martes, 29 de diciembre de 2009

Apocalipsis now

Una película como 2012 -la última producción del megalómano Roland Emmerich- es una cinta que llevará al cine tanto a ocasionales espectadores ávidos de un poco de entretenimiento de fin de semana, como a los cinéfilos más recalcitrantes, incapaces de contener esos pequeños placeres culposos que ofrece el mainstream de Hollywood.

Es así, hay que comulgar con mucha firmeza con los códigos artísticos del séptimo arte para negarse a pispear (aunque sea por curiosidad) estas ultraproducciones hiperpublicitadas, porque cualquier persona que haya ido al menos diez veces en su vida al cine, sabe antes de comprar su entrada con lo que se va a encontrar. 2012 no depara sorpresas, pero esta es una conclusión a la que puede llegarse con facilidad incluso antes de ver la película.

El argumento mixtura una antigua profecía maya con la caótica actualidad ambiental del planeta para dar forma a una catástrofe natural tan grande como relajante. El director toma el planeta tierra con ambas manos y juega al fútbol con él durante una temporada entera. Lo destruye, “lo hace pelota” y recién después, recuerda que tiene que hacer una película. El resultado es una cinta trivial, previsible y absolutamente prescindible, pochoclera por antonomasia, pero que al mismo tiempo esta llamada a reventar taquillas y a convertirse en el sueño húmedo de cualquier productor ávido de hacer rebalsar sus arcas.

Y es que Emmerich hace las cosas a medida. Su intención es ser eficaz y en ese afán, es exitoso. Se sube a la tendencia y es políticamente correcto, usa un actor negro para encarnar al presidente norteamericano (en “Independence Day” el primer mandatario era un héroe de guerra que no duda en tomar las armas cuando ve amenazado el sueño americano por la amenaza alienigena, una especie de Capitán América encubierto) y a fuerza de fatalidades une la familia disfuncional y castiga al déspota ruso multimillonario y a su capitalismo foráneo, mientras ensalza la tecnocracia china y dispara un discurso moral cursi y empalagoso.

El reparto se centra en un insípido John Cusack (¿el heredero natural de Nicolas Cage?) que con sus sobreactuaciones innatas por momentos encaja a la perfección con el desmesurado argumento, y Chiwetel Ejiofor, un buen autor que carga con un papel que cumple correctamente. Unidos por una casualidad que el guión pretende inocentemente transformar en causalidad, llevan adelante una narración que de no ser por la obscena exhibición de efectos especiales, caería por su propio peso transcurridos 30 minutos de la cinta. Porque el director no se atreve a sostener la película en los fuegos artificiales de los FX e intenta dejar un mensaje, y ahí radica la principal falencia de 2012. Los intentos vacuos de Emmerich de trabajar personajes cuya profundidad brilla por su ausencia y de brindar al espectador diálogos dignos de ser recordados por su contenido tan sólo crean agujeros negros en una cinta que sufre por la falta de coraje de su autor para plantar bandera y hacer frente a cualquiera que lo acuse de como un mero entretenedor cinematográfico.

Así, los efectos especiales -única defensa de esta catástrofe de 150 minutos-, caen fulminados por los intentos del director de atenuarlos (como si fuera posible) con diálogos superfluos y personajes que intentan llamar a la reflexión con textos opacos a un público que sólo llenó la sala buscando un poco de entretenimiento, con una actitud que le da a 2012 toda la honestidad de la que carece.

jueves, 1 de octubre de 2009

La venganza será terrible

"Revenge is a dish best served cold...”
Kill Bill volumen 1


Es difícil imaginarse a un director que no vea cine. Como es complicado también, entender a un músico que no consume discos. Sin embargo, esta gente existe. El arte presenta estas paradojas que no están relacionadas necesariamente con la calidad del trabajo del artista. La melomanía de John Mayall o Bob Dylan, podría contraponerse -en teoría- con una actitud abúlica de quien, por muy prolífico, eluda esos cánones que imaginamos empapados de lógica.

No es el caso de Quentin Tarantino, quien demuestra película tras película un conocimiento enciclopédico de la cultura estadounidense, de las características estéticas de géneros como el Spaghetti Western o el cine oriental de artes marciales y de los recursos inherentes a la novela negra norteamericana.

En “Bastardos sin Gloria” vuelve a poner su cinefilia al servicio de la película. A pesar de sus intención confesa de abandonar ese carácter recopilatorio de las películas que influyeron en su trabajo como director, regresa como en un arcoreflejo a lo que a esta altura ya son estigmas audiovisuales para él, y esos detalles, le juegan a favor, actuando como una suerte de marca registrada de un director al que se le podrán cuestionar muchas cosas, pero que indudablemente ha propuesto una original manera de hacer cine con el fanatismo por el séptimo arte como principal combustible.

En su última película, Tarantino se aleja de varios puntos comunes de sus trabajos pretéritos. La narración cronológicamente desordenada, el uso de los recursos del movimiento “blaxploitation” (evidenciado en la banda sonora) y una ambientación que lo saca de ese entorno urbano contemporáneo que tan bien le sienta. La cinta propone una visión alternativa de la Segunda Guerra Mundial y el Holocausto Judío -temas tratados en la pantalla grande hasta el hastío- y con ese escudo, el director moldea la historia a su antojo. Como en los cómics “Elseworld” de la DC se convierte en el titiritero de una historia ya escrita. Así, coloca a su grupo de despiadados soldados judíos a matar nazis en la Francia ocupada, comandados por un Brad Pitt de saliente quijada, modales toscos y un marcado acento yankee sureño. La película avanza entonces, de venganza en venganza, justicia poética propuesta por un director que sabe que botones apretar para que sus mentados excesos pasen de lo grotesco a lo gracioso, sin dejar de ser grotescos (como un judío norteamericano reventándole la cabeza de un batazo a un jerarca nazi, uno no puede evitar volver la mirada, repudiando el acto mientras lo aprueba).

Pero todo esto es anecdótico. La historia es sólo una pieza secundaria, un subterfugio con el que Tarantino hace lo que más placer le produce: despuntar el vicio dando rienda suelta a su incontrolable cinefilia. A tal punto, que se da el gusto de dar una subliminal clase de la evolución técnica del cine y sus recursos, explicando a fuerza de explosiones, porque se pasó del nitrato, al acetato de celulosa como compuesto para la película de cine.

El reparto, encabezado por Pitt, es devorado con total justicia por el absolutamente genial personaje de Christoph Waltz: Hanz Landa. Carismático, impiadoso y terrorífico, se transforma en un perfecto estereotipo de la locura nacional socialista. Su interpretación roza la perfección y monopoliza el personaje, hablando en cuatro idiomas distintos a lo largo de la película y sosteniendo el valor agregado de su poliglotía con un altísimo nivel interpretativo. Detrás de él, ninguno de los actores pareciera hacer agua, pero claro, siempre a espaldas de Waltz.

Tarantino se supera a sí mismo. Sin generar una película superior a Pulp Fiction o Kill Bill vol.1, se atreve a recrear los '40 (ya lo hizo con los '70) y se anima a filmar en locación (en Berlín y un pequeño pueblo alemán cercano a la frontera Checa) escapando del montaje y la digitalización extrema.

Con herramientas que conocemos, pero que utiliza en función de una película que hace más nutritivos sus pergaminos, logra hacer real su sueño imposible, desangrando lenta y dolorosamente al Tercer Reich, carcomiendo su núcleo con una masacre cinematográfica. Se ríe de la historia, estruja las reglas documentales y pone su arte al servicio de la cruel de las venganzas.

jueves, 10 de septiembre de 2009

"Siempre trato de ponerme en el lugar del espectador"

Entrevista que le hice a Campanella, director de "El Secreto de sus Ojos" para el diario. ¡Gracias por la buena onda Juan José!.

No es una etapa más en la vida artística de Juan José Campanella. El director argentino vive por estos días la saludable turbulencia que generó su último trabajo, “El Secreto de sus Ojos”, película que batió récords de público y consiguió amigar al director con algunos sectores de la crítica empecinados en cuestionar su obra, tan loable como prolífica.

Envuelto en una vorágine que es hija directa del éxito, el autor de “El Hijo de la Novia” y “Vientos de Agua” nos atiende muy temprano en la mañana “estoy apretadísimo de tiempo”, explica, como si hiciera falta, antes de comenzar a hablar de su hijo pródigo.

¿Esperaba que “El Secreto de sus Ojos” generara tanta repercusión?

- “Y, la verdad que lo que está ocurriendo no entraba en la expectativas, porque supera lo que ha pasado con el cine argentino en los últimos cinco o seis años. Cuando un trabajo tiene éxito, uno lo maneja con alivio, porque está tan preparado para que la cosa ande mal... ahora estoy superando la etapa del alivio y entrando en la de la felicidad. El tiempo se encarga de encausarme, porque a pesar de todo tengo que seguir con mis cosas y con mi vida: trabajar, manejar una productora, pagar las cuentas”. (Risas).

La crítica se empeña en asegurar que se trata de su obra maestra

- “Mira, no lo sé, la verdad es que no puedo hacer un juicio de valor entre mis propias películas”.

Sin embargo, parece que decidieron alinearse a su favor unánimemente

- “Es verdad que algunos críticos –los menos- que antes no dieron el visto bueno a mi trabajo, están contentos con esta película. Lo agradezco, pero no creo que haya un quiebre. Ahora hablan bien, pero si la próxima película no les gusta, van a hablar mal de nuevo, estoy seguro”.

Cámara inquieta

El tiempo ha posicionado al director como uno de los directores argentinos más reconocidos a nivel internacional. Desde la recordada “El Hijo de la Novia” (nominada al Oscar como mejor película extranjera en el 2001), Campanella ha alternado trabajos en cine y televisión, logrando insertarse en el competitivo mercado estadounidense, donde guionizó y dirigió algunos capítulos de reconocidas y exitosas series como “Dr. House” y “La Ley y el Orden”, además de incursionar en el género documental en trabajos como “Cuentos Cardinales” o “Había una vez un Club”.“La ficción es el formato en el que más cómodo me siento. Trato de hacer cine y televisión al mismo tiempo”, asegura el director, como intentando justificar su prolífica obra.

¿Cómo explica su capacidad para manejar tanta variedad de géneros?

- No tiene una explicación, de la misma manera que no puedo explicar mi inhabilidad para la medicina. Son las habilidades con las que nace cada uno y que se mejoran con el estudio y la práctica. Soy un inútil para todo lo demás, menos para esto que hago. No sé cocinar, jugar al fútbol, ni cambiar un foco (risas)”.

¿Cuáles son sus expectativas como espectador, cuando va a ver una película?

- “Bueno, es una pregunta importante. Principalmente que sea una película que me transporte al mundo de la película, que me meta dentro de ella. Por eso no me gustan algunos trucos de director obvios. Esas cuestiones de cinefilia. No me gusta notar el trabajo de nadie adentro de la pantalla, pero para eso se necesita muchos condimentos, una historia bien estructurada. En lo personal, siempre trato de ponerme en el lugar del espectador, de verme sentado en una butaca”.

¿Ricardo Darín es un actor fetiche para usted?

- “No, no. No lo siento así. Creo que en las películas que hice es un elemento esencial. Pero hay que aclarar que no está ahí por ser amigo o como una especie de amuleto. Sino porque yo opino que es el actor para hacer ese papel. Si mañana hago una película que narre las aventuras de un grupo de chicos durante la secundaria, no voy a inventar el personaje de un director para incluir a Ricardo”.

La mirada del cine argentino

Argentina ha sido históricamente uno de los países productores de cine más desarrollados de Latinoamérica. So pena, claro está, de las batallas que deben librar los realizadores en su afán productivo, hecho que no hace mella en el talento de grandes audiovisualistas nacionales.

¿Campanella, por qué considera que los argentinos son mejor vistos en el interior?

- “Prefiero no opinar de mis colegas. Lo que si puedo es hablar del cine argentino, con el que ocurren ambas cosas: hay películas que tuvieron mejor repercusión en otros países que en Argentina y viceversa. Yo creo que el estar en una casa, donde uno conoce a todos los integrantes, juega a favor. Los argentinos sabemos que en “El Secreto de sus Ojos” está Darín -el mismo que está casado con Flor y almorzó con Mirtha- o que está Guillermo Francella. Sin embargo un noruego no. Sabemos todas esas cosas, tenemos cierta familiaridad con los actores. Y por otro lado tenemos críticos que hablan de un cine versus el otro. Está todo tan lleno de ruido. Pero lo real es que si una película es muy potente, puede traspasar todo eso y darle al espectador una opinión genuina, independientemente de lo antedicho”.

¿Pero hay diferencias en la manera de trabajar que hay en relación con el mercado estadounidense por ejemplo?

- “Sí, las diferencias son los tiempos. Mi experiencia no fue distinta, fue igual, yo manejo mi misma línea de trabajo, . Pero en Argentina, en la televisión común, los tiempos son otros, tanto los de filmación, como los que toma la escritura de un guión. Allá tienen dos meses para hacerlo, mientras que aquí se necesita un guión por semana”.

La charla va llegando a su fin pero Campanella parece no tener apuro. A pesar del vértigo que trajo el éxito, no lo apremia una actitud desinteresada por la charla, al contrario, hasta se permite disfrutar de la misma. Sabe que en Santiago “El Secreto de sus Ojos” se estrena hoy, y por eso, se aventura a decir que con la cinta, encontraremos “un lugar fresco, para escapar del calor. ¿Viste que el peor enemigo del cine argentino es el calor?, la gente no quiere saber nada de encerrarse en un cuarto con un montón de personas”.

¿Y con qué se van a encontrar los santiagueños?

- “La película es una mezcla entre un policial y una historia de amor. No sé si un policial con amor o al revés. Son dos historias muy fuertes, en ese sentido, y tienen todos los elementos de ambos géneros. Lo que me sorprende y me halaga del público, es que aplauden de pie al final de la película y muchos me mencionan que los emocionó profundamente. Eso me halaga muchísimo”.

martes, 1 de septiembre de 2009

Contrapunto

Las películas de Michael Mann, de un tiempo a esta parte, tienden a presentar dos bandos opuestos bien reconocibles. Una clásica y efectiva línea narrativa donde se evidencia “el bueno y el malo”, con una capacidad destacable, no obstante, de no convidar al espectador a alinearse con ninguna de las partes.

Esa tendencia maniquea, o más bien bipartita de Mann, está nuevamente presente en “Enemigos Públicos”, una biopic basada en la vida del ladrón de bancos John Dillinger -recordado por sus numerosos atracos durante la gran depresión yankee y por algunas voces que pretenden colocarlo en el estante de los héroes populares- y la obsesión de su némesis, Melvin Purvis, agente de un FBI en formación, encargado de dar con él y poner fin a una carrera delictiva que ya había hecho suficientes méritos como para que se la recuerde en una película, por ejemplo.

Mann, apuesta en esta ocasión por Johnny Deep y Christian Bale para dar forma al proyecto extraído de la más básica matriz actancial. Esta analogía no debe sonar peyorativa, sino más bien evidenciar un recurso que el director ya ha utilizado hasta el hartazgo (Con Tom Cruise y Jamie Foxx en Collateral, por citar un ejemplo) con muchísima efectividad.

Dotada de una ambientación admirable, la película destila el aroma de las producciones del cine negro norteamericano, con recursos técnicos y estéticos que ensalzan la intención del director de impregnar el trabajo con la influencia audiovisual de esa época. El trabajo de recrear escenas y lugares, vestuarios y costumbres, es impecable, transportándonos sin escalas al Estados Unidos de la década del 20.

Quizás la mayor falencia de la cinta es la tibia introspección en el carácter de Dillinger. La radiografía del personaje es escueta y superficial y casi podría compararse con la descripción que el ladrón de bancos realiza de si mismo en la escena en la que se presenta a su futura esposa, encarnada por la siempre correcta Marion Cotillard.

Johnny Deep se muestra monogestual pero no por la ausencia de dotes actorales, sino por un guión que para llevar adelante una biopic, sólo explota los costados más elementales del gangster, sin proponer mayores desafíos interpretativos. De hecho, la cinta está lejos de exponer los argumentos que transformaron a Dillinger en un icono popular de la cultura norteamericana, dejando entrever de manera tenue ese carácter “romántico” de sus atracos con frases insulsas y fácilmente olvidables. Su romance con la prensa y con la clase trabajadora, también brilla por su ausencia, apareciendo en dosis demasiado escrupulosas, que no permiten hacerse una idea completa del entorno que rodeaba al hombre que se transformó en mito.

La película transcurre in crescendo llegando a picos de tensión muy elevados hacia su parte final, especialmente en algunos pasajes en los que Marion Cotillard dota de toda su capacidad dramática a la pantalla y en los que Johnny Depp se permite hacer gala de su oscuridad natural, para transformar a Dillinger en un ser mucho más interesante con interpretaciones en la que se vislumbra a un hombre acuciado por una desesperación que intenta en vano disimular.

Michael Mann hecha por la borda tentaciones tales como detallar con mayor ahínco el origen del FBI o centrar pasajes del guión en el personaje de Melvin Purvis. La apuesta resulta ganadora, el espectador no está interesado en conocer el complejo entramado que dio forma al buró de investigación o la historia de un policía cuyo carisma es comparable con el de una ameba.

Colosalmente filmada y ambientada y con el sello de un muy buen director en algunos pasajes, pero con algunos baches en su narrativa que por momentos la transforman en una película lenta y con pocas alternativas, Enemigos Públicos será probablemente una de las películas más parejas del año, en cuanto a detractores y cinéfilos partidarios, claro.

viernes, 21 de agosto de 2009

"El arte es un haz de luz que rebota en todas las superficies y nos toca a todos"

Entrevista realizada para el diario, al guitarrista Ariel Minimal, con motivo de la visita de su banda PEZ a mi provincia.

Ariel Minimal pareciera caminar siempre por un sendero alternativo. Pez, la banda que encabeza hace más de 15 años, forma parte de un grupo selecto que se aleja del establishment, rompiendo las fronteras de eso que algunos llaman rock nacional, proponiendo experiencias sonoras alejadas del croquis que configura un hit radial.

Con 11 discos en su haber –la mayoría de ellos autogestionados- el ahora cuarteto todavía no se ganó un lugar en las primeras planas del rock argentino. Y esa característica pareciera ser la que hace de Pez una banda especial. “No me molesta el mote de banda de culto, tampoco representa nada que a nosotros nos signifique algo que nos dé algún tipo de placer especial. No sé bien a qué apunta, quizás porque no somos masivos y porque tenemos un grupo de gente que nos quiere y nos sigue desde hace mucho tiempo”, asegura el guitarrista, restándole importancia a la cuestión.

