lunes, 28 de marzo de 2016

Poder Absoluto

El tiempo pondrá a «Batman vs. Superman: Dawn of Justice» en el lugar que se merece. A saber, el de una de las películas más logradas del subgénero superhéroico, ese que desde hace un tiempo llegó para quedar en el imaginario popular del cine como una especie de western moderno, provocando escozor en los puristas y eufóricos placeres en los amantes del cómic y la ciencia ficción en general.

En términos cinematográficos, Zack Snyder vuelve a tomar entre sus manos un artefacto explosivo altamente volátil. El director aborda la misión de dar forma a la primera película que reúne a los dos personajes más icónicos no solo de la editorial DC sino de la cultura de masas. Ahí están el Hombre de Acero y El Caballero Oscuro con su mitología a cuestas y una horda de fanáticos aguardando famélicos. El desafío era alto, y aunque fiel a su estilo -el mismo que lo llevó a destruir «Watchmen» (2009) quizás la mejor novela gráfica jamás escrita- en este caso Snyder sale airoso, creando una película oscura, violenta, rabiosa y de acción trepidante, que representa un gran y promisorio comienzo para la apuesta más seria de la DC Comics en la pantalla grande.

El título elegido, una obvia e inteligente estrategia publicitaria, es algo más que una anécdota. La batalla entre ambos héroes no es sino una excusa para construir el prólogo de lo que será el derrotero de la editorial en el cine con un aluvión de películas ya anunciadas que desembocarán en la Justice League, el equivalente que esta vereda tiene de Avengers. Y con esa intención, todo se lleva a cabo con precisión e inteligencia. La historia está atravesada por guiños para los fanáticos y anticipos de lo que vendrá. Caldo de cultivo para el fervor comiquero.

Con todo, las dos horas y media de película transcurren entre las volcánicas escenas de acción, -debilidad del director- los anticipos, destacadas actuaciones y un delicioso ejercicio intertextual con historias clásicas de la narrativa dibujada. Así, a la referencia obvia a «The Dark Knight Returns» (Frank Miller, 1986) se suman la de «Superman: Red Son» (Mark Millar, 2003), «Crisis on Infinite Earths» (Marv Wolfman y George Perez, 1985) y «The Death of Superman» (varios autores, 1992) entre muchos otros. El guion de Chris Terrio y David S. Goyer marca una distancia insoslayable con el cine de superhéroes realizado hasta el momento, monopolizado en al menos un 90% por las producciones de Marvel Cómics, y como si fuera una extensión natural de lo que ambas editoriales supieron proponer en materia de comics, construyen una historia lúgubre, de tintes oscuros, sin lugar para el humor y con muy poco espacio para el público infantil. Se reemplaza la colorida pirotecnia de Avengers por un escenario de terror, de psiquis retorcidas, pasados tortuosos y mentes enfermas.

En ese lugar surge un enorme Jesse Eisenberg, que reformula a Lex Luthor dandole a su innata megalomanía los rasgos de un psicótico que por momentos recuerda al mejor Joker de Heath Ledger. Eisenberg es la llave maestra de un guión que avanza a través de su personaje, que si bien no respeta las características propias del que desanda su maldad en las páginas de Superman, convence por la soberbia interpretación del actor. Gal Gadot deslumbra como una Wonder Woman largamente esperada en la pantalla grande. Su versión de la amazona convence de punta a punta y genera expectativa en torno a la película que la tendrá como protagonista.

Detrás de ellos (sí, detrás) aparece el cuestionado (a cuenta) Batman de Ben Affleck, que logra sobreponerse al prejuicio popular como un convincente Hombre Murciélago. Más adusto que el de Christian Bale, su inmediato predecesor en la pantalla grande, pero también más furioso, traumado y violento. El Batman de Affleck se deglute al Bruce Wayne de Affleck, recordando saludablemente a la versión (otra vez) de Frank Miller y dando forma a una caracterización sólida, que seguirá siendo el epicentro de la polémica quizás más por la elección del actor que por el resultado final del experimento. Henry Cavill repite la buena tarea como el Superman sombrio que llevó adelante en «Man of Steel» (2013) sumándole en este caso el contrapunto del álter ego humano del superhéroe, Clark Kent, sin que la historia se detenga demasiado en él.

