momentos se olvida que Watchmen es muchas cosas, menos una película de acción.

En definitiva, es probable que la cinta sea agradable para los amantes de la ciencia ficción que no hayan leído el cómic, como una historia de aventuras sin un discurso político intrincado que llame a la reflexión o una obra compleja y comprometida. Sin embargo, quienes conocen la novela gráfica, probablemente noten que Watchmen, la película, es el corolario de un acto fallido conocido con antelación.

jueves, 2 de abril de 2009

Tiempo al tiempo

Como si se tratase de una versión moderna -y financiada- de “El Increíble Hombre Menguante” (algunos recordarán esa bizarra película del director de cine clase B, Jack Arnold, en la que un hombre notaba como su cuerpo iba reduciéndose lenta, pero incesantemente) la última película de David Fincher presenta la historia de un hombre cuyo reloj biológico trabaja a la inversa, es decir, es un geronte sordo e inválido al cumplir los 5 años, y comienza a sufrir los avatares del acne bordeando los 70. Sin embargo, su cerebro se alinea con el tiempo convencional, por lo que su aspecto no marcha en consonancia con su proceso madurativo.

En ese contexto que bien podría enmarcarse en una suerte de “realismo mágico”, se moldea una película de una producción monstruosa. Un montaje impresionante que se complementa con un vestuario y un maquillaje estupendo y una ambientación infernal, que muta con el correr de los minutos mostrando la modernización de un mundo globalizado, con detalles que conforman un producto terminado admirable, de un trabajo riguroso, consecuente y destacable.

Fincher nuevamente convocó a su actor fetiche para protagonizar su proyecto más ambicioso. Brad Pitt viaja marcha atrás a través del tiempo demostrando (como si lo necesitara) que es un actor de raza, y no necesita ampararse detrás de otros dotes que afortunadamente, no impiden vislumbrar su talento. Su personaje es cálido pero repleto de cicatrices, que por dolorosas, no dejan de contribuir a la humanidad de Benjamín Button.

Cate Blanchett es la dama de turno, e interpreta su papel con el carisma de siempre: esplendida, atractiva, etérea e irresistible. Sin dudas la australiana es una de las mejores actrices del universo Hollywood actual y va camino a transformarse en un clásico. Su belleza no opaca sus dotes indiscutidos para el drama, que sumado a un encanto envolvente la transforman en una artista deslumbrante.

Y la película encuentra un eje justamente en la relación entre Pitt y Blanchett, desprendiendo de ella interesantes alternativas que generan una red de pequeñas historias y experiencias dentro del guión general, como la deliciosa relación de Benjamín Button con el personaje que encarna la siempre genial Tilda Swinton, o la ironía que implica ver a un hombre que rejuvenece, vivir en un hogar de ancianos, mientras todo muere alrededor.

Quizás el tenor dramático de la cinta se diluya durante los pasajes (intercalados con la historia principal) en los que una moribunda Blanchett revela a su hija los secretos de este hombre al que el paso del tiempo rejuvenecía. La actuación de Julia Ormond como hija de ambos es vacua y carente de profundidad, y sólo le resta fuerza al argumento, a pesar de las estimables intenciones del guionista Eric Roth de generar perplejidad en un espectador, que como un arquero bien entrenado, ve venir todas las supuestas sorpresas. No obstante esa fisura, el trabajo de Roth es loable y esa “dicotomía moral” que por momentos propone la pareja principal es trabajada con sutileza e inteligencia, alejándolo de odiosas comparaciones con sus trabajos pretéritos (como Forrest Gump, donde todo parecía impregnado por un tufillo fascista) y dotando de fuerza el relato.

“La vida se vive en momentos” reza un mensaje final que no intenta ser subliminal y que es reflejado de muy buena forma durante la cinta. La frase no aparece como un corte longitudinal sino que va barrenando el argumento y llega hasta el ocaso de la historia con una fuerza particular. Uno no puede evitar coincidir con algunas facetas de los personajes, que dejan entrever con sencillez pero profundidad aspectos inherentes a la condición humana, desde la evasión de la responsabilidad hasta la condición maleable de los sentimientos y su relación directa con la vida, la muerte, y el tiempo, protagonistas centrales y excluyentes.

martes, 24 de marzo de 2009

Entrevista a José Ernesto Schulman: "Para vencer la impunidad en Argentina, no alcanza con gestos"

José Ernesto Schulman, uno de los sobrevivientes de la última dictadura y actual miembro de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, expresó sus sensaciones a 33 años del gobierno de facto. El activista reconoció el interés del gobierno por avanzar sobre el terrorismo de Estado pero subrayó la carencia de una estrategia, y de voluntad política para enfrentar sectores “muy poderosos”.

