
La pregunta es retórica. Si de especular se trata, podríamos tejer elucubraciones hasta el infinito sin que eso cobre ninguna importancia. En este espacio vamos a pararnos desde el lugar de los fanáticos, de quienes esperaban con esta película, un largometraje que al fin y después de tantos intentos fallidos, esté a la altura del personaje.
Y, como fiel y constante lector de historietas -un género al que siempre se miró con escepticismo- debo admitir que no esperaba, ni en el idealista de mis sueños, toparme con una producción como esta. Sabía que el dinero estaba, esperando inmutable en las bien nutridas arcas hollywoodenses, esperando ser utilizado como un recurso para alimentar el séptimo arte. Sin embargo, después de haberme topado con las versiones porno gay suavizadas realizadas por Joel Schumacher (es difícil que los fanáticos de Batman nos olvidemos de los pezones en los batitrajes, o de situaciones como Bruce Wayne ofreciéndole desesperado una moto a Richard Grayson para que no lo abandone) o de bodrios insoportables como la tercera parte de Spiderman, esa esperanza yacía agonizante bajo un sepulcro pesado e inamovible.
Claro, la expectativa puede ser directamente proporcional a la desilusión. Y vaya que esta película había generado ansiedad. Sin embargo, uno se deja llevar por la cinta y las casi dos horas y media de filmación transcurren con una celeridad inusitada, sin baches en su argumento ni situaciones que hagan fruncir el ceño, conducidas con maestría por el verdadero protagonista de la película: El Joker de Heath Ledger. El viejo y querido personaje es al fin ese que todos queríamos ver, el payaso psicópata, oscuro, temerario, demente y asesino que cobra vida en los comics. El mismo que asesinó a Robin, dejó parapléjica a Batgirl y le vendió el alma al diablo a cambio de una caja de habanos cubanos. Ahí está, en la pantalla grande, esbozando una mueca enferma iluminada por el fulgor de la explosiones, anticipando que será muy difícil encontrarle un reemplazante y echando por tierra esas voces (entre las que sonaban la mía) que defendían a ultranza a Jack Nicholson, como único e indiscutible "Guasón".
Batman perdió cualquier derecho de propiedad sobre la película. El Joker se la arrebató. Fiel a su estilo, con el caos como único fundamento y la locura como principal móvil. Dándole sentido a la existencia del murciélago y a la suya misma. Esa es la historia sin fin. La de Batman, la del Joker, némesis eternos, hermanos siameses separados al nacer, las dos caras de una moneda macabra, pilares de una de las historias más esplendidas erigida por la cultura de masas.
¡Ah! Por cierto, Christian Bale encarnando al murciélago se consolida, y las apariciones de actores como el interminable Gary Oldman, la siempre correcta Maggie Gyllenhaal y el sorpresivo Aaron Eckhart son loables. La película merece ser vista, pues dudo haya un largometraje igual protagonizado por personajes superheroicos en mucho tiempo. Pero eso es ripio, el Joker es el verdadero comodín.