Y es quizás ese el aspecto más destacable de la película terminada. Concientes de que tienen entre manos un producto icónico del arte industrial, de consumo masivo y conocimiento popular, director y guionistas no se demoran en cuestiones que ya se trataron hasta el cansancio con anterioridad, y elipsis tras elipsis, avanzan evitando el hastío. Se da por supuesto, criteriosmente, que el espectador ya conoce el origen de Batman, de Superman, los pormenores de sus identidades secretas y las características propias de los personajes. Así que se omite lo que tácitamente ya está instalado en el conocimiento colectivo y se da paso a una historia nueva, sin vueltas ni rodeos.

«Batman vs. Superman: Dawn of Justice» confirma lo que DC ya demostró con la trilogía de Batman dirigida por Christopher Nolan: existe otra manera de realizar cine de superhéroes. Una más adulta y repleta de matices, con segundas lecturas, creada para algo más que satisfacer las necesidades de un mercado voraz. Como lo hiciera alguna vez con sus cómics, sienta jurisprudencia y hace escuela. Resta esperar con ansiedad desesperante lo que vendrá, que promete un puñado de grandes historias extrapoladas desde un genial e infinito universo de viñetas.


lunes, 18 de enero de 2016

Colores puros

Las idas y vueltas para la realización de la octava película de Quentin Tarantino, tal y como él mismo se encarga de aclarar en unos créditos de tipografía a tono con una estética que viajó impoluta desde «Reservoir Dogs» (1992) hasta ahora, permitieron que contrariamente con sus trabajos anteriores el enigma en torno al producto final no sea tan pronunciado.

A priori, «The Hateful Eight» asomaba -por ser la segunda incursión del director navegando las turbulentas aguas del género western- como la continuidad natural de «Django Unchained» (2013). Sin embargo estamos ante un trabajo que encuentra más puntos coincidentes con «Inglourious Basterds» (2009) que con la cinta que protagonizara Jamie Foxx.

Me explico: estamos asistiendo a la película más política de Tarantino, quien recrea un escenario reciente de la postguerra civil norteamericana donde desperdiga su arsenal acostumbrado de personajes carismáticos llamados a formar parte ad eternum de la cultura de masas. En ese contexto, aprovecha para plantar bandera y desde un lugar muy sutil, presentar un menú de las idiosincrasias del Siglo XIX y por propiedad transitiva apelar al sarcasmo para evidenciar la vigencia del rancio pensamiento de una burguesía yankee aún vigente. En épocas de marcadas diferencias raciales Tarantino toma postura en una película de diálogos, de extensos y férvidos diálogos. Léxicos rabiosos acunados en tomas eternas que van del plano general con el que da inicio la historia a los primeros planos que introducen a algunos de los personajes principales durante el viaje en diligencia donde los abismos ideológicos comienzan a presentarse como un protagonista insoslayable. Otra grieta.

Tarantino se reinventa. Se inmola y reconstruye a lo largo de tres horas en las que nuevamente acciona su férvido fanátismo por el western sin abandonar nunca la tónica que hace tan reconocible su cine. Ese fanatismo que en Kill Bill fue por el cine de artes marciales y la cultura oriental. Esa locura por la narrativa audiovisual que permite al espectador avezado deleitarse con la sospechosa similitud de Jennifer Jason Leigh con la Carrie de Sissy Spacek y Brian De Palma y con la pegajosa brutalidad Cronenbergiana que atraviesa longitudinalmente una historia concatenada con perfección de relojería.

Con esos elementos arma el rompecabezas de un guión erigido en torno a un puñado de parias, buscavidas y sobrevivientes de una guerra implacable. Con ellos, el director convierte una hosteria de mala muerte en los Estados Unidos del sur Confederado y el norte de la Unión, con los respectivos actores sociales de un país dividido cuyos estratos raciales y económicos constituyen un verdadero abismo. En esa coyuntura emerge el racismo como temática central, solapada en una trama propia del género que recuerda los enigmas del Hitchcock de «Dial M for Murder» (1954) o «The 39 Steps» (1935).

Y como si fuera una metáfora de su actor fetiche, es detrás del personaje de Samuel L. Jackson que Tarantino, como dije, toma partido. El personaje del negro que sirvió al ejército que luchó para abolir la esclavitud envía constantes dardos subliminales sobre el pensamiento del director acerca del segregacionismo. Así como los bastardos bajo las órdenes de Aldo Raine mataban nazis a sangre fría, Marquis Warren repudia a fuerza de plomo a quien ose legitimar la ya abolida esclavitud, con una falsa carta de Lincoln como fuero. Y a pesar de que en este juego moral no hay héroes sino más bien un hatajo de sociópatas presentados como villanos, el relato que promedia la historia traza una línea clara: el racismo en cualquiera de sus formas merece el mayor de los repudios, aunque en este caso y a favor de la historia, sea presentado como una humillación de proporciones inconmensurables como una licencia poética grotesca.
El cuadro es completado por un equipo de actores liderados por un Kurt Russell interminable, un Tim Roth genial y un sorprendente Walton Goggins. Michael Madsen vuelve a interpretar el mismo personaje que Tarantino parece haber creado para él -esta ocasión como un apático cowboy- y Jason Leigh da forma a su mejor papel desde «Single White Female» (1992) como una bizarra forajida en tiempos donde la villanía parecía una cuestión exclusivamente masculina.

Quentin Tarantino consigue una vez más sacudir los cimientos del establishment hollywoodense haciendo gala de cierta impunidad que le otorgó su talento como director y guionista. Resta esperar sus próximos trabajos con la paciencia adamantina de quien aguarda el paso de una inclemente tormenta de nieve.

martes, 15 de diciembre de 2015

Keith Richards - Crosseyed Heart

Es casi obvio destacar que The Rolling Stones representaron además de una forma de tocar rock and roll y reintepretar los blues norteamericanos, un fenómeno cultural y social tanto durante su aparición en la década del 60 como en las dos décadas posteriores, antes que pasarán -con total justicia- a formar parte de un statu quo musical.

No obstante, aun emplazados en el que quizás sea el sillón más cómodo destinado a las glorias del rock, sus integrantes supieron a través de sus discos solistas sublimar lo que quedó debajo de las mayores bondades que la música puede ofrecer, esas que exceden las netamente artísticas. 

Tanto Jagger, como Wood y en especial Keith Richards, dibujaron en sus discos solistas todo eso que la voraz máquina Stone amenazaba deglutir.

"Crosseyed Heart" es el ejemplo paradigmático de ello. Keef logra nuevamente mostrar la mejor versión de si mismo, con un disco que no escapa a las convenciones sonoras que el mismo escribió y que por ende lleva la firma inconfundible de un genio creativo.

jueves, 30 de abril de 2015

El becerro de oro

El universo cinematográfico de la Marvel Cómics lo consiguió. Con una apuesta ambiciosa y a largo plazo logró instalarse con fuerza en el mercado popular y generar con cada una de sus producciones una expectativa inusitada una década atrás en torno a una película de superhéroes. El imaginario colectivo ahora reconoce a los Avengers y a cada uno de sus miembros, que aparecen en forma de merchandasing en todos los rincones. La "Casa de las Ideas" hizo que el grupo como conjunto se convierta en una entidad tan popular como cada uno de sus integrantes individualmente.

Y esto se debe al buen trabajo que en líneas generales se realizó desde la salida la primera parte de “Iron Man” en 2008. Con luces y sombras, el hilo conductor que condujo al resto de los largometrajes y finalmente a ese maravilloso blockbuster que fue “Avengers” siempre fue coherente desde un lugar narrativo y estético, hasta ahora. Por que inexplicablemente, en “Age of Ultron” el director y guionista Joss Whedon pretende dotar a la cinta de un clima oscuro no demasiado propio con la tónica que supo imprimir en el capítulo anterior de la saga y que recorrió en mayor o menor medida cada película de la Marvel. El resultado es un gris incierto atravesado longitudinalmente por secuencias de acción constantes e interminables con enlaces que convierten al largometraje en una elipsis de más de dos horas donde demasiados detalles del argumento son dados por supuestos en una decisión , por lo menos, poco saludable.

Lo expuesto no significa que estemos ante una mala película. Nuevamente Marvel consigue un tanque de proporciones descomunales con momentos de lograda factura. Sin embargo, la sensación general es que el espectador está idolatrando un becerro de oro, un ídolo de barro creado por la enorme expectativa creada alrededor de la cinta, excitación que puede jugar en contra si no existe la voluntad de despojarse del fanático frenesí que antecede la llegada de cada película hija de las viñetas. Así pues, una mirada menos febril seguramente nos permitirá un análisis más nutritivo, ese mismo que nos haga cuestionar lo antedicho: el clima gris, la falencia narrativa y el estancamiento de los personajes, con la salvedad de un Hulk cada vez más interesante que a esta altura ya merece una (otra) película propia que aproveche la inspiración de Mark Ruffalo al frente del gigante esmeralda, de la Visión de Paul Bettany y algo detrás, de Hawkeye.

Porque si bien el carisma del Tony Stark de Robert Downey Jr. es destacable, ya es tiempo que la franquicia encuentre nuevos condimentos, esos mismos que no consiguió con la inclusión de los gemelos mutantes Quicksilver y Scarlet Witch (aquí devenidos en experimentos por una cuestión de derechos que continúa impidiendo el cruce del universo Avenger con el de X-Men) cuyas apariciones son casi anecdóticas en un argumento centrado en la catástrofe que procede a la aparición del megalómano Ultrón, villano de turno creado accidentalmente, una forma de inteligencia artificial decidida a extinguir la raza humana con motivos poco claros y métodos confusos que sirven como excusa para el torbellino de acción que domina la más de dos horas que dura la historia.

El resultado es más de lo mismo. Una película de un montaje descomunal y recursos técnicos de vanguardia puestos al servicio del más impresionante cine de acción. Pero más de lo mismo. Pan con pan. No hay evolución alguna y la sensación es asistir a un refrito de todas las películas anteriores, lo que resulta decepcionante. “Age of Ultrón”, entonces, que prometía ser la apoteosis de la propuestas de Marvel en la pantalla grande se convierte en un mero escalón a la próxima entrega de Avengers, como bien lo delatan los últimos 20 minutos de película y el ya clásico after crédit. Solo queda esperar que el gran paso sea dado en “Infinity War”, la anunciada tercera parte del supergrupo, de lo contrario seguiremos ante un producto hijo de un mercado caníbal, que no haga honor a un medio de expresión artística tan bastardeado como la historieta.

miércoles, 18 de febrero de 2015

Ornitología

Alejandro González Iñarritu ha encontrado misteriosamente la manera para brindar siempre la mejor versión de sí mismo. Desde la intempestiva “Amores Perros” hasta la perturbadora “Biutiful” y la desesperante “21 Grams”, el mexicano ha sabido no caer en la autoindulgencia renovándose en sus recursos estéticos y narrativos, y convirtiéndose en consecuencia en un director ecléctico, inesperado y fascinante, aunque nobleza obliga, de una regularidad fluctuante.

“Birdman” constituye una apuesta elevada que resulta un pleno gracias a las soberbias interpretaciones, el gran manejo de cámaras y el visceral trasfondo de un guión de conceptos nítidos planteados en un tono genial.

Todos estos condimentos la convierten en un ensayo sobre la delgada línea que divide al arte de la cultura de masas. Un guión inteligente advierte sobre la presencia constante en la arena artística de figuras nacidas en el seno de las industrias culturales y sostenidas ya no por su talento en un área determinada de las artes, sino gracias a la producción mercantilizada que reina en un mundo global y consumista. Esa yuxtaposición entre la concepción clásica de “lo culto” (lo artístico) y el producto que ofrece un mercado que propone a un público que no siempre dispone, sino que consume obediente, atraviesa como una daga la propuesta de un cineasta que ha concluido quizás su película de mayor estatura.

Y ese logro es también gracias a un nivel descollante de un sorprendentemente revitalizado Michael Keaton. Al igual que su personaje, el alguna vez actor fetiche de Tim Burton alcanza la panacea actoral tras años de ostracismo y de la ordalía que sobrevino tras Beetlejuice y las dos entregas de Batman. Casi autobiográfico, su personaje se reinventa y hace de “la inesperada virtud de la ignorancia” su escudo y su espada, armas con las que se convierte en una bestia interpretativa.

Keaton esculpe así la figura de un actor envuelto en una batalla interior con un pasado solapado por la popularidad que conlleva el mainstream. En ese lugar sufre y se reinventa al mismo tiempo. Delira epifanías creativas mientras procura desprenderse de su condición de celebridad plástica tanto por el fuerte anhelo personal de constituirse como un actor “serio”, alejado del averno popular, como para obtener la aprobación de la crítica especializada, porque el infierno son los otros, como proclama Sartre.

Iñarritu opta por utilizar un plano secuencia llamado a hacer historia con el que recorre la película casi en su totalidad. No obstante -y contra cualquier pronóstico- no es un recurso antojadizo para dotar de entidad a una historia vacía. No se trata del leitmotiv del film sino de una herramienta que además de completar la estética de la cinta, imprime a la narración de un tono intimista y ágil.

Con todo, el mexicano redondea con “Birdman” una película impecable desde muchos ángulos. Detallista hasta el nervio, logra que las expectativas puestas sobre la obra sean cubiertas desde cada uno de sus ángulos, dando forma a un cine de alto, de altísimo vuelo.

jueves, 4 de septiembre de 2014

Anatomía del odio

Vaya osadía la de Damián Szifron atreverse a poner en pantalla una película que bajo el manto del humor negro tiene como único objetivo revelar la miseria humana, esa que excede estratos sociales y brota desde lo más profunda entraña. Con “Relatos Salvajes” el director propone un análisis antropológico que tiene su génesis en su propio desencanto. Lo que se ve no es sino la visión de un hombre hastiado de una vileza que atestiguamos a diario y que hemos convertido en un peligroso hábito.

Repleta de gags y pasajes bizarros -recursos que no edulcoran un mensaje bastante perturbador- el director y guionista decide a través de seis historias independientes hacer una radiografía del comportamiento, diseccionando la conducta de personas a priori completamente distintas, pero que une con una línea imaginaria que es su repulsión por el hombre.

Szifron propone una narrativa lineal con un estupendo uso de cámaras y una estética convencional, que convierte a sus personajes en sujetos que en algún momento nos resultan familiares. No existe la pretensión de crear una figura icónica (aunque el personaje de una Érica Rivas inspiradísima está llamado a quedar en el recuerdo del cine nacional) sino la reverberación de personas con las que probablemente nos topemos a diario y de -porque no- nosotros mismos.

A esto se suma una seguidilla de grandes interpretaciones que encuentran sus puntos más altos en el acaudalado terrateniente de Oscar Martínez, el hipernervioso ingeniero de Ricardo Darín (que por momentos recuerda al mejor Michael Douglas en “Falling Down”) y la mencionada novia neurótica de Rivas, un personaje digno del Woody Allen más reciente que da forma a quizás el mejor de los cortos que componen el largometraje, una metáfora descarnada de las relaciones modernas sintetizada en una demencial fiesta de casamiento que pretende ser un segmento representativo de la vida conyugal.

Pero a esa altura la película ya dejó atrás las historias que encabezan Darío Grandinetti, Leo Sbaraglia y el binomio Julieta Zylberberg/Rita Cortese. Salvo en el último, donde se contraponen el "ser" con el "deber ser" (cuestionando incluso conceptos como la misma libertad) el humor es puesto en primer plano para atenuar el violento contenido de dos guiones donde Szifron vuelve a lucirse hiperbolizando la cotidianidad.

Con todo, “Relatos Salvajes” ha logrado captar la atención de un público masivo hacia una obra que escapa a convencionalismos y abre el camino a futuros trabajos de un realizador que ya supo patear el tablero televisivo argentino con su genial “Los Simuladores”.

Debajo del raid mediático del autor, que expuso sus posiciones predilectas en las mesas más rancias, se encuentra la semilla de un cine que debería emerger con mayor asiduidad en nuestro país. Algo más que una excusa para pasar el tiempo, obras baladíes sin demasiada torta debajo del merengue.

miércoles, 2 de abril de 2014

Las venas abiertas de Norteamérica

Si de industrias culturales se trata podríamos hablar eternamente de productos derivados de otras formas de expresión artística. Así, es común actualmente toparse con películas basadas en cuentos, novelas, relatos cortos o cómics de personajes emblemáticos (Batman) y otros no tanto (Ghost Rider, Spawn y un caso paradigmático: Iron Man). El género, el origen y la calidad – muchas veces dudosa- parecieran no importar al momento de producir masivamente.

Con esto dicho cabe agregar que el camino para el curioso se torna interminable. Quedar prendido con todas las ramificaciones que propone una película –o una novela, un cómic, una banda de rock- implica rastrear y encontrar un millón de productos. Frase remanida pero válida: esa oferta es hija directa de la demanda, y los paladares ávidos, se cuentan por millones.

Es por eso que antes de hablar de la película debemos, en un acto de estricta justicia, hacer mención a lo mucho que le debe el personaje del Capitán América al guionista y escritor norteamericano Ed Brubaker. Si nos atenemos a la tónica que se le imprime al héroe del escudo en esta nueva película, bien podríamos asegurar arriesgándonos a cargar la cruz del exagerado, que el trasplante desde las viñetas a la pantalla grande es de un éxito indiscutible. El Chris Evans timorato que comenzó a ser un líder carismático en “Avengers” (2012) es ahora el mismo fascinante personaje al que Brubaker revitalizó en las historietas que comenzaron a publicarse en el año 2005 y cuyo norte fue convertir al Capitán América en algo más que el defensor rubio y de mandíbula cuadrada del american way of life, y a su universo inmediato en una versión aggiornada de los tiempos que corren, donde los Estados Unidos ofician de huésped aún en fiestas ajenas. Al igual que en las viñetas, “The Winter Soldier” ofrece además de la esperada vorágine de acción una interesante metáfora acerca de esa inquietante confusión que el país del norte experimenta ante las amenazas externas, esas acciones que bautizadas terrorismo permiten devolver el golpe atenuando la culpa o engañando incautos.


Porque aunque el traje del súper soldado yankee sea el de las barras y estrellas, al igual que en el cómic (aunque en menor medida) este superhéroe se permite cuestionar a esa Casa Blanca que ahora se llama S.H.I.E.L.D. e incluso pone en evidencia las grietas en el sistema perfecto de defensa que siempre saca de la manga el país del norte. Grietas que ahora se llaman HYDRA y que llegan hasta el living de Washington, ahí donde se cuecen las habas que comerá el subdesarrollo.

Detrás de ese argumento que siempre hace gozar de buena salud al género fantástico, nos encontramos con una cinta ágil, visualmente impactante y de un desarrollo narrativo planteado con particular inteligencia. El cambio de directores se nota, la llegada de la dupla Anthony y Joe Russo tiene como principal mérito conocer los vericuetos de este nuevo Capitán América y haberlos sabido plasmar en el terreno audiovisual. Porque al igual que el cómic, los Russo logran convertir un héroe del montón como Falcon en un ladero fascinante y al Winter Soldier en un personaje increíble, enigmático y repleto de matices que promete reapariciones en las próximas fases de la ambiciosa incursión de la Marvel Comics en el cine.

El guión de Christopher Markus y Stephen McFeely deja lugar para cierto tinte dramático que generalmente es evadido en cintas como esta y que permite respirar en momentos adecuados y le dota de cierta seriedad que no se confunde con solemnidad. Los flashbacks, bien ubicados, posicionan al espectador en un lugar cómodo y hacen fluido un relato concatenado de gran forma. Sin dejar de lado la pirotecnia, el equipo creativo se las arregla con inteligencia para mixturar lo que el público masivo exige de una película de superhéroes y lo que los amantes de la narrativa dibujada esperan ver.

En resumidas cuentas “Capitán America: The Winter Soldier” se ha convertido casi sin quererlo en la mejor película que Marvel ha realizado desde que se embarcó en la tarea de llevar todo su universo a la pantalla grande. Una especie de The Dark Knight al estilo Marvel, con la dosis de fuegos artificiales que siempre diferenciaron el estilo editorial y que ahora parece también trasladarse al cine casualmente, o no.