Fue uno de los tantos argentinos secuestrados por miembros del gobierno de facto que estuvo al frente nuestro país. Sin embargo, su historia se alinea con la minoría que logró sobrevivir del genocidio que tuvo lugar en Argentina en la década del 70. Actualmente, se desempeña como secretario de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, además de ser un destacado ensayista en torno a la problemática.

Consultado por Radio Panorama, al cumplirse 33 años de la dictadura –hecho que el país recordó con marchas y actos en todo el territorio nacional- Schulman manifestó que para quienes vivieron el terrorismo de Estado, en un día así “pasan cosas, racionales e inconcientes”.

“Yo fui secuestrado un 12 de octubre y sistemáticamente desde entonces en esa fecha me pasan cosas. El 24 de marzo es un día en el que se concentran muchos recuerdos, pero yo lo vivo como un día de victoria, nosotros nos sólo sobrevivimos físicamente sino como personas y seres humanos. Actualmente, el sector de la sociedad que sabe que hubo un genocidio y que nos acompaña en la lucha contra la impunidad es infinitamente mayor a la existente el 24 de marzo del 1976”, manifestó.

Schulman consideró que el recuerdo representa “un día interesante”, aunque consideró que el feriado “no ayuda al debate”.

“Al menos las personas se movilizan en actos, marchas y eventos, yo hubiese preferido que haya una sola, pero lamentablemente las diferencias secundarias se imponen sobre lo principal. Eso es un problema profundo y colectivo del movimiento popular argentino que nunca se dio maña para distinguir entre lo principal y lo secundario”, expresó.

La lucha contra la impunidad

En los ensayos que ha escrito sobre la problemática, (entre ellos “la banalización del ‘Nunca Más’ durante la democracia kirchnerista”) Schulman se encargó de expresar que considera a Jorge Julio López como el desaparecido 30.001. No obstante haber sido consultado sobre este hecho particular, el activista consideró indispensable pensar el “problema en su conjunto”.

“Hay que tratar de pensar el problema en su conjunto. Logramos derrotar las leyes de impunidad y los decretos de indulto, tuvimos fuerza como para reabrir las causas pero evidentemente ni el poder Ejecutivo, ni el Legislativo ni la Corte Suprema tenían la menor idea de lo que estaba pasando, ni mucha voluntad para avanzar. Las causas no están diseñadas ni planificadas, no hay una estrategia para avanzar y hay una falta de simetría entre el objeto a investigar -que es el genocidio- y el instrumento que se utiliza para hacerlo, que es el Código Penal clásico en la Argentina”, destacó.

Schulman consideró que esas condiciones “abren un espacio fantástico” para que la defensa de los represores “meta chicana jurídica, empantane y demore”, expresando que no existe una base “que el Legislativo podría haber diseñado hace años”.

“Aún no hay indicios de que se quiera elaborar un plan. El que organizó el terrorismo fue el Estado, por lo tanto hay que juzgar el terrorismo de Estado tal como el Estado lo organizó, por áreas militares, por subzonas militares, con comandancias muy claras, con cadenas de mandos. El Estado argentino estaba articulado a la Junta Interamericana de Defensa, que estaba bajo el comando operacional del ejército de Estados Unidos. Por eso es que no es muy difícil vislumbrar lo que hay que juzgar”, sentenció.

Asimismo, expresó que al no haber voluntad política “se juzgan casos aislados y se pierde de vista el hecho real”.

“Aquí no ocurrieron 5 mil o 30 mil asesinatos aislados, sino un genocidio, el exterminio de un grupo nacional para reorganizar radicalmente un país. Eso es lo que no se quiere juzgar, por eso se demora, permitiendo -sobre las bases de las relaciones de los represores y la parte del aparato estatal que les responde- que ocurran situaciones como la de Jorge Julio López”, explicó.

Schulman aseguró que Felipe Solá expresó a integrantes de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre que detrás del secuestro de López estaba la bonaerense (por la policía) “pero nos dijo que no le pidamos que meta mano ahí porque no quería desestabilizar la provincia de Buenos Aires. Yo creo que esa idea es la tienen los gobernantes nacionales”.

Una actualidad diferente

Si bien las nociones para llevar adelante políticas que procuren el castigo de los responsables del genocidio suscitado durante el gobierno de facto, no son las idóneas para Schulman, él mismo consideró que en la actualidad el país sufrió “cambios importantes, el gobierno actual manifestó una voluntad de avanzar sobre el tema que no tenía ni Menem ni De La Rúa

Finalmente, manifestó que “el problema es que esa voluntad no está planificada ni organizada, y vacila ante la primera resistencia de la derecha. Para vencer la impunidad en Argentina no alcanza con gestos, hay que enfrentarse a fuerzas muy poderosas, y ahí es donde vemos que no hay voluntad política”.