Pero, ¿cuál es el secreto detrás del enigma Pez? Cómo se consigue permanecer vigente caminando al costado del camino, en tiempos donde un mercado voraz e ingente vomita productos prefabricados con el sello del éxito estampado en la frente. Detrás de los cuatro músicos no existe una maquinaria compleja trabajando en pos del grupo, sino más bien un compromiso implícito y férreo con el arte, con la música. “Tocamos hace 15 años y todavía seguimos ensayando tres veces por semana. Tenemos vigencia desde ese lugar, siempre estuvimos trabajando. Nunca estuvimos de moda, nos tomó mucho tiempo salir de Buenos Aires e ir a otros lugares, pero sin embargo nunca dejamos de presentarnos. La vigencia responde compromiso con lo que hacemos”.

- ¿Es complicado el trabajo de autogestionarse?-

“Es un plomo, nos gustaría más dedicarnos más a la música y listo, pero por suerte lo vamos solucionando. Ahora tenemos un sello discográfico y con el tiempo aprendimos a subsistir con la autogestión. El último disco, no está en todas las disquerías pero por una cuestión de cantidades y tiempos”.

- ¿Y qué opinas de quienes hablan de Pez como un proyecto solista encubierto de Ariel Minimal?-

"No es así. Me he encargado de mostrar que mis proyectos solistas son otra cosa. En mis discos solistas, ahí soy solista. Pez es una banda definida por la interpretación de sus miembros, por como tocan Franco, Fósforo y Pepo. Pasamos por todas las gratificaciones y quilombos que tiene una banda de rock".

Para las almas sensibles

La sensibilidad como el combustible que pone en marcha un motor creativo. Las letras de Pez evidencian una realidad observada con otro prisma, uno que permite la exaltación de miserias que a veces, un arte light decide omitir. Minimal reconoce que el roce diario con la vida cumple un rol primario en su producción artística. “Es natural. Si estuviese encerrado en casa, en un cono de silencio donde no veo ni escucho nada, no sé cuál sería mí aporte o mi composición, pero no me interesa saberlo”.

Esa acuciante necesidad por el arte, por transmitir, lleva a Minimal a reconocerse –y extender esa condición a sus compañeros de grupo- como un melómano empedernido. “me gustan las tapas de discos y los posters de la Pelo”, sentencia, citando una de las canciones del tercer álbum de la banda. La influencia en las composiciones, o en la propia imagen de los discos de Pez, parece ser una constante en el proceso creativo. “Todo influye de todos modos. Yo creo que las letras son puntos de vistas y pensamientos que están influenciados por la película que vi o el libro que estuve leyendo. Creo que todo el arte es así, un haz de luz que rebota en todas las superficies y nos toca a todos”.

Esa directriz seguida por Pez en sus trabajos, sumado a la visita a un terruño de un fuerte arraigo folclórico (nota pintoresca: el séptimo disco de la banda se llama Folklore, así, con “K”, que lo hace mucho más anárquico) hace la pregunta casi ineludible. ¿Cuál es la relación de Pez con la música folclórica del norte argentino? “Cuando estuve tocando con Lito Nebbia en Santiago, conocí a Juan Saavedra y a su grupo de danza y percusión. Eran increíbles. Lamentablemente no conocí muchos compositores en ese momento, pero sé de la pasión del santiagueño por juntarse, cantar y festejar. ¡Costumbre a la que adhiero plenamente! (risas). Con Pez tenemos un acercamiento muy poco formal con el folclore o el tango, siempre fue interpretado a nuestro modo, con instrumentos eléctricos. Pero son géneros que me gustan”.

- Y cuáles son las expectativas en la primera visita de Pez a la provincia-

“Es verdad, sí, primera vez con Pez en Santiago. Queremos tocar canciones de todos los discos, no solamente de El Porvenir (última placa del grupo) queremos mostrar todo lo que podamos. Esperamos que a la gente le guste y nos acompañe”.

La entrevista termina ahogada por el sonido de la música. Los tres integrantes restantes aguardan ávidos la presencia de la pieza faltante, para completar un engranaje de piezas insustituibles. El ensayo es impostergable y la comunicación telefónica fenece debajo de los decibeles, como quien abona el terreno de lo que vendrá, un presagio nunca más alentador.

martes, 18 de agosto de 2009

A 50 años de "Kind of Blue" (y lo que el tiempo nos dejó)

Mi vida musical está marcada por un génesis paradójico por definición. Embelesado por el talento sobrenatural de los trompetistas, una tarde gris e inusualmente fría, entré por primera vez al deprimente edificio de la escuela de música local. En ese entonces, los cimientos añejos y húmedos parecían incapaces de soportar por mucho tiempo el embate de un Si Bemol inspirado. Vetusta e insufrible, la construcción tan sólo atraía por la promesa implícita de un deleite musical, muchas veces esquivo, pero siempre latente.

Así, con 13 años y una ignorancia supina (que los años no han logrado solucionar, pero sí remendar) entré en la vieja escuela de calle Libertad con la firme intención de aprender a ejecutar -en ese entonces era “tocar”- ese instrumento que había puesto en acción dentro mío, un mecanismo que a lo largo de mi vida, pocas situaciones, cosas y personas lograron activar.

Apenas asomando al mundo de la música (y subrayo el apenas con especial énfasis) había escuchado en un viejo cassette de los tantos que mi padre guardaba en un portafolio especialmente diseñado para ordenar las cintas, el Jazz según una “Big Band” cuyo nombre jamás conocí. Era algo similar a lo que hoy reconozco en Glenn Miller o Benny Goodman, un Swing blanco, aún lejos en el tiempo de la llegada del Bebop y los metales revolucionarios de Charlie Parker. Pero esos sonidos (que en la actualidad reemplazo por infinidad de otros músicos) bastaron para que me enamore de la trompeta, instrumento complejo, poco atractivo, rechinante y que cotiza en la bolsa de la música popular con un valor inestable.

Pero regreso al viejo edificio académico, porque allí comenzó mi relación de espectador perplejo y desahuciado del instrumento al que Miles Davis, Chet Baker, Dizzy Gillespie, entre tantos otros, exprimieron hasta su expresión más primaria. Decidido a dar con el profesor que me indicaría que pistones apretar, me topé (y aunque no creo en el destino, la vida últimamente me llevó a repensar teorías que consideraba inamovibles) con quien me regaló las primeras herramientas para hacer sonar un tubo metálico a través de una caña de madera y una boquilla de plástico duro: Eduardo Aguirre, profesor de saxofón actualmente en sana y confiable actividad.

Esa es mi verdad de la milanesa. Jamás quise aprender a tocar el saxo. Mi anhelo era ser un trompetista como Miles Davis. Escribo esto porque se cumplieron 50 años de “Kind of Blue” uno de los discos más influyentes para el género Jazz, pero yo en particular, celebro mi propio aniversario, el que me alejó de un amor sincero e inmediato y me puso junto a un instrumento que aprendí a valorar con el tiempo y al que toco por comodidad, “porque está ahí”, como quien se enamora de lo cotidiano y aprende a quererlo a fuerza de resaltar sus supuestos brillos en lo que no se anima a reconocer opaco. Lejos de lo que realmente lo deslumbra.

viernes, 7 de agosto de 2009

Lejos de todo

Días más tarde me daría cuenta que había pateado el tablero involuntariamente. Impertinente, había destruido un croquis perfecto, moldeado a imagen y semejanza de un deseo ingente, postergado durante algún tiempo, pero listo para ser detonado.

Ahí colisionaron nuestras vidas. Distintas y tan parecidas. Los colores de sus cuadros iluminaron la escena. Eran sus dogmas versus mi ineludible pragmatismo, cara a cara en una batalla encarnizada. Divisé el final de un camino, o el abismo en el medio de él, invitándome a mirarlo, tentándome a sortearlo.

Entonces nos alejamos, prometiéndonos no olvidarnos jamás. Le creí como siempre. Ella también lo hizo y me besó tocándome el rostro para bajar la mirada después.

Desde entonces me dediqué a imaginarla. Como un ciego imagina el mundo. La imaginé caminando descalza sobre la hierba, respirando el aire matinal de algún rincón virgen del universo, acariciando con la punta de sus dedos las hojas de los árboles y elevando su mirada hacía el azul-púrpura de un cielo protector como el de Bowles. La vi perdida entre la multitud, caminando con dificultad junto a otros miles de rostros sin nombre, esquivando audazmente el tránsito vespertino en un intento desesperado por llegar a casa, a su hogar... y la vi entonces atravesar un umbral y caminar parsimoniosamente sobre baldosas flojas de un patio interior, la vi agacharse para acariciar a su perro y la contemplé mientras desnuda se sumergía en la tibia agua de una bañera blanca.

Grabé en mi memoria cada uno de sus rasgos, sus ojos transparentes, la textura de su piel, su sonrisa impostergable. Traté de borrarla, barajar y dar de nuevo, pero reincidía como en un vicio añejo. Mi mente la observaba de nuevo, entonces, y volvía a imaginarla en mil y un lugares diferentes, pero siempre a una sola, siempre a ella, siempre a sus ojos oscuros y sus colores brillantes. Y siempre sola.

Absolutamente sola.

Pintura: "Amor Vincit Omnia" del Caravaggio

lunes, 29 de junio de 2009

La verdad de las musas

"No sé si podré librarme de esta. Resulta que no sé si podré salvarme de esta. Sanarme de esta”

El corazón sobre todo - Estelares


¿Quién comprende a las musas? ¿Cómo llegar a ellas? ¿Cómo identificarlas cuando arriban? Esas diosas mitológicas que parecen colarse en nuestras vidas fueron siempre un enigma para mí. Su presencia, etérea y sutil, pareciera estar destinada a modificar nuestra existencia, en un plano que excede el terrenal y que convierte sus secuelas en una marca indeleble e imperecedera. No podemos controlarlas y eso las dota de un cautivante misterio. Nos enamoran, nos moldean a su antojo y retozan en nuestra fascinación. Algunos se permiten crear impulsados por las sensaciones, otros, simplemente contemplan impotentes cómo la sangre que brota de las heridas salpica todo alrededor.

Esas marcas definitivas, son el móvil de un trabajo descomunal. Stephen Daldry continúa su obra en la misma tónica que utilizara en la maravillosa “Las Horas”, creando con “El Lector”, una cinta de aroma clásico, soberbia ambientación y un guión sin fisuras. Un romance intenso entre dos desconocidos, separados generacionalmente pero unidos por los designios indescifrables del sentir, dan pie a una historia en la que se pondrá a una de las partes ante la encrucijada de seguir los dictados del corazón o someterse a las leyes del hombre. La moral por sobre los sentimientos, el deber por sobre el querer, una historia repleta de secretos, donde el que parece más ínfimo termina por ser el más revelador.

Las más de dos horas de filmación se deslizan parsimoniosas, pero sin zozobras, basándose en un guión bien concatenado y una fotografía exquisita, la historia de amor nunca se hunde en las tentadoras mieles de la cursilería y camina con paso firme hacía el núcleo del argumento, permitiéndose apuestas victoriosas como licencias anacrónicas que rompen lo lineal y tan sólo suman porotos al trabajo de un David Hare, quien se confirma como uno de los mejores guionistas contemporáneos, adaptando siempre con buen tino, obras complejas a la pantalla grande.

La cinta suma otro punto a favor merced a las magníficas interpretaciones de sus protagonistas, especialmente la que surge de los zapatos de una Kate Winslet que no deja de sumar papeles inolvidables, alejándose cada vez más del soso y sobrevalorado personaje de la hipertaquillera Titanic. Hablar de Ralph Fiennes sería redundar sobre un actor cuyos pergaminos hablan por si mismos. El inglés vuelve a imponer su presencia, en este caso con un bagaje dramático encomiable, y se erige hacia el final de la película como “el hombre que dejó la historia”, una persona herida, sensible e incapaz de olvidar. El trinomio protagónico lo completa el joven David Kross, quien a pesar de no contar con las espaldas de sus compañeros de reparto, está a la altura de las circunstancias, con una actuación sólida y comprometida.

Todo lo antedicho conforma cualquier cosa menos una película más. “El Lector” es una obra de arte finísima, de un acabado riguroso y metódico. Estricta desde lo argumental, bella desde lo visual y con un altísimo nivel interpretativo. La cinta ataca sin piedad al espectador aburguesado, poniéndolo frente a una historia difícil de digerir, de aristas que cuestionan la moral y justifican hasta el más tórrido accionar, sin alinearse con una ideología, sino intentando desentrañar lo que lleva al hombre común a recorrer ciertos caminos. El trabajo de Daldry está llamado a ser una cinta indispensable para los amantes del género.

“El Lector” inspecciona las heridas profundas que el tiempo cierra pero transforma en cicatrices indelebles, como un recordatorio de lo que fuimos, de lo que somos, de lo que seremos. Nuestra vida signada por la vida de los otros, por nuestro pasado, ese que configura nuestro presente, moldea nuestros corazones y es la génesis misma de nuestros demonios personales. La verdad de las musas, esas que aparecen cuando menos las esperamos, convirtiendo todo lo que conocíamos en un terreno virgen, presto a ser explorado.

lunes, 22 de junio de 2009

Revelaciones

Veo su cuerpo embutido en unas medias negras inclementes. Intento sin éxito controlar mis ojos (luego se lo diría) y me someto al protocolo. Aplacar la locura forma parte de encajar, entonces lo hago, apático pero conciente. Saludo sin dejar de sentirme un pelotudo y busco nervioso una canción mientras pienso algo lo suficientemente divertido e inteligente para decir. No lo consigo, pero ella habla y desinflama un lóbulo frontal a punto de explotar.

El resto es humo, alcohol y revelaciones. La escucho y tiemblo hasta que decido besarla, o me obligo a hacerlo. Rompo el muro, lo atravieso no sin esfuerzo y llegó hasta ella. Me recibe y, condenado a la obviedad, me sorprendo en la noche de las sorpresas. En cada beso apoya sus manos en mis mejillas, como enmarcándolo, perpetuándolo. Siento su lengua, húmeda y delicada, rozar la mía como un bálsamo. La abrazo, intento no pensar y por un momento lo consigo. Me pide que me quede con ella. Se lo juro. Su piel es la perfección. Me desintegro, mis huesos se pulverizan y la piel cuelga como una masa sanguinolenta con una sonrisa macabra. El corazón sale al exterior. Ella lo toma entre sus manos y lo observa, diáfana y noble. Lo guarda. No le pido que me lo regrese.

Vuelvo a besarla, interminablemente. Por la ventana la luz del día comienza a romper las pelotas. Vuelve a pedirme que me quede con ella… no tengo intenciones de irme. Entonces de sus labios turgentes, lascivos, eternos y desnudos brota la invitación única.

Me doy cuenta que estoy condenado al destierro. Abro los ojos mientras intento alejar el sopor de las feromonas. Quizás no vuelva a verla nunca. No lo soporto. No con ella. No después de tanto esperar. Toco su pelo y beso sus pechos exquisitos, entonces le digo que tengo que irme. Abre los ojos, entiende todo en un segundo (siempre lo hace) cobra dimensión de lo que representa realmente. Planteos demodé parecen perseguirla. Me incorporo y mientras me visto me decido a escapar. Subyugo el deseo y por primera vez en mi vida me permito sentir.

Es entonces cuando me contrae una súbita introspección. Había estado vacío. Mi cuerpo era una coraza repleta de órganos que funcionaban por la bendita acción de una naturaleza que no comprendía. Mi cerebro había pensado hasta el hastío, estaba agotado, turbado, carente de cualquier noción real.

Y pierdo todo. En un segundo, pierdo todo.

¿Era así como se sentían quienes lograban enamorarse? Recordé mis hipótesis y me avergoncé de elaborarlas sobre una noción que me había sido tan ajena. Descubrí la injusticia y la desesperación en ese momento. Me percaté, que no había vivido hasta entonces, que todo se trataba de un burdo e imperfecto vodevil. De una puesta en escena. Comprendí el estúpido accionar de los hombres –esos mismos que me llenaron de indignación- y lo justifiqué. Estaba dispuesto a entregar mi alma a cambio de un minuto con ella. No había motivos, ella no había hecho más que aceptarme para rechazarme luego. No me importaba. Nada importaba más. No buscaba lógica, estaba cansado de buscar lógica. Quería sentir.

Es todo lo que recuerdo.

Ilustración: "Wild Horses" de Ron Wood.

lunes, 8 de junio de 2009

"Mis shows en solitario sirven para despuntar el vicio"

Entrevista que le realicé para el diario a Manuel Moretti (cantante de Estelares) con motivo de su visita a mi provincia. Dio un show maravilloso que sólo fue apreciado por unos cuantos, entre los que suscribo.

Las rutas son numerosas y los kilómetros incontables. Esos, los recorridos por Manuel Moretti y Estelares desde que la banda, allá por 1996 comenzaba a sonar con una propuesta distinta en una escena musical donde el “rock chabón” reinaba sin una oposición verdadera. Las guitarras, atacaban los oídos achanchados aliadas con un lirismo delicado, de una profundidad que viajaba por la melancolía más pura, impulsada por las pulsaciones de un corazón en constante búsqueda.

El tiempo se encargó de poner a Estelares en su lugar. Atosigado por una prensa que lo requiere como nunca antes, nos atiende con la urgencia de los artistas solicitados “llámame ya, que hacemos la nota antes que sea más tarde” sentencia, y después se queja entre risas “desde que salió el disco nuevo no paro de dar notas, no tengo vida, pero es terriblemente placentero”.

Manuel alterna sus presentaciones con Estelares con shows acústicos y alternativos que realiza en distintos puntos de todo el país. “Es despuntar el vicio, estos shows tienen un trato más íntimo, salgo a cantar canciones que no se grabaron, que se tocaron poco con Estelares. Incluso a veces canto tango o toco el piano. Escapa a la dinámica del grupo”.

La mañana del aviador y un diario de canciones

Una prolongada espera entre la grabación del disco “Ardimos” de Estelares, llevó a Manuel a grabar un disco en solitario. El nombre elegido fue “La Mañana del Aviador”, trabajo que él definió como “un diario de viaje, más que un trabajo solista”.

“Estaba urgido porque demoraba en salir “Ardimos”. Tenia la urgencia por mostrar todo lo que tenía y lo hice en todos esos demos. Lo del diario de viaje, era como una idea, pero en este caso era como un diario de canciones, que armaba por quincena o por día, o por mes…”.

Esta situación de espera interminable es ahora parte de un pasado reciente, y lo que antes era un trabajo ciclópeo en pos de plasmar en un disco sus canciones, se convirtió prácticamente un trámite -al menos desde el punto de vista burocrático- en un mero favor de un mercado que los acogió como hijos pródigos tras condenarlos durante años al destierro.

Pero, ¿cómo maneja la masividad Estelares tras tantos años en los escenarios under? “La verdad que lo disfruto tranquilo. Por suerte, es como que las canciones han llegado a oídos nuevos, andamos de gira, y eso está buenísimo. Y como para nosotros sigue siendo nuestro trabajo, nuestro ámbito, nuestro lugar… eso hace que la popularidad se torne mucho más placentera”.

Un nuevo disco, una nueva temporada

“Una Temporada en el Amor” es mucho más expansivo, asegura Manuel para luego llamarse a un silencio breve, como meditando cuales serían los apelativos correctos para definir al flamante trabajo de Estelares. Me parece que es más profundo –aunque no estoy muy seguro de quien define la profundidad- es más cargado, más riguroso, nos metemos mas en otros colores, tanto a nivel letras como a nivel musical. “Sistema Nervioso Central” era muy directo, una trompada, como “Wadu Wadu” de Virus. En cambio en el disco nuevo se pueden encontrar momentos intimistas, canciones actuales y otras que se hicieron en el “menemato”, como “Un Viaje a Irlanda”.

Estelares se presentó por primera vez en Santiago del Estero en noviembre del año pasado. El show tuvo una muy buena repercusión, que permite que ahora, Manuel Moretti regrese. El profundo arraigo folclórico de la provincia, es un tema que no es ajeno a la música de un músico versátil, que reconoce el aporte a la música argentina de figuras como Don Sixto Palavecino. “Mira, cuando era chico escuchaba folclore en radio AM, aunque no lo tengo concientizado. A mí lo que me gusta de una canción es la melodía y la armonía. Sé que hay enormes canciones del folclore y la división ternaria que tiene –como el tango- yo la utilizo mucho. Un santiagueño una vez me hizo escuchar sus canciones y recuerdo que me gustaron muchísimo, hay grandes folcloristas, como Atahualpa Yupanqui y don Sixto Palavecino.

Sobre lo que se viene, Manuel sabe que las largas gira son ineludibles "para nosotros, es placentero, presentando el nuevo disco vamos a rotar por todo el país, Rosario, Córdoba, Comodoro Rivadavia, y esperemos que Santiago también, e incluso una salida al exterior. Eso es lo que se viene para Estelares”.

El futuro para la banda se abre promisorio tras años de una lucha en la que la música fue la principal arma. Esa nobleza artística, parece continuar siendo el principal bastión en el que el grupo sostiene su éxito, más allá de un entorno donde su brillo resalta como todo lo distinto, como un fulgor, como un objeto celeste, como una figura estelar.

lunes, 18 de mayo de 2009

Al filo de la navaja

“Theres fighting on the left, and marching on the right
Dont look up in the sky, you`re gonna die of fright
Here comes the razors edge
"The Razor`s Edge" – AC/DC

Creo que a esta altura todos los fanáticos aprobaron a Jackman como Wolverine. El australiano logró, a lo largo de la trilogía X-Men convertirse en el carismático personaje de los comics, centrando la atención del público sobre su figura, a tal punto, que el primer “X-Men Origins” está, lógicamente, dedicado a él. Y es que más allá de una cuestión de marketing (Wolverine es uno de los personajes más populares entre los consumidores de historietas, al nivel incluso de Spiderman o Batman) la interpretación del mutante con garras fue de las más destacadas en las películas pretéritas. Eso, y una visión comercial destacable dieron como resultado la que es, junto con X-Men 2, quizás la mejor obra del universo mutante llevada a la pantalla grande hasta el momento.

La cinta propone y el espectador acepta. Con un guión vertiginoso y plagado de escenas de acción, que generan una idea general del origen del personaje -del que hasta hace pocos años se sabía sólo por un par de (muy buenos) comics- la dupla de guionistas compuesta por David Benioff y Skip Woods lleva adelante los primeros días del mutante, matizando la trama con la aparición de una avalancha de personajes, algunos mejor logrados que otros, pero que da gusto ver en la pantalla grande. El director Gavin Hood sigue al pie de la letra las directivas del manual de instrucciones. No pierde demasiado tiempo en la infancia de Wolverine y no torna tediosos los pasajes que relatan su vida “normal” antes de convertirse en un hombre x. Va directamente a la acción, a las explosiones y la adrenalina, al impacto, conciente que tiene entre sus manos un material inestable a punto de estallar, y que debe sacar provecho de eso.

Liev Schreiber interpreta a un Sabretooth que termina siendo (muy a pesar de los fanáticos que renegaron de su pelo corto y aspecto humanizado) un personaje destacable y a la altura de las circunstancias; un asesino que no sólo impacta por sus garras y colmillos sino por su radical falta de empatía y su brutal sadismo. Su relación con Wolverine atrae la atención del espectador, que encuentra entre estos supuestos hermanos una historia aparte y por demás atractiva.

Los realizadores se toman algunas licencias con el aspecto y la esencia de los otros personajes. No es el caso de Gambit (uno de los personajes más reclamados por los seguidores de la saga) o el globuloso Blob, quienes tienen un aspecto muy bueno, pero si del Agent Zero y sobre todo, de Deadpool. El hilarante mutante mercenario es utilizado como un conejillo de indias para dar forma a un experimento amorfo cuyo único objetivo es generar una batalla digna con Wolverine y que insólitamente, tiene su boca sellada… justo el arma más peligrosa de un personaje, que de haber sido bien utilizado podría haberle sumado muchos puntos al largometraje.

Hacia el final de la película se evidencia lo que es quizás el punto más flaco de la producción. La necesidad ineludible de dejar un Wolverine amnésico, hace a los guionistas tropezar con el último escollo. Pero ese, es un detalle que no tiene incidencias irreparables en el resultado final.

En resumidas cuentas este nuevo emprendimiento de la Marvel (que ha demostrado que se pueden realizar muy buenas películas con superhéroes como personajes centrales, me remito a los últimos casos de Iron Man y Hulk) si bien no llega a ser una gran película, se transforma en un debut promisorio para las cintas que extenderán la saga mutante. “X-Men Origins: Wolverine” no tiene un tratamiento profundo desde lo argumentativo, pero si impactante desde lo visual. Los minutos transcurren céleres y la cinta en ningún momento se torna aburrida. Así, la saga mutante continúa adelante, sin demasiados brillos, pero con películas correctas… caminando sin pausa, siempre al filo de la navaja.

jueves, 7 de mayo de 2009

La Opción Alternativa

Una realidad social que todos pensaron terminada junto con la dictadura que gobernó Santiago del Estero durante años, parece ser la razón principal para que los medios de comunicación masiva se carguen de elementos condicionantes en órdenes de cualquier tipo.

La censura es el recurso favorito. Las autoridades de los medios son el organismo regulador y camuflan sus impiadosas amputaciones como un célere y efectivo escuadrón antibombas, surgiendo sigilosos para desactivar el explosivo en el texto o limpiar de pólvora el discurso.

La estrechez de pensamiento y la falta de compromiso son el resultado de velar por el pensar del jefe o por la prosperidad de la empresa a la que pertenecemos. Cobramos el sueldo al día, y eso es importante. Allá afuera es un pandemónium pero aquí adentro se está muy confortable. “Los sueños de cambio y de justicia social son para jóvenes ilusos que todavía se sujetan a esa entelequia de un mundo más justo, hijo, te lo digo yo que de esto sé y mucho. Otro café mozo, por favor”, instruye el editor al joven periodista, en una cadena voraz e interminable.

Ante ese dibujo tan triste como innegable, surgen los medios alternativos de comunicación. Es éste el lugar donde quienes otrora vieran los intentos de transmitir su visión de la realidad incomprensiblemente purgados, pueden expresarse con una libertad que todo periodista debería anhelar sin miedos ni vergüenza.

La actualidad de los medios en el ámbito nacional parece encontrar un remanso de aguas tranquilas en esta opción, una opción alternativa, calificativo no del todo feliz si consideramos que tal vez los medios hegemónicos deberían ser quienes procuren darle un techo a movimientos que en mayor o menor medida promuevan el crecimiento cultural de quienes los consumen. O al menos buscar que la veracidad sea uno de los soportes principales de su accionar, transmitiendo a quien recibe el mensaje algo más que un simple pasquín político. Ya todos sabemos la indudable utilidad del papel periódico para limpiar la mugre que queda sobre la mesa tras un opulento banquete. Ríase de los detergentes señora.

Y aunque las intenciones sean loables los intereses contrapuestos dan siempre por ganador al poderoso, bienvenidos al mundo real, la misión de eludir la barrera que suponen editores poco escrupulosos es casi tarea de un mago, y de uno muy hábil por cierto.

Desplazados por los grandes medios, un lugar en el cual poder propagar el arte, opinar libremente y dar a conocer una construcción de la realidad lo más veraz posible –la subjetividad siempre está allí, como un heraldo invisible- debe ser ponderado como tal. La libertad de expresión es un derecho común a todos los hombres y, no obstante, reprimido por quienes lo entienden como el peor de los enemigos.

El consumo de productos frívolos y banales de los medios instaurados sirve para mantener a los pueblos dormidos. Un contenido enriquecedor implica a un hombre pensante, que elude la alineación y va al choque, sediento de conocer lo que realmente ocurre detrás de las concretas paredes que nos separan de quienes manejan aspectos relevantes de nuestras vidas. La función de los medios alternativos no se limita a entretener a su audiencia, sino a movilizarla, a ser transmisores de cultura, ofreciendo algo más que los datos del tiempo.

Hemos sido testigos, de quienes han conformado su censurable imperio utilizando a los medios de comunicación como piedra basal de sus propósitos. Con este triste antecedente sobre nuestras espaldas, el llamado a la reflexión debe ser constante y cabal. Los medios alternativos, quizás sean una sólida trinchera desde la cual resistir... y contraatacar.

* Ilustración: Darick Robertson, del comic "Transmetropolitan"

miércoles, 15 de abril de 2009

¿Quién dirige a los directores?

Contextualicemos: Watchmen es originalmente una historieta escrita por Alan Moore y dibujada por Dave Gibbons. Fue publicada en 1985 por la editorial DC en 12 números individuales que representaron el comienzo de una era de cómic de autor, en el que la rigurosidad estética y narrativa cobraban un papel protagónico que le daba al género el titulo –casi nobiliario- de “Novela Gráfica”. La obra logró llamar la atención de sectores que hasta entonces habían mirado a la historieta con cierto escepticismo, gracias justamente al hecho de haberla convertido en un ejercicio de lectura más complejo.


El trabajo argumental corrosivamente político, narrativamente estupendo y rico intertextualmente, encontraba en Gibbons el aliado perfecto, un dibujante soberbio que ensalzaba con sus trazos la profundidad asombrosa a la que Moore sometía a sus personajes. Es por eso que Watchmen es, ante todo, un cómic maravilloso, que me atrevo a recomendar y a colocar entre las principales obras realizadas para ese medio de expresión artística.


La adaptación de Watchmen al cine, llegó tras un sinfín de desacuerdos, con trabas legales de por medio que demoraron una película muy esperada por los fanáticos y fueron el presagio de un largometraje que no hace honor ni por asomo a la obra original. Incluso el mismísimo Alan Moore se negó a aparecer en los créditos (al igual que con “V de Vendetta”, también de su autoría) antagónico radical a la ideología hollywoodense y detractor del trabajo del director Zack Snyder, a quien desmembró por su trabajo en “300” –otra película basada en un cómic- a la que caratuló de "racista, homofóbico y soberanamente estúpido".


Pero lo cierto es que la película, para bien o para mal, se hizo. Y los presagios de que un trabajo de tal complejidad era imposible de adaptar a la pantalla grande parecen haberse cumplido. Si bien la historia no sufre mutilaciones, la película desperdicia torpemente pasajes maravillosos de la historieta, con gestos de un mal gusto notable que responden a una necesidad bastante estúpida de congeniar con el fanático acérrimo y con el espectador ocasional. El resultado es tibio. Esa tendencia de alinearse con dios y con el diablo termina dando tumbos en un terreno endeble, donde el concepto primario de Moore no se refleja más que como un tenue resplandor.


La trama propone una historia con varios protagonistas. Personajes que al mismo tiempo, representan un mundo por si mismos. Dotados de un carisma riquísimo, cada uno de ellos son engranajes indispensables de una maquinaria pensada rigurosamente. En la práctica audiovisual Snyder consigue caracterizaciones muy logradas en algunos casos, y otras que caen bajo el peso de las falencias interpretativas de sus actores.

Los puntos más altos son Rorschach, un sociópata oscuro, huraño y de moral adamantina cuya caracterización es fabulosa tanto por el parecido físico del héroe enmascarado y su alter ego como por la gran actuación de Jackie Earle Haley; y el Dr. Manhattan, un ser sobrenatural, apolíneo y omnipotente y el único héroe con superpoderes de toda la historia. El Comediante es también uno de los personajes destacados, principalmente por su caracterización y la capacidad de los vestuaristas y maquilladores de mutar su aspecto a través de las décadas, en los constantes flashbacks que acompañan el argumento.


Malin Ackerman demostró por qué es una exitosa modelo. Su descenso de las pasarelas permitió vislumbrar a una actriz de muy poca ductilidad para interpretar a una Silk Spectre con pasajes que en ningún momento lograron ser cubiertos con las dos o tres expresiones que la espigada sueca fue capaz de realizar. Por su parte, el Búho Nocturno poco se parece al héroe rechoncho que camina las viñetas del cómic, en este caso, Snyder apuesta por un verdadero héroe de acción, con un traje a la medida de las exigencias de la pantalla grande, que por impactante, no deja de desvirtuar la idea de Alan Moore. Ozymandias se muestra siniestro y oscuro desde su primera aparición, situación que si bien le resta incertidumbre a la resolución de la película, al menos hace más interesante a una interpretación vacua, flácida y de una frivolidad exasperante.


Los momentos del cómic surgen concatenados con cierta fidelidad, con algunas licencias que son aceptables y otras inadmisibles. La constante necesidad de hacer hincapié en temas que son tratados con sutileza en la historieta, revelan el mal gusto de un guionista empecinado en hacer de una disfunción sexual una suerte de epifanía religiosa, repitiéndola una y otra vez como un adolescente que acaba de descubrir la voluptuosidad y la busca terco y empecinado en saciar sus instintos más primitivos. Pero la herida más profunda que posee la película como adaptación, es la modificación arbitraria del final de la historia. Si bien la situación es prácticamente la misma, el concepto se pierde detrás de cambios que están lejos de ser detalles. Anular la idea de una “amenaza exterior” que unifique la tierra para luchar contra un mal común, para reemplazarla por una catástrofe nuclear que genere empatía y solidaridad entre naciones divididas política e ideológicamente, es una utopía mucho menos creíble que la que propone Moore en la historieta.


La cinta gana algunos puntos desde lo visual, con una ambientación bien trabajada y la correcta reconstrucción de los escenarios dibujados por Gibbons, sin embargo, por momentos los efectos especiales dan la sensación de que podrían haber sido mejor trabajados, sobre todo durante el exilio del Dr. Manhattan en Marte. Nobleza obliga, son esos mismos efectos los encargados de dar vida a postales maravillosas, como la nave del Búho Nocturno emergiendo de las profundidades, o la fortaleza antártica de Ozymandias, delicias visuales para retinas ávidas.


Snyder reproduce algunas viñetas del comic como en una fotocopia, lo cual también es una experiencia visual agradable, especialmente en los tramos iniciales de la película. Sin embargo, esa tendencia comienza a desaparecer con el correr de los minutos, desembocando en un callejón sin salida al nos llevan los caprichos estéticos de un director cuya debilidad parecieran ser las coreografías pretenciosas y que por momentos se olvida que Watchmen es muchas cosas, menos una película de acción.

En definitiva, es probable que la cinta sea agradable para los amantes de la ciencia ficción que no hayan leído el cómic, como una historia de aventuras sin un discurso político intrincado que llame a la reflexión o una obra compleja y comprometida. Sin embargo, quienes conocen la novela gráfica, probablemente noten que Watchmen, la película, es el corolario de un acto fallido conocido con antelación.

jueves, 2 de abril de 2009

Tiempo al tiempo

Como si se tratase de una versión moderna -y financiada- de “El Increíble Hombre Menguante” (algunos recordarán esa bizarra película del director de cine clase B, Jack Arnold, en la que un hombre notaba como su cuerpo iba reduciéndose lenta, pero incesantemente) la última película de David Fincher presenta la historia de un hombre cuyo reloj biológico trabaja a la inversa, es decir, es un geronte sordo e inválido al cumplir los 5 años, y comienza a sufrir los avatares del acne bordeando los 70. Sin embargo, su cerebro se alinea con el tiempo convencional, por lo que su aspecto no marcha en consonancia con su proceso madurativo.

En ese contexto que bien podría enmarcarse en una suerte de “realismo mágico”, se moldea una película de una producción monstruosa. Un montaje impresionante que se complementa con un vestuario y un maquillaje estupendo y una ambientación infernal, que muta con el correr de los minutos mostrando la modernización de un mundo globalizado, con detalles que conforman un producto terminado admirable, de un trabajo riguroso, consecuente y destacable.

Fincher nuevamente convocó a su actor fetiche para protagonizar su proyecto más ambicioso. Brad Pitt viaja marcha atrás a través del tiempo demostrando (como si lo necesitara) que es un actor de raza, y no necesita ampararse detrás de otros dotes que afortunadamente, no impiden vislumbrar su talento. Su personaje es cálido pero repleto de cicatrices, que por dolorosas, no dejan de contribuir a la humanidad de Benjamín Button.

Cate Blanchett es la dama de turno, e interpreta su papel con el carisma de siempre: esplendida, atractiva, etérea e irresistible. Sin dudas la australiana es una de las mejores actrices del universo Hollywood actual y va camino a transformarse en un clásico. Su belleza no opaca sus dotes indiscutidos para el drama, que sumado a un encanto envolvente la transforman en una artista deslumbrante.

Y la película encuentra un eje justamente en la relación entre Pitt y Blanchett, desprendiendo de ella interesantes alternativas que generan una red de pequeñas historias y experiencias dentro del guión general, como la deliciosa relación de Benjamín Button con el personaje que encarna la siempre genial Tilda Swinton, o la ironía que implica ver a un hombre que rejuvenece, vivir en un hogar de ancianos, mientras todo muere alrededor.

Quizás el tenor dramático de la cinta se diluya durante los pasajes (intercalados con la historia principal) en los que una moribunda Blanchett revela a su hija los secretos de este hombre al que el paso del tiempo rejuvenecía. La actuación de Julia Ormond como hija de ambos es vacua y carente de profundidad, y sólo le resta fuerza al argumento, a pesar de las estimables intenciones del guionista Eric Roth de generar perplejidad en un espectador, que como un arquero bien entrenado, ve venir todas las supuestas sorpresas. No obstante esa fisura, el trabajo de Roth es loable y esa “dicotomía moral” que por momentos propone la pareja principal es trabajada con sutileza e inteligencia, alejándolo de odiosas comparaciones con sus trabajos pretéritos (como Forrest Gump, donde todo parecía impregnado por un tufillo fascista) y dotando de fuerza el relato.

“La vida se vive en momentos” reza un mensaje final que no intenta ser subliminal y que es reflejado de muy buena forma durante la cinta. La frase no aparece como un corte longitudinal sino que va barrenando el argumento y llega hasta el ocaso de la historia con una fuerza particular. Uno no puede evitar coincidir con algunas facetas de los personajes, que dejan entrever con sencillez pero profundidad aspectos inherentes a la condición humana, desde la evasión de la responsabilidad hasta la condición maleable de los sentimientos y su relación directa con la vida, la muerte, y el tiempo, protagonistas centrales y excluyentes.

martes, 24 de marzo de 2009

Entrevista a José Ernesto Schulman: "Para vencer la impunidad en Argentina, no alcanza con gestos"

José Ernesto Schulman, uno de los sobrevivientes de la última dictadura y actual miembro de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, expresó sus sensaciones a 33 años del gobierno de facto. El activista reconoció el interés del gobierno por avanzar sobre el terrorismo de Estado pero subrayó la carencia de una estrategia, y de voluntad política para enfrentar sectores “muy poderosos”.

Fue uno de los tantos argentinos secuestrados por miembros del gobierno de facto que estuvo al frente nuestro país. Sin embargo, su historia se alinea con la minoría que logró sobrevivir del genocidio que tuvo lugar en Argentina en la década del 70. Actualmente, se desempeña como secretario de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre, además de ser un destacado ensayista en torno a la problemática.

Consultado por Radio Panorama, al cumplirse 33 años de la dictadura –hecho que el país recordó con marchas y actos en todo el territorio nacional- Schulman manifestó que para quienes vivieron el terrorismo de Estado, en un día así “pasan cosas, racionales e inconcientes”.

“Yo fui secuestrado un 12 de octubre y sistemáticamente desde entonces en esa fecha me pasan cosas. El 24 de marzo es un día en el que se concentran muchos recuerdos, pero yo lo vivo como un día de victoria, nosotros nos sólo sobrevivimos físicamente sino como personas y seres humanos. Actualmente, el sector de la sociedad que sabe que hubo un genocidio y que nos acompaña en la lucha contra la impunidad es infinitamente mayor a la existente el 24 de marzo del 1976”, manifestó.

Schulman consideró que el recuerdo representa “un día interesante”, aunque consideró que el feriado “no ayuda al debate”.

“Al menos las personas se movilizan en actos, marchas y eventos, yo hubiese preferido que haya una sola, pero lamentablemente las diferencias secundarias se imponen sobre lo principal. Eso es un problema profundo y colectivo del movimiento popular argentino que nunca se dio maña para distinguir entre lo principal y lo secundario”, expresó.

La lucha contra la impunidad

En los ensayos que ha escrito sobre la problemática, (entre ellos “la banalización del ‘Nunca Más’ durante la democracia kirchnerista”) Schulman se encargó de expresar que considera a Jorge Julio López como el desaparecido 30.001. No obstante haber sido consultado sobre este hecho particular, el activista consideró indispensable pensar el “problema en su conjunto”.

“Hay que tratar de pensar el problema en su conjunto. Logramos derrotar las leyes de impunidad y los decretos de indulto, tuvimos fuerza como para reabrir las causas pero evidentemente ni el poder Ejecutivo, ni el Legislativo ni la Corte Suprema tenían la menor idea de lo que estaba pasando, ni mucha voluntad para avanzar. Las causas no están diseñadas ni planificadas, no hay una estrategia para avanzar y hay una falta de simetría entre el objeto a investigar -que es el genocidio- y el instrumento que se utiliza para hacerlo, que es el Código Penal clásico en la Argentina”, destacó.

Schulman consideró que esas condiciones “abren un espacio fantástico” para que la defensa de los represores “meta chicana jurídica, empantane y demore”, expresando que no existe una base “que el Legislativo podría haber diseñado hace años”.

“Aún no hay indicios de que se quiera elaborar un plan. El que organizó el terrorismo fue el Estado, por lo tanto hay que juzgar el terrorismo de Estado tal como el Estado lo organizó, por áreas militares, por subzonas militares, con comandancias muy claras, con cadenas de mandos. El Estado argentino estaba articulado a la Junta Interamericana de Defensa, que estaba bajo el comando operacional del ejército de Estados Unidos. Por eso es que no es muy difícil vislumbrar lo que hay que juzgar”, sentenció.

Asimismo, expresó que al no haber voluntad política “se juzgan casos aislados y se pierde de vista el hecho real”.

“Aquí no ocurrieron 5 mil o 30 mil asesinatos aislados, sino un genocidio, el exterminio de un grupo nacional para reorganizar radicalmente un país. Eso es lo que no se quiere juzgar, por eso se demora, permitiendo -sobre las bases de las relaciones de los represores y la parte del aparato estatal que les responde- que ocurran situaciones como la de Jorge Julio López”, explicó.

Schulman aseguró que Felipe Solá expresó a integrantes de la Liga Argentina por los Derechos del Hombre que detrás del secuestro de López estaba la bonaerense (por la policía) “pero nos dijo que no le pidamos que meta mano ahí porque no quería desestabilizar la provincia de Buenos Aires. Yo creo que esa idea es la tienen los gobernantes nacionales”.

Una actualidad diferente

Si bien las nociones para llevar adelante políticas que procuren el castigo de los responsables del genocidio suscitado durante el gobierno de facto, no son las idóneas para Schulman, él mismo consideró que en la actualidad el país sufrió “cambios importantes, el gobierno actual manifestó una voluntad de avanzar sobre el tema que no tenía ni Menem ni De La Rúa

Finalmente, manifestó que “el problema es que esa voluntad no está planificada ni organizada, y vacila ante la primera resistencia de la derecha. Para vencer la impunidad en Argentina no alcanza con gestos, hay que enfrentarse a fuerzas muy poderosas, y ahí es donde vemos que no hay voluntad política”.

“Nosotros nos sentimos más reconocidos que nunca, y en esas condiciones esperamos poder combatir la impunidad. Aquí no hay medias tintas, o uno va contra los represores a fondo o no va”, concluyó.

Por Silvio Pratto
Para Diario Panorama

jueves, 12 de marzo de 2009

Estereotipos lácteos

De un tiempo a esta parte, la realización de películas biográficas ha reflotado con una fuerza particular. Los resultados son disímiles y la fuerza de atracción de las figuras que se intentan retratar por momentos puede ejercer un proceso de validación, similar a aquel del que hablaba Foucault, en referencia al orden del discurso, en este caso, aplicado a la obra o las características particulares que hacen a una figura, lo suficientemente importante como para que su vida, obra o historia sea reflejada en la pantalla grande.

Con “Milk” Gus Van Sant vuelve a demostrar su afán documentalista. Así como en la formidable “Elephant” el director norteamericano apuntó sus cañones digitales hacia un hecho histórico como la masacre de Columbine, en esta película centra su atención en la figura de Harvey Milk, político y activista gay norteamericano; y primer funcionario en asumir un cargo público asumiendo abiertamente su condición sexual.

Así, con la leche en el fuego, Van Sant comenzó a gestar esta biopic de tintes pluralistas. Sin maniqueísmos –que se esperan, cuando las sanas intenciones de no demonizar a un sector o persona particular se tornan demasiado evidentes- y con lo dicho, claras intenciones abarcativas e integradoras… propósitos que se diluyen con un mensaje político no lo suficientemente corrosivo, aunque en honor a la verdad, algo ácido e intenso.

Y es que la cinta no pretende que el espectador se alinee con la causa gay, sino que reflexione a partir de la absorción de argumentos plausibles. Así, el mástil que sostiene a la bandera multicolor –como una metáfora fálica involuntaria- revela un mensaje claro: si bien la problemática gay gira en torno al libre albedrío sexual, el sexo no gira en torno a la vida de una persona homosexual. El sencillo concepto de que el sexo para un gay representa lo mismo que para un heterosexual, es abordado nuevamente, con la terca convicción de que los cerebros pacatos serán capaces de entender que detrás de todo ese telón genital, hay personas con vidas que no son devoradas por una libido insaciable, sino más bien, como las de cualquier ser humano al que le gusta sentarse a mirar televisión después de cenar.

Lo curioso, es que a pesar de construir este verídico escenario, la gran fisura de la cinta es la innecesaria construcción de la identidad gay desde un estereotipo, ese que muestra a Harvey Milk como un amante de la ópera, impresionable, soñador y amanerado hasta el hastío, recurso que tan sólo exacerba una sensiblería útil a los fines de sumarle dramatismo a la cinta, pero que se transforma en un molde que hace del universo queer un espacio plagado de lugares comunes.

Por eso Sean Penn en ningún momento fagocita la película. Su actuación es excelente, como se preveía –teniendo en cuenta sus pergaminos- pero dista mucho de ser la mejor de su carrera. La figura de Harvey Milk, es retratada con una rigurosidad mentirosa, que se evidencia en el intencional parecido de los actores con las verdaderas personas (Penn utilizó una nariz postiza para lograr un parecido físico aún mayor) y se apoya demasiado en el documental precedente sobre la vida del activista.

En cuanto a los personajes secundarios, James Franco y Emile Hirsch generan interpretaciones mucho más sutiles y trabajadas que las de un Josh Brolin injustamente nominado a mejor actor de reparto, un Diego Luna que como gay latino perdido y obnubilado repulsa con su insoportable patetismo, y de una Alison Pill que lleva adelante un papel sin ningún pasaje destacado. Todos ellos conforman el séquito activista que siguió al político californiano en su cruzada por los derechos civiles de los homosexuales, durante el férreo movimiento de liberación sexual vivido en San Francisco en la década del 70.

El guión de Dustin Lance Black tiene interesantes recursos narrativos, con el protagonista oficiando por momentos de narrador y con algunos flashbacks muy oportunos. Además, hay un interesante trabajo intertextual, reproduciendo los videos originales en los que se anuncian los asesinatos de Harvey Milk y el Alcalde Moscone, y el registro audiovisual de las revueltas entre homosexuales y policías en los bares de la Calle Castro.

Y así, en esa vorágine ideológica y cultural, surge la concepción de la pluralidad como ideal inalcanzable, dorado fetiche de quienes se atreven a asomar a un mundo distinto. La utopía de un planeta equitativo en la voz de quien se sabía diferente… como todos. Las velas que iluminaron San Francisco tras la muerte del activista, son el corolario de un trabajo mediocre de Gus Van Sant y al mismo tiempo sirven como contraste, para revelar una película sin demasiadas luces.

jueves, 5 de marzo de 2009

Oído subjetivo: Los discos que más me gustaron del 2008 (2ª parte)

Lo prometido, la segunda (y última) parte de los discos que más me gustaron del 2008. Espero sus opiniones, puesto que este es un ejercicio subjetivo en grado supino. Haciendo click AQUÍ se pueden bajar los temas que destaqué de cada álbum en las reseñas.

Joe Bonamassa – Live From Nowhere in Particular

Los discos de estudio que lo posicionaron como uno de los mejores guitarristas de blues contemporáneos, hacen que el segundo álbum en vivo se convierta en una cereza para los seguidores del músico. Y es que escuchar el virtuosismo de este Bonamassa maduro en un disco doble de una selección exquisita de temas es realmente una experiencia, por lo menos, orgásmica. La influencia lleva al guitarrista por caminos que conducen al rock progresivo de Jethro Tull y a los sonidos tribales de Taj Mahal, sin abandonar nunca un blues que entiende desde el Walking hasta el Shuffle, pasando por el Rhythm & Blues y los sonidos del Delta (la versión de “High Water Everywhere”, de Charlie Patton es imperdible). Bonamassa relegó sus guitarras Stratocasters abocado a un sonido Les Paul, que pone en evidencia en este álbum doble, que además se permite incluir pianos que complementan magníficamente el talento del guitarrista con las seis cuerdas. La ascendencia italiana del músico se mixtura con los glóbulos rojos que conservan el recuerdo indeleble de los negros que derramaron su sudor en los campos de algodón de New Orleans, de Chicago, y su sangre en las aguas verdes del delta del Mississippi. La Gema: “Asking Around for You”, una epifanía reconfortante ante la perdida, ante el dolor. Maravillosa, emocionante, conmovedora.

Los 7 Delfines – Carnaval de Fantasmas

Richard Coleman es, quizás, el ultimo artista de culto de eso que algunos se empeñan en llamar Rock Nacional. Vanguardista desde el primer acorde grabado con L7D nunca abandonó un ambiente under del que no reniega, sino más bien, en el que se siente cómodo y desde el que logró atacar a fuerza de novedades sonoras, oídos mal acostumbrados. “Carnaval de Fantasmas” es el séptimo disco de la agrupación, producido por su líder, quien a pesar de afirmar que es “el mejor álbum de la banda” no logró superar al místico “Nada Memorable”. Un disco que se escuchará a todo volumen, aunque los años pasen. La Gema: “Horas”, una experiencia temporal post-ruptura, absolutamente tortuosa que lleva el sello de un Coleman que herido, logra sus mejores canciones. Un ensayo sobre la incertidumbre.

R.E.M. - Accelerate

La banda liderada por Michael Stipe, nunca eligió un mujer título para un álbum, desde el primer acorde de la optimista e hiperquinética “Living Well is the Best Revenge”, los R.E.M transitan un camino vertiginoso sin frenar en ninguna curva. Los sonidos eléctricos priman en un disco repleto de decibeles y con la riqueza poética que caracteriza a la lírica de la agrupación. La Gema: “Supernatural Superserious”, un riff irresistible para arrancar con una canción que viaja a momentos pretéritos, experiencias adolescentes en tercera persona, que tan sólo publican las entrañas de un Stipe siempre visceral.

Jeff Healey – Mess Of Blues

“Mess of Blues” bien podría ser el canto del cisne de un gran músico. Jeff Healey falleció poco tiempo después de terminar de grabar este disco en vivo glorioso, alimentado a base de Blues, de solos exquisitos y versiones que habría que glorificar. El comienzo del álbum, con las versiones de “I’m Tore Down” de Freddie King y “How Blue Can You Get” de B.B.King, dos grandes homenajeados por un músico colosal, abonan el terreno de lo que vendrá: un disco impecable, indispensable en cualquier discoteca de quien se considere amante del Blues y el Rock & Roll más clásicos. Dios bendiga a Jeff Healey. La Gema: “How Blue Can You Get”, uno de los mejores temas del rey, en una de sus mejores versiones. En la categoría “debe escucharse”, sin dudas.

Nick Cave and the Bad Seeds – Dig, Lazarus, Dig

El nuevo álbum de Nick Cave, músico fluctuante e pesado referente del movimiento Indie de la década del 70, vuelve a demostrar que de un tiempo a esta parte, no hay una receta para hacer un disco de rock. Alejado de los convencionalismos, se transforma nuevamente en un científico sonoro, experimentando con samplers y percusiones electrónicas (“Night Of The Lotus Eaters”) el australiano hace de su último disco una ensalada muy poco armónica, pero con un alto –y bienvenido- nivel de decibeles. Su visión misántropa del mundo, se revela en el nombre del disco, que invita a un resucitado Lázaro, a cavar lo más rápido posible para escapar de esta sucursal del infierno que llamamos Tierra. Un Nietzsche pixelado. La Gema: “Today's Lesson”, quizás el tema más rockero de todo el álbum, y la mejor interpretación vocal de Cave en mucho tiempo.

The Raconteurs - Consolers of the Lonely

El proyecto paralelo de Jack White no había encontrado en su primer disco demasiados fundamentos. La música era buena, pero se parecía demasiado –salvo por el bajo y algún teclado extraviado- a White Stripes- Es por es eso que este segundo álbum le da sentido a la existencia de The Racounteurs. Los 14 temas cobran entidad propia, declarando su día de la independencia del binomio de garage rock que los precede y al que indefectiblemente estarán ligados. Jack White continúa siendo una máquina de hacer riffs, fabricada en Detroit, y el resto de la banda suena con una fuerza que por descontrolada, nunca pierde el control. La Gema: “You Don’t Undertand Me”, balada minimalista con un sello inconfundible. La progresión de acordes en el piano tan sólo es soslayada por la profundidad vocal de Jack White, una de las mejores canciones del 2008.

Magic Slim & The Teardrops - Midnight Blues

Magic Slim es uno de los clásicos. Junto a Buddy Guy, B.B.King y un puñado más de artistas, es quizás el último guitarrista negro de blues que nos queda. Junto con su banda “The Teardrops” (nombre cuyo significado nos lleva a significantes acertadísimo para el imaginario blusero) vuelve a la carga con un disco clásico, sin pretensiones experimentales, que entrega 13 canciones de puro Blues y Rock&Roll. Un maestro que influenciará a generaciones de músicos, por los siglos de los siglos. Un disco impecable, estupendo, imprescindible. La Gema: “Carla”, un blues en el que el interminable Magic Slim, hace gala de la potencia de su voz, del virtuosismo con su guitarra y de lo mucho que comprende el Blues, y eso de los corazones rotos.

Eric Sardinas - Eric Sardinas & The Big Motor

Un aroma a ZZ Top impregna la última producción del buen guitarrista Eric Sardinas. Junto a su banda The Big Motor, vuelven al ruedo con un disco explosivo, de un Hard Rock interesante, que coquetea con el Blues y encuentra en la distorsión y el slide sus herramientas favoritas. Un disco que invita a bailar. La Gema: “As the Crow Flies”, tema que cierra el disco pero que abre la puerta al mejor Sardinas, que deslumbra con su guitarra slide acústica para luego dar paso a la electricidad que prima en todo el trabajo, y que es el corolario para un muy buen álbum.