“Nosotros nos sentimos más reconocidos que nunca, y en esas condiciones esperamos poder combatir la impunidad. Aquí no hay medias tintas, o uno va contra los represores a fondo o no va”, concluyó.

Por Silvio Pratto
Para Diario Panorama

jueves, 12 de marzo de 2009

Estereotipos lácteos

De un tiempo a esta parte, la realización de películas biográficas ha reflotado con una fuerza particular. Los resultados son disímiles y la fuerza de atracción de las figuras que se intentan retratar por momentos puede ejercer un proceso de validación, similar a aquel del que hablaba Foucault, en referencia al orden del discurso, en este caso, aplicado a la obra o las características particulares que hacen a una figura, lo suficientemente importante como para que su vida, obra o historia sea reflejada en la pantalla grande.

Con “Milk” Gus Van Sant vuelve a demostrar su afán documentalista. Así como en la formidable “Elephant” el director norteamericano apuntó sus cañones digitales hacia un hecho histórico como la masacre de Columbine, en esta película centra su atención en la figura de Harvey Milk, político y activista gay norteamericano; y primer funcionario en asumir un cargo público asumiendo abiertamente su condición sexual.

Así, con la leche en el fuego, Van Sant comenzó a gestar esta biopic de tintes pluralistas. Sin maniqueísmos –que se esperan, cuando las sanas intenciones de no demonizar a un sector o persona particular se tornan demasiado evidentes- y con lo dicho, claras intenciones abarcativas e integradoras… propósitos que se diluyen con un mensaje político no lo suficientemente corrosivo, aunque en honor a la verdad, algo ácido e intenso.

Y es que la cinta no pretende que el espectador se alinee con la causa gay, sino que reflexione a partir de la absorción de argumentos plausibles. Así, el mástil que sostiene a la bandera multicolor –como una metáfora fálica involuntaria- revela un mensaje claro: si bien la problemática gay gira en torno al libre albedrío sexual, el sexo no gira en torno a la vida de una persona homosexual. El sencillo concepto de que el sexo para un gay representa lo mismo que para un heterosexual, es abordado nuevamente, con la terca convicción de que los cerebros pacatos serán capaces de entender que detrás de todo ese telón genital, hay personas con vidas que no son devoradas por una libido insaciable, sino más bien, como las de cualquier ser humano al que le gusta sentarse a mirar televisión después de cenar.

Lo curioso, es que a pesar de construir este verídico escenario, la gran fisura de la cinta es la innecesaria construcción de la identidad gay desde un estereotipo, ese que muestra a Harvey Milk como un amante de la ópera, impresionable, soñador y amanerado hasta el hastío, recurso que tan sólo exacerba una sensiblería útil a los fines de sumarle dramatismo a la cinta, pero que se transforma en un molde que hace del universo queer un espacio plagado de lugares comunes.

Por eso Sean Penn en ningún momento fagocita la película. Su actuación es excelente, como se preveía –teniendo en cuenta sus pergaminos- pero dista mucho de ser la mejor de su carrera. La figura de Harvey Milk, es retratada con una rigurosidad mentirosa, que se evidencia en el intencional parecido de los actores con las verdaderas personas (Penn utilizó una nariz postiza para lograr un parecido físico aún mayor) y se apoya demasiado en el documental precedente sobre la vida del activista.

En cuanto a los personajes secundarios, James Franco y Emile Hirsch generan interpretaciones mucho más sutiles y trabajadas que las de un Josh Brolin injustamente nominado a mejor actor de reparto, un Diego Luna que como gay latino perdido y obnubilado repulsa con su insoportable patetismo, y de una Alison Pill que lleva adelante un papel sin ningún pasaje destacado. Todos ellos conforman el séquito activista que siguió al político californiano en su cruzada por los derechos civiles de los homosexuales, durante el férreo movimiento de liberación sexual vivido en San Francisco en la década del 70.

El guión de Dustin Lance Black tiene interesantes recursos narrativos, con el protagonista oficiando por momentos de narrador y con algunos flashbacks muy oportunos. Además, hay un interesante trabajo intertextual, reproduciendo los videos originales en los que se anuncian los asesinatos de Harvey Milk y el Alcalde Moscone, y el registro audiovisual de las revueltas entre homosexuales y policías en los bares de la Calle Castro.

Y así, en esa vorágine ideológica y cultural, surge la concepción de la pluralidad como ideal inalcanzable, dorado fetiche de quienes se atreven a asomar a un mundo distinto. La utopía de un planeta equitativo en la voz de quien se sabía diferente… como todos. Las velas que iluminaron San Francisco tras la muerte del activista, son el corolario de un trabajo mediocre de Gus Van Sant y al mismo tiempo sirven como contraste, para revelar una película sin demasiadas